jueves, noviembre 19, 2009

Capital Punishment

US President and Peace Nobel Prize Obama recently gave some human rights lessons in Chinese soil. More or less, around the same time he graciously conceded 9/11 only suspect should get death penalty.

Besides that fact that prejudging someone doesn't sound much of a Peace Nobel winner, Obama sticks to the fact that he profoundly unknowns why Capital Punishment is so horrendous to civilized cultures.

It's not about how much horrible a crime may be. 'General criminals' should escape death penalty, while others, considered more criminal than the average criminals, like children or pregnant women killers, should get death.

Every crime is horrendous to its own conception. So opposition to death penalty is not about levels of evil. It's about victims.

Death penalty is basically a punishment to society. A comeback to barbaric times, a failure. Every time a criminal is executed, even when it's totally clear there’s not another mistake, all the society gets obliged to witness, becoming in turn punished itself. So, Obama assumption that "I don't think it will be offensive at all when he's convicted and when the death penalty is applied to him." is, in fact, very offensive.

There are many things that US President should address to reverse his current confusion on human rights, ