sábado, noviembre 17, 2018

Las palabras fueron creadas para ocultar nuestros sentimientos

Para un orador experto, nada hay más fácil que construir con palabras una mentira tan gigantesca que por su propia enormidad no pueda ser puesta al descubierto.
Cuando Dios creó los cielos y la tierra, se quedó bastante decepcionado porque no tenían forma ni luz. Así que empezó a nombrar cosas. Y fue suficiente con que lo hiciera para que la oscuridad y el caos dieran paso a la luz y el orden. Entonces, siguió otorgando nombres a casa cosa, y ya ni él ni sus hijos se detuvieron hasta nuestros días. Así es como las personas llegaron a confundir los nombres con las cosas, por más que algunos, como Magritee en su Ceci n'est pas une pipe, tratasen de llamar la atención sobre las diferencias. Es que la mente parece funcionar así, recopilando sonidos, imágenes y percepciones y convirtiéndolos en conceptos, y haciéndolo con tal eficacia que uno se pregunta para qué el exterior, si todo lo hemos volcado ya en nuestro interior.

Pero en el interior las reglas que gobiernan nuestra representación son totalmente diferentes a las que operan en el exterior. En este nuevo universo muchas cosas son posibles mientras que no lo son en el otro, en el viejo. Son posibles, por ejemplo, las contradicciones. Aquello que es cierto y también su contrario. Con tantas posibilidades, no es de extrañar que para muchos, dominar el arte de las representaciones, dominar por ejemplo la palabra, sea más importante aún que dominar un universo por otro lado indiferente e inabarcable.

Y así es como para los ciudadanos el conciudadano más odiado sea precisamente aquel cuyo nombre a más calles otorga: el político. Porque, aunque el ciudadano sabe que miente una y otra vez, no puede dejar de creerle. Tal es su dominio sobre la palabra, y por ende, sobre la psique y el subconsciente del pueblo. Ah, la palabra, qué gran efecto curativo. Eso lo sabe hasta Freud. Pero no es una medicina. Es un placebo. Y a veces, un veneno. Los anuncios mienten, eso también lo sabe todo el mundo. Lo que no saben es que virtualmente todas las palabras lo hacen, cada una a su escala.

No podía ser de otra forma. Si fuéramos infinitamente sinceros, si pudiéramos expresar todo aquello que anhelamos y que tememos, ¿con qué nos defenderíamos de quienes pretendieran utilizarnos en su provecho?

Como la información es poder, debemos ganar tanta como podamos y ceder tan poca como nos sea posible. Así que aprendemos a hablar sin decir nada, y a tratar de leer entre líneas. Aprendemos, en suma, a sortear las numerosas trampas en busca de pistas ocultas, de pequeños rastros que no hayan podido ser borrados del manuscrito. Para un orador experto, sin embargo, nada hay más fácil que construir con palabras una mentira tan gigantesca que por su propia enormidad no pueda ser puesta al descubierto. Se construyen así imperios y repúblicas donde reinan la justifica y el progreso, y también amores eternos cuyo fuego jamás se extinguirá, y todo solo con palabras. Aunque muchas.

Ah, la palabra. Qué gran poder. Mienten, sí, pero no por ello hay que subestimarlas.


martes, noviembre 13, 2018

No me juzgues. Ayúdame.

Cuando se reúnen varias personas con un objetivo único, como ganar dinero, no pasa mucho sin que se distribuyan funciones. Eso no tiene nada de raro: Algunas son mejores en algunas cosas y, otras, en otras. El problema surge cuando algunas de estas funciones atribuyen derechos de paso a quienes las ejercen. La justificación de estos derechos surge de la necesidad de poder tomar decisiones rápidamente, de hacer prevalecer lo bueno sobre lo mejor. Y es una buena justificación. Muchas buenas iniciativas se quedan sin ir a ninguna parte debido a lo que se ha dado en llamar parálisis por el análisis. Además, las discusiones tendentes a la toma de decisiones conducen demasiado a menudo a choques entre personalidades. Choques en lo que menos importa es la calidad de la decisión final. Así que el derecho de paso, la jerarquización de las estructuras, suele verse como un mal necesario y por más asamblearia que una organización presuma de ser, al final siempre son unos pocos los que terminan por hacerse con las riendas.


