jueves, julio 12, 2018

Seguir al rey

Imagina volar un avión entre densa niebla con un panel 
repleto de instrumentos que no hacen otra cosa que replicar
la lectura de la esfera mayor. 

Es complicado interpretar diferentes medidas, pero una
excesiva unanimidad nos hace dudar de la necesidad de un
panel tan abigarrado, que no hace otra cosa que ocultar las
altas cimas a las que nos dirigimos.

Ilustración: Diego Rodríguez
Una vez habló el último de los managers, se produjo un tenso silencio. Todos clavaron sus ojos en la figura del hombre que se sentaba al extremo de la larga mesa de juntas. Y el hombre que se sentaba al extremo de la larga mesa de juntas no tenía prisa en hablar. Sabía bien que nadie aprovecharía su silencio para robarle el turno de palabra, ni para ir al baño, ni siquiera para echarle una miradita furtiva al móvil. Sabía incluso que no era necesario alzar la voz. Todos harían un sobreesfuerzo bien visible en oírle, y en el remoto caso de que alguien no le oyera —o peor aún no le entendiera—, jamás se atrevería a reconocerlo.

Así que el hombre sentado al extremo de la larga mesa de juntas empezó a hablar. Lo hizo en tono pausado, como ofreciendo a todo el mundo la posibilidad de gozar de cada inflexión, de cada carraspeo, de cada retazo de pensamiento que emanara de su boca. Y todo el mundo le escuchó con atención religiosa, sin pestañear, sin el más mínimo movimiento. Hasta aquel momento, todos los managers habían jugado a una especie de ruleta de la suerte, y ahora la ruleta estaba girando.

Al cabo de unos minutos de reflexiones en voz alta, todos sabían ya quién había ganado y quién había perdido. La opinión de la mayoría, si habían jugado bien, habría quedado enmascarada en un poco de retórica vacía, y aunque la apuesta pocas ganancias les reportaría, les daría al menos la oportunidad de evitar significarse y perder en el arriesgado juego de adivinar lo que piensa el jefe.

Porque a estas alturas y con tanto en juego, ¿quién está de verdad interesado en ser sincero? ¿Quién de los manager tendrá el valor ingenuo de pretenderse más listo que el jefe? Y ni siquiera ha de temer la corrección del jefe en persona, sino de sus lugartenientes, aquellos a los que el jefe ha situado en esa posición precisamente por su capacidad para salir en su defensa, aislando y reduciendo a cualquier adversario con admirable, y acaso única, destreza. Y si hubiera una segunda ronda, desaparecida la incertidumbre nadie tendría el menor sonrojo en cambiar su punto de vista para alinearlo con el del la superioridad.

Los antiguos no tenían algo tan elaborado y sofisticado como el concepto del bien y el mal. Se conformaban con distinguir aquello que era verdad de lo que solo pretendiera confundirles. Pero para este jefe, es precisamente la verdad lo que es relativo y confuso, así que la ha sustituido por otro concepto mucho más manejable: el de la lealtad. Y la lealtad no implica no cometer errores. Meter la pata es, después de todo, la constatación de la superioridad intelectual del jefe. La lealtad implica no desafiar su autoridad.

En la estructura jerárquica clásica, el jefe protege a sus subordinados en la medida en que estos le protejan a él. Es ese el motivo por el cual un ataque a la autoridad del jefe es percibido por sus lugartenientes como un ataque a toda la organización. Es un toque general de rebato. Y el jefe no olvida la importancia de mantener esta red de dependencias bien tupida e impenetrable, afianzando siempre que se requiera la autoridad de sus managers.

El resultado final no por bien conocido es menos dramático: la desconexión del jefe de la realidad de su propia organización, y en el peor de los casos, del propio universo.

Y todo esto, quizá en tiempo de bonanza pase desapercibido, pero en aguas someras se puede pagar muy caro.








viernes, febrero 23, 2018

La máquina de los sueños

Después de mucho leer, uno llega a la conclusión de que Platón tenía razón. Todo cuanto percibimos del mundo que nos rodea no es sino un puñado de confusas sombras. Por eso, tan necio es quien solo en ellas confía como quien las rehuye para ensimismarse en sus propios pensamientos. Porque también estos son sombras. Y porque es entre estas sombras que se haya la luz que ha de guiarnos hacia nuestro destino.

Vaya, me he vuelto a poner trascendente. Algo hay que me incita. Indagaré sabiendo el legado.


Foto: Barcelona desde Sant Berger, por Diego Rodríguez.

lunes, agosto 07, 2017

El caldero, la serpiente y el hongo

Se cumplen estos días 72 años de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y he pensado que mejor que enrollarme sobre aspectos morales será escribir un nuevo relato corto aprovechando alguno de los maravillosos parajes y experiencias cosechadas durante mi viaje al Japón.


La ascensión había sido dura, pero ahora la recompensa estaba al alcance de la mano.

Lo había logrado. Para una adolescente como ella, abandonar de madrugada el familiar ambiente del pueblo atravesando sola oscuros bosques y escalando empinadas paredes rocosas era lo más parecido a entrar en la madurez. Había alcanzado la cumbre de la isla, la sagrada cima del monte Misen, justo al despuntar los primeros rayos del alba. Había penetrado por fin en los dominios del complejo de templos fundado en aquellas alturas más de mil años atrás y en el que decían brillaba una llama eterna. Una llama que calentaba en un caldero un agua capaz de curar cualquier mal. Acaso capaz incluso de curar el mal de amores que tanto la atormentaba, y cuyo remedio había venido hoy a buscar aquí.

Pero ahora mismo, Keiko estaba agotada y sólo trataba de orientarse por entre las grandes paredes de roca y la vegetación que cubría los aledaños del complejo. Imponentes figuras talladas en piedra de antiguos monjes flanqueaban caminos que subían y bajaban y parecían conducir a ninguna parte.

Miró en torno a sí y vio el sol resplandecer sobre las cumbres de la vecina isla de Nomi. Arriba en el cielo, sobre la lejana ciudad del continente, flotaba un minúsculo destello plateado, como un insecto suspendido del cielo azul, que luego desapareció sin dejar rastro.

Vagabundeó en silencio durante un rato hasta que un silbido la detuvo en seco. Justo en un recodo del camino, una figura inmóvil la observaba. Era una mamushi, una víbora de letal mordedura. La serpiente le miró durante un rato, y luego siguió su camino. Normalmente, la mamushi habría esperado enroscada y oculta, y habría atacado al paso de su victima como movida por un resorte, pero esta vez se había limitado a cederle el paso.

—¡Buenos días a ti también! ¡Gracias por dejarme pasar! —le gritó Keiko, inclinándose hacia ella en señal de saludo.

Con el corazón aún latiendo desbocado ante este encuentro inesperado, llegó a una explanada en la que se alzaba una pagoda de una sola planta, ricamente decorada. Allí estaba el Reikado: un pequeño caldero bajo el que brillaba un pequeño fuego. Keiko se aproximó y tomó con un cuenco un poco de agua que sorbió sin pensar.

Estaba caliente pero creyó sentir ya un influjo benefactor bajando por su garganta, así que salió corriendo hacia uno de los caminos de piedra que llevaban de vuelta al pueblo que se levantaba abajo en la playa en torno a la estación del ferry que unía la isla al continente.

Un nuevo y lejano rumor llegó del cielo. Ahora, era una especie de punta de flecha formada por otras tres polillas plateadas avanzando perezosa en las alturas hacia la ciudad. Apenas le llegaba el lejano zumbido de los motores. Si eran bombarderos, eran demasiado pocos y estaban demasiado alto para atacar la ciudad y también para ser alcanzados por las defensas antiaéreas. Pero, por algún extraño motivo, se quedó como hipnotizada mirando aquella aparición y creyó ver algo caer desde el centro de la formación. Pero el sol que tenía directamente enfrente le impedía discernir bien si era real o sólo un reflejo.

Entonces, el inesperado amanecer de un nuevo sol a la izquierda del otro sol la cegó.