[...] no quiero juzgar, sino ayudar a dar lo mejor de cada uno. Porque los juicios tienen que ver con el pasado, y las organizaciones deben mirar al futuro.

Por lo tanto, este derecho de paso, por necesario, no debería ser fatal para una organización. Y sin embargo, su abuso es una de las principales causas de mortandad entre organizaciones de todas las edades.

Uno de los principales riesgos en la asunción de ese poder es la tentación de aunar las funciones de valoración con las de ejecución. Así, los jefes de los órganos ejecutivos sienten la tentación de hacerse también con los órganos judiciales, como vemos de forma cíclica en la historia de la humanidad. El poder absoluto corrompe absolutamente, dice el dictum de Acton. Y esto no solo ocurre a escala macroscópica, qué va. Ocurre a todos los niveles, y es especialmente pernicioso en el mundo de las empresas.

Que una empresa NO es una democracia... lo entendemos y casi aprobamos, pero que en una empresa se tengan que plegar las reglas del sentido común al capricho de la iniciativa privada, no. Para empezar, aunque la mayoría de empresas privadas dividen la propiedad de las acciones por un lado y la gestión del negocio por otro, la función de valoración del trabajo de los empleados de menor derecho de paso queda reservada al nivel inmediatamente superior. Así, pese a no ostentar la propiedad, y pese a carecer de toda formación, actúan con poder omnímodo haciendo algo más que gestionar. Juzgan. De hecho, se especializan de tal forma en juzgar el trabajo de los demás que ya no necesitan otra justificación a su posición jerárquica. Ellos juzgan. Y lo hacen con frecuencia escudándose en complicados sistemas de evaluación que solo pretenden ocultar o escamotear su propia responsabilidad otorgándoles un falso aire de independencia y objetividad. Estos sistemas pueden ir desde simples formularios con complejas fórmulas hasta completos y externalizados servicios corporativos.

Los empleados son así juzgados sistemáticamente por sus jefes, que pueden decidir impunemente sobre contrataciones, ascensos, traspasos, despidos y todo tipo de beneficios e iniciativas. Solo se salva aquello que por ley corresponda a algún otro estamento, como comités sindicales o agrupaciones profesionales. Y es que juzgar es algo tan genuinamente representativo del poder que su ejercicio termina por hacer olvidar el verdadero papel del jefe, que no es juzgar sino guiar en la consecución de los objetivos legítimos de la organización.

Pero es que además del prestigio que juzgar otorga, hay que admitir que es mucho más fácil que hacer cosas. Dicen que detrás de cada crítico hay un artista frustrado. Quizá sea una exageración, pero sin duda detrás de cada jefe que juzga hay un jefe que no trabaja, un jefe que decide abandonar el puente de mando para retirarse a una posición mucho más cómoda y segura cual es la de valorar el trabajo de los demás. Esa que debería reservarse para aquellos mucho mejor preparados y legitimados para esta función, como son los propietarios o aquellas personas que han decidido dedicar su vida al estudio de las relaciones humanas sin buscar en ello una fuente de poder. El resultado final es frustración, pérdida de rendimiento, fuga de valores y gente que creyendo odiar y huir de la empresa quizá en realidad odie y huya de un jefe.

Por eso, yo no puedo tener ningún interés en ser justo con las personas que colaboran conmigo. Podría tenerlo, y podría incluso creerme el falso sueño de que puedo realmente llegar a ser un juez justo y equitativo con ellos, sabio y prudente, pero no. No he escogido ser juez porque no tengo, como tampoco la inmensa mayoría, capacidad. Puedo ser mucho más útil para cualquier organización asegurándome de que cada persona a mi lado permanezca informada, formada y motivada.

Porque no quiero juzgar, sino ayudar a dar lo mejor de cada uno. Porque los juicios tienen que ver con el pasado, y las organizaciones deben mirar al futuro.