Se tiró al suelo instintivamente echándose las manos a la cara en medio de un silencio irreal y reptó hacia los arbustos en busca de cobijo. Un bramido profundo barrió el bosque agitando árboles y proyectando ramas, hojas y piedras por doquier. Y a este bramido siguieron otros incluso más terroríficos, que le hicieron creer que algo mucho más poderoso que el más poderoso de los tifones o los terremotos o de los bombardeos se había producido. Pero Keiko no podía ver nada. El nuevo amanecer le había cogido por sorpresa y los ojos le dolían mucho. Tanto que no podía abrirlos.

Más abajo, los ciervos que pacían en torno a los relicarios de la playa habían huido a esconderse en la espesura.

Poco a poco, Keiko recobró la vista y tambaleándose aún consternada reinició el descenso. Cuando por fin llegó al templo, lo encontró desierto. Todos se habían dirigido al muelle en busca de noticias sobre aquel prodigio temiendo por la suerte de sus seres queridos, porque inmóvil sobre la ciudad aparecía visible, como un heraldo de muerte, una enorme nube en forma de hongo.

Pero las horas pasaron, la gente regresó y nadie podía proporcionar una información coherente sobre el origen y la extensión de la terrible desgracia que había carbonizado y evaporado la mayor parte de los populosos barrios del centro de la ciudad, convertidos en aquella gigantesca nube blanca que al paso de las horas volvía a tierra convertida en negra lluvia.

Llegó por fin el ocaso y el templo se llenó rápidamente con los lamentos de los heridos y también de aquellos que habían perdido a sus amigos, a sus hermanos, a sus padres, a sus hijos. Keiko no se explicaba cómo habían llegado desde la ciudad, hasta que comprendió que muchos ni siquiera estaban en la ciudad en el momento de la explosión, sino en la propia isla, a unos quince kilómetros de la ciudad, y empezó a abarcar la enormidad de la tragedia.

Los heridos se hacinaban como podían sobre los tatami para recibir atención médica. Pero toda la atención médica que podían recibir era la que los aldeanos podían proporcionarles, y se reducía a remedios caseros y vendas que pronto se fueron agotando. A veces, a la vista de las heridas, Keiko se preguntaba qué tipo de seres humanos podían provocar semejante sufrimiento, e incluso reprochaba a la misma muerte que los permitiera.

Entonces, Keiko tuvo una idea.

Regresó a la cima para traer consigo todo el agua que pudiera del Reikado, y lo hizo sin reparar ni en el cansancio ni en los gritos de su madre para que permaneciera a su lado. Pero cuando regresaba con su pesada carga, volvió a interponerse en su camino la víbora, escondida entre las sombras del crepúsculo.

—¡Por favor, serpiente, déjame pasar! ¡Llevo alivio a los heridos! —le gritó Keiko. Pero la serpiente no se movió, y Keiko le suplicó de nuevo, sin éxito.

—¡Voy a pasar de todas formas, no me muerdas! —le gritó, y después de dudar unos instantes, echó a andar en dirección a la serpiente. Pasó por su lado sin que el animal hiciera el menor movimiento. «Gracias», pensó.

Fue al encarar la bajada al pueblo cuando sintió una ligera punzada en su pantorrilla izquierda, pero no se detuvo.

Al llegar al templo, fue dando de beber a quien tuvo fuerzas para hacerlo. Nada de aquello ahorró una sola vida ni probablemente ninguno de los sufrimientos que durante décadas siguieron atormentando a los supervivientes de aquel día, pero el caso es que los lamentos fueron cesando a lo largo de la noche y el silencio fue ganando terreno a medida que la piadosa muerte empezó por fin a derramar sus bienes lentamente por entre las filas de heridos. Los cuerpos de los fallecidos iban siendo colocados en filas a lo largo del muelle para ver si podrían ser identificados antes de arder en una pira funeraria a la mañana siguiente. La calor y el hedor eran insoportables, pero Keiko no paró en atender a unos y a otros hasta que, al anunciarse el amanecer, cediendo a un desfallecimiento cada vez mayor, decidió salir y respirar.

Los ciervos regresaban lentamente a la playa. Keiko acarició una cría que mansamente se le había acercado. Luego, se reclinó bajo una linterna de piedra y se durmió justo cuando un nuevo sol proyectaba sus primeros arreboles sobre Hiroshima.