Ningún empleado necesita un jefe que le juzgue arrogándose ese privilegio exclusivamente por su posición jerárquica. ni siquiera basándose en la mejor información que su posición jerárquica le pueda proporcionar o que él mismo se haya encargado de obtener. El derecho a juzgar debe basarse en la capacidad para emitir un mejor juicio, que a su vez debe demostrarse y caracterizarse en un entorno controlado y calibrado. Algo demasiado complicado para el común de los mandos, siempre ocupado en mantenerse al tanto del equilibrio de poder y su propia supervivencia.

Mientras esto no sea así, los buenos colaboradores seguirán viendo como superiores no preparados siguen juzgando alegremente su rendimiento, sus iniciativas y su compromiso, en lugar de guiarlos anticipándose a sus problemas y allanando el camino al éxito para toda la organización.

Imagen cortesía de 123RF.

sábado, septiembre 29, 2018

La tinta de la esperanza se ha secado


Lencre de l’espoir s’est asséchée


Así recibe Hayat Belkacem las visitas en su página de Facebook. Tiene 22 años. Es alegre y se siente dispuesta a todo.

Es martes, 25 de septiembre de 2018. Hayat ha decidido embarcarse clandestinamente en una patera con destino a España. El mar está en calma. Es un recorrido corto, aunque no exento de riesgo. Marruecos quiere demostrar que controla sus fronteras, que lucha con la emigración clandestina. Ha dispuesto patrulleras armadas frente a sus costas para impedirla. Pero Hayat no puede más. Está estudiando derecho, y quiere ser abogado para defender la causa de la justicia, y de paso ayudar a su familia. Su madre trabaja en una fábrica de pescado y su padre está en paro.

Deja atrás Tetuán y Martil, donde estudia en la Universidad de Abdelmalek Essaadi. Antes había ido al colegio Kadi Ayad, pero ahora solo quiere alcanzar Europa y reunirse con su tía.

Según la Marina marroquí, la embarcación neumática desoye la orden de detener la marcha que le lanza una patrullera. El procedimiento en estos casos es hacer algunos tiros intimidatorios, y en caso de no responder, disparar sobre el motor. No es fácil. Es una lancha en movimiento, aunque aparentemente no hay nadie a bordo excepto el piloto. La patrullera decide abrir fuego. Según el informe oficial, la arrogancia del perseguido no tiene límites. Después de intentar intimidar a la patrullera mediante arriesgadas maniobras la lancha termina por colocarse precisamente en su campo de tiro. Qué mala suerte. Pero a bordo hay muchas personas escondidas. Una ráfaga amputa el brazo de uno de los emigrantes. Otra hiere en el estómago a Hayat. En el hospital de Mdiq se certifica que está muerta.

Esta noticia pronto deja paso a otras muchas en la prensa marroquí y española. Quizá por eso decido apuntar minuciosamente aquí todos los datos. Sé que este drama se repite continuamente aquí y en otras partes del mundo, pero no quiero que se olvide nunca más a Hayat. No quiero que se seque la tinta de su esperanza.

Es que Hayat significa Vida.


jueves, julio 12, 2018

Seguir al rey

Imagina volar un avión entre densa niebla con un panel 
repleto de instrumentos que no hacen otra cosa que replicar
la lectura de la esfera mayor. 

Es complicado interpretar diferentes medidas, pero una
excesiva unanimidad nos hace dudar de la necesidad de un
panel tan abigarrado, que no hace otra cosa que ocultar las
altas cimas a las que nos dirigimos.

Ilustración: Diego Rodríguez
Una vez habló el último de los managers, se produjo un tenso silencio. Todos clavaron sus ojos en la figura del hombre que se sentaba al extremo de la larga mesa de juntas. Y el hombre que se sentaba al extremo de la larga mesa de juntas no tenía prisa en hablar. Sabía bien que nadie aprovecharía su silencio para robarle el turno de palabra, ni para ir al baño, ni siquiera para echarle una miradita furtiva al móvil. Sabía incluso que no era necesario alzar la voz. Todos harían un sobreesfuerzo bien visible en oírle, y en el remoto caso de que alguien no le oyera —o peor aún no le entendiera—, jamás se atrevería a reconocerlo.

Así que el hombre sentado al extremo de la larga mesa de juntas empezó a hablar. Lo hizo en tono pausado, como ofreciendo a todo el mundo la posibilidad de gozar de cada inflexión, de cada carraspeo, de cada retazo de pensamiento que emanara de su boca. Y todo el mundo le escuchó con atención religiosa, sin pestañear, sin el más mínimo movimiento. Hasta aquel momento, todos los managers habían jugado a una especie de ruleta de la suerte, y ahora la ruleta estaba girando.

Al cabo de unos minutos de reflexiones en voz alta, todos sabían ya quién había ganado y quién había perdido. La opinión de la mayoría, si habían jugado bien, habría quedado enmascarada en un poco de retórica vacía, y aunque la apuesta pocas ganancias les reportaría, les daría al menos la oportunidad de evitar significarse y perder en el arriesgado juego de adivinar lo que piensa el jefe.

Porque a estas alturas y con tanto en juego, ¿quién está de verdad interesado en ser sincero? ¿Quién de los manager tendrá el valor ingenuo de pretenderse más listo que el jefe? Y ni siquiera ha de temer la corrección del jefe en persona, sino de sus lugartenientes, aquellos a los que el jefe ha situado en esa posición precisamente por su capacidad para salir en su defensa, aislando y reduciendo a cualquier adversario con admirable, y acaso única, destreza. Y si hubiera una segunda ronda, desaparecida la incertidumbre nadie tendría el menor sonrojo en cambiar su punto de vista para alinearlo con el del la superioridad.

Los antiguos no tenían algo tan elaborado y sofisticado como el concepto del bien y el mal. Se conformaban con distinguir aquello que era verdad de lo que solo pretendiera confundirles. Pero para este jefe, es precisamente la verdad lo que es relativo y confuso, así que la ha sustituido por otro concepto mucho más manejable: el de la lealtad. Y la lealtad no implica no cometer errores. Meter la pata es, después de todo, la constatación de la superioridad intelectual del jefe. La lealtad implica no desafiar su autoridad.

En la estructura jerárquica clásica, el jefe protege a sus subordinados en la medida en que estos le protejan a él. Es ese el motivo por el cual un ataque a la autoridad del jefe es percibido por sus lugartenientes como un ataque a toda la organización. Es un toque general de rebato. Y el jefe no olvida la importancia de mantener esta red de dependencias bien tupida e impenetrable, afianzando siempre que se requiera la autoridad de sus managers.

El resultado final no por bien conocido es menos dramático: la desconexión del jefe de la realidad de su propia organización, y en el peor de los casos, del propio universo.

Y todo esto, quizá en tiempo de bonanza pase desapercibido, pero en aguas someras se puede pagar muy caro.








viernes, febrero 23, 2018

La máquina de los sueños

Después de mucho leer, uno llega a la conclusión de que Platón tenía razón. Todo cuanto percibimos del mundo que nos rodea no es sino un puñado de confusas sombras. Por eso, tan necio es quien solo en ellas confía como quien las rehuye para ensimismarse en sus propios pensamientos. Porque también estos son sombras. Y porque es entre estas sombras que se haya la luz que ha de guiarnos hacia nuestro destino.

Vaya, me he vuelto a poner trascendente. Algo hay que me incita. Indagaré sabiendo el legado.


Foto: Barcelona desde Sant Berger, por Diego Rodríguez.

lunes, agosto 07, 2017

El caldero, la serpiente y el hongo

Se cumplen estos días 72 años de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y he pensado que mejor que enrollarme sobre aspectos morales será escribir un nuevo relato corto aprovechando alguno de los maravillosos parajes y experiencias cosechadas durante mi viaje al Japón.


La ascensión había sido dura, pero ahora la recompensa estaba al alcance de la mano.

Lo había logrado. Para una adolescente como ella, abandonar de madrugada el familiar ambiente del pueblo atravesando sola oscuros bosques y escalando empinadas paredes rocosas era lo más parecido a entrar en la madurez. Había alcanzado la cumbre de la isla, la sagrada cima del monte Misen, justo al despuntar los primeros rayos del alba. Había penetrado por fin en los dominios del complejo de templos fundado en aquellas alturas más de mil años atrás y en el que decían brillaba una llama eterna. Una llama que calentaba en un caldero un agua capaz de curar cualquier mal. Acaso capaz incluso de curar el mal de amores que tanto la atormentaba, y cuyo remedio había venido hoy a buscar aquí.