Foto: Playa de Miyajimacho, Hatsukaichi, Hiroshima, por Diego Rodríguez.

sábado, junio 24, 2017

Japón y el fin del mundo

Más allá de las costas occidentales del Japón se extiende un océano casi infinito que convierte las luces de las casitas que se alinean a lo largo de su recorrido en los últimos vestigios de civilización. Quizá por eso Japón mantiene esa aire de Finisterre, de tierra misteriosa en el confín del mundo conocido. Pero para mí el mayor atractivo del país emerge de la contradicción entre las muchas desgracias que le ha tocado vivir y su orgullo y su tesón, que acaso no sean sino su origen.

En muchos de mis artículos y en las narraciones Albaricoque plateado, Las tres hermanas y también en Breve historia natural de la destrucción retomaba una de mis viejas obsesiones, los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y lo hacía desde la perspectiva de las víctimas. Este verano rindo nuevamente homenaje a esta página de la historia, pero lo hago desde el mismo Japón y desde la misma Hiroshima.

Que los vientos nos sean propicios.


domingo, abril 23, 2017

Pero, ¿para quién trabaja la ciencia?

Durante una mesa redonda (que normalmente de redondas tienen poco) en un acto reivindicativo, al discutir cómo debería servir la ciencia y a quién, los ponentes se agruparon en tres grandes grupos.

Por un lado, los que consideran que deben ser los poderes públicos quienes otorguen los recursos y fijen las prioridades; luego, aquellos que aceptan los recursos públicos pero consideran inalienable el derecho del investigador a fijar sus propias metas; y por último, quienes creen que nadie gestiona mejor ni establece objetivos más razonables que la industria privada.

En cualquier caso, todos estaban de acuerdo en que en los países anglosajones las cosas se hacen mejor, manteniendo poderosas instituciones académicas al servicio de grandes corporaciones. Supongo que están cegados por las estadísticas de reputación, impacto y prestigio que sitúan a nueve universidades anglosajonas entre las diez primeras. Y el desequilibrio es aún mayor en publicaciones, con el agravante de que son ellas las que al final fijan en muchos sistemas la valía de un investigador.

Pero las estadísticas de reputación las elaboran compañías anglosajonas. Este pequeño detalle ayuda a perpetuar este modelo incluso cuando el veredicto implacable del poder económico hace años que ha fallado en favor de Asia. Así que aunque yo no ignore su importancia actual, tampoco debo ignorar que el modelo de ciencia anglosajón ya no es el único, lo que nos devuelve a la cuestión inicial: ¿A quién debería servir la ciencia?

Antes de lanzarnos a la búsqueda de respuestas, la mayoría de ellas dictadas por nuestras emociones y  valores, podría resultar útil hacer un cambio de variables y convertir a la ciencia en un edificio destinado a albergar y proteger a la sociedad, a permitir su prosperidad. Entonces, antes de preguntarnos si el edificio debería ser así o asá quizá convenga especificar cuáles son los materiales de los que disponemos. No se pueden construir grandes bóvedas o altos edificios usando sólo terracota. Y enfrentados al hecho inevitable de que no siempre se dispone de los mejores materiales, llegamos a la cuestión clave y primera, la que antecede a cualquier otra consideración: Cómo podemos abastecernos de los mejores materiales para luego acometer los más ambiciosos edificios.

No se pueden construir grandes bóvedas o altos edificios usando sólo terracota.

Yo creo que, más que en el modelo de financiación es el modelo de formación el que puede forjar una ciencia verdaderamente útil, adaptada al progreso social, creadora de riqueza económica y de valores tales como el respeto a la vida y al medio ambiente. Y ese modelo de formación debe a su vez nacer en el seguimiento individualizado y el apoyo de las carreras de todos y cada uno de nuestros jóvenes talentos, sin regatear nada. Pero resulta que nada parece aborrecer más nuestro sistema educativo que la excelencia. Muy preparado parece para tratar con el problema mucho más común del fracaso escolar, pero jamás por la vía de incentivar o ilusionar con la excelencia, sino por la vía de rebajar expectativas, algo mucho más barato pero que nos condena a seguir negándoles a nuestros jóvenes talentos un futuro en nuestro propio país.