Pero ahora mismo, Keiko estaba agotada y sólo trataba de orientarse por entre las grandes paredes de roca y la vegetación que cubría los aledaños del complejo. Imponentes figuras talladas en piedra de antiguos monjes flanqueaban caminos que subían y bajaban y parecían conducir a ninguna parte.

Miró en torno a sí y vio el sol resplandecer sobre las cumbres de la vecina isla de Nomi. Arriba en el cielo, sobre la lejana ciudad del continente, flotaba un minúsculo destello plateado, como un insecto suspendido del cielo azul, que luego desapareció sin dejar rastro.

Vagabundeó en silencio durante un rato hasta que un silbido la detuvo en seco. Justo en un recodo del camino, una figura inmóvil la observaba. Era una mamushi, una víbora de letal mordedura. La serpiente le miró durante un rato, y luego siguió su camino. Normalmente, la mamushi habría esperado enroscada y oculta, y habría atacado al paso de su victima como movida por un resorte, pero esta vez se había limitado a cederle el paso.

—¡Buenos días a ti también! ¡Gracias por dejarme pasar! —le gritó Keiko, inclinándose hacia ella en señal de saludo.

Con el corazón aún latiendo desbocado ante este encuentro inesperado, llegó a una explanada en la que se alzaba una pagoda de una sola planta, ricamente decorada. Allí estaba el Reikado: un pequeño caldero bajo el que brillaba un pequeño fuego. Keiko se aproximó y tomó con un cuenco un poco de agua que sorbió sin pensar.

Estaba caliente pero creyó sentir ya un influjo benefactor bajando por su garganta, así que salió corriendo hacia uno de los caminos de piedra que llevaban de vuelta al pueblo que se levantaba abajo en la playa en torno a la estación del ferry que unía la isla al continente.

Un nuevo y lejano rumor llegó del cielo. Ahora, era una especie de punta de flecha formada por otras tres polillas plateadas avanzando perezosa en las alturas hacia la ciudad. Apenas le llegaba el lejano zumbido de los motores. Si eran bombarderos, eran demasiado pocos y estaban demasiado alto para atacar la ciudad y también para ser alcanzados por las defensas antiaéreas. Pero, por algún extraño motivo, se quedó como hipnotizada mirando aquella aparición y creyó ver algo caer desde el centro de la formación. Pero el sol que tenía directamente enfrente le impedía discernir bien si era real o sólo un reflejo.

Entonces, el inesperado amanecer de un nuevo sol a la izquierda del otro sol la cegó.

Se tiró al suelo instintivamente echándose las manos a la cara en medio de un silencio irreal y reptó hacia los arbustos en busca de cobijo. Un bramido profundo barrió el bosque agitando árboles y proyectando ramas, hojas y piedras por doquier. Y a este bramido siguieron otros incluso más terroríficos, que le hicieron creer que algo mucho más poderoso que el más poderoso de los tifones o los terremotos o de los bombardeos se había producido. Pero Keiko no podía ver nada. El nuevo amanecer le había cogido por sorpresa y los ojos le dolían mucho. Tanto que no podía abrirlos.

Más abajo, los ciervos que pacían en torno a los relicarios de la playa habían huido a esconderse en la espesura.

Poco a poco, Keiko recobró la vista y tambaleándose aún consternada reinició el descenso. Cuando por fin llegó al templo, lo encontró desierto. Todos se habían dirigido al muelle en busca de noticias sobre aquel prodigio temiendo por la suerte de sus seres queridos, porque inmóvil sobre la ciudad aparecía visible, como un heraldo de muerte, una enorme nube en forma de hongo.

Pero las horas pasaron, la gente regresó y nadie podía proporcionar una información coherente sobre el origen y la extensión de la terrible desgracia que había carbonizado y evaporado la mayor parte de los populosos barrios del centro de la ciudad, convertidos en aquella gigantesca nube blanca que al paso de las horas volvía a tierra convertida en negra lluvia.

Llegó por fin el ocaso y el templo se llenó rápidamente con los lamentos de los heridos y también de aquellos que habían perdido a sus amigos, a sus hermanos, a sus padres, a sus hijos. Keiko no se explicaba cómo habían llegado desde la ciudad, hasta que comprendió que muchos ni siquiera estaban en la ciudad en el momento de la explosión, sino en la propia isla, a unos quince kilómetros de la ciudad, y empezó a abarcar la enormidad de la tragedia.

Los heridos se hacinaban como podían sobre los tatami para recibir atención médica. Pero toda la atención médica que podían recibir era la que los aldeanos podían proporcionarles, y se reducía a remedios caseros y vendas que pronto se fueron agotando. A veces, a la vista de las heridas, Keiko se preguntaba qué tipo de seres humanos podían provocar semejante sufrimiento, e incluso reprochaba a la misma muerte que los permitiera.

Entonces, Keiko tuvo una idea.

Regresó a la cima para traer consigo todo el agua que pudiera del Reikado, y lo hizo sin reparar ni en el cansancio ni en los gritos de su madre para que permaneciera a su lado. Pero cuando regresaba con su pesada carga, volvió a interponerse en su camino la víbora, escondida entre las sombras del crepúsculo.

—¡Por favor, serpiente, déjame pasar! ¡Llevo alivio a los heridos! —le gritó Keiko. Pero la serpiente no se movió, y Keiko le suplicó de nuevo, sin éxito.

—¡Voy a pasar de todas formas, no me muerdas! —le gritó, y después de dudar unos instantes, echó a andar en dirección a la serpiente. Pasó por su lado sin que el animal hiciera el menor movimiento. «Gracias», pensó.

Fue al encarar la bajada al pueblo cuando sintió una ligera punzada en su pantorrilla izquierda, pero no se detuvo.

Al llegar al templo, fue dando de beber a quien tuvo fuerzas para hacerlo. Nada de aquello ahorró una sola vida ni probablemente ninguno de los sufrimientos que durante décadas siguieron atormentando a los supervivientes de aquel día, pero el caso es que los lamentos fueron cesando a lo largo de la noche y el silencio fue ganando terreno a medida que la piadosa muerte empezó por fin a derramar sus bienes lentamente por entre las filas de heridos. Los cuerpos de los fallecidos iban siendo colocados en filas a lo largo del muelle para ver si podrían ser identificados antes de arder en una pira funeraria a la mañana siguiente. La calor y el hedor eran insoportables, pero Keiko no paró en atender a unos y a otros hasta que, al anunciarse el amanecer, cediendo a un desfallecimiento cada vez mayor, decidió salir y respirar.

Los ciervos regresaban lentamente a la playa. Keiko acarició una cría que mansamente se le había acercado. Luego, se reclinó bajo una linterna de piedra y se durmió justo cuando un nuevo sol proyectaba sus primeros arreboles sobre Hiroshima.



Foto: Playa de Miyajimacho, Hatsukaichi, Hiroshima, por Diego Rodríguez.

sábado, junio 24, 2017

Japón y el fin del mundo

Más allá de las costas occidentales del Japón se extiende un océano casi infinito que convierte las luces de las casitas que se alinean a lo largo de su recorrido en los últimos vestigios de civilización. Quizá por eso Japón mantiene esa aire de Finisterre, de tierra misteriosa en el confín del mundo conocido. Pero para mí el mayor atractivo del país emerge de la contradicción entre las muchas desgracias que le ha tocado vivir y su orgullo y su tesón, que acaso no sean sino su origen.

En muchos de mis artículos y en las narraciones Albaricoque plateado, Las tres hermanas y también en Breve historia natural de la destrucción retomaba una de mis viejas obsesiones, los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y lo hacía desde la perspectiva de las víctimas. Este verano rindo nuevamente homenaje a esta página de la historia, pero lo hago desde el mismo Japón y desde la misma Hiroshima.

Que los vientos nos sean propicios.