Así que hablemos primero de formación para luego poder soñar con una ciencia al servicio de la sociedad.




domingo, noviembre 06, 2016

The pendung long swing part II

Back in November 2008, I wrote The pendulum long swing just because I didn't believe that passing from white to black was going to end with no backslash. You know what a backslash is: going exactly the same way you came here, but in opposite direction. America needs tomorrow enormous amounts of energy and determination to contradict the basic law of political mechanics: It's not about what is it, but about what people think it is. And seems that many feel that this tycoon with even less experience than Obama in his first term, a man who even oozes his hair in gold and proudly announces it's clever not to share, may lead the revolt against the same establishment that has been allowing, even admiring, people like him to exist and grow. They ultimately think he can make America great AGAIN. That is, he can lead the pendulum in its way back to some past time that we all know it's never to come back.

Now, after the disastrous attempt to turn back time that Brexit represents in the United Kingdom, we are in the very verge to witness the same in the United States of America. This is not "America at its best" as some influential magazines dubbed the Obama-McCain election. This is an even bigger, even wider, even riskier, pendulum long swing that makes me wonder where are we ultimately bound.

domingo, octubre 23, 2016

Confío en ti

Los aneagramas dicen ser capaces de clasificar a las personas en grupos según sean antipáticos, apáticos o empáticos con los demás, y según pretendan dejarse guiar por la razón, las emociones o los impulsos de su fuero interno. Todas las combinaciones son posibles, así que tenemos nueve tipos básicos de actitudes ante la vida. Pero las actitudes son sólo la punta del iceberg por lo que corresponde a la personalidad. Aunque todos aspiramos a la realización personal, lo que esto representa y lo qué estamos dispuestos a dar para obtenerla es algo mucho más oculto. Oculto quizá por ser conscientes de lo estratégico que resultaría su conocimiento para los demás y por el potencial manipulador que les otorgaría, no importa lo puros e inocentes que tanto nuestros valores como los demás nos puedan parecer.
El arte de la guerra es el arte del engaño, pero en toda guerra lo primero que hay que hacer es averiguar quién es el enemigo.

Sabemos que al fondo de todo están los valores, aquellas ideas tan básicas que parecen haber nacido con nosotros, y que de hecho se forjaron durante la etapa temprana de nuestra vida. A veces, los enmascaramos y entremezclamos con ideas religiosas, y con frecuencia los disimulamos o retorcemos para alcanzar una actitud compatible con la que esperan de nosotros. Aprendemos tan bien a ocultar quiénes somos en realidad que con frecuencia llegamos a olvidarlo completamente. Entonces, no es de extrañar que eso de mentir, eso de ocultar lo que pensamos o lo que sabemos se convierta en herramienta de uso diario en nuestro trabajo y en nuestra vida social o familiar. Y es así como escogemos con cada vez mayor frecuencia hablar sin comunicar o escribir sin informar. Y sabiendo que los demás hacen lo mismo acabamos también oyendo sin escuchar, y leyendo sin otorgar el menor crédito a lo que nos dicen.

Decía Sun Tzu que el arte de la guerra es el arte del engaño, pero en toda guerra lo primero que hay que hacer es averiguar quién es el enemigo. Ocultarle cosas a los que nos rodean nos da una ventaja transitoria, nos ahorra explicaciones, y puede que también pasar por algunos malos tragos, pero crea desafección, desconfianza, suspicacias y equívocos, y termina por arruinar el sentimiento de pertenencia.

La transparencia no es una característica más de una organización: Es la característica que la define, y no hay campaña publicitaria o curso de coaching que funcione sin dar ejemplo desde arriba en el árbol jerárquico, sin dar y recibir transparencia. Porque la transparencia es sólo el primer paso hacia la confianza, pero un paso muy importante.

Así que no me importa si eres pretencioso, aprovechado, independiente, sumiso, exigente, despreocupado, delator, depresivo, trepa o tirano. Lo que quiero es que confíes en mí, y lo quiero tanto como poder confiar en ti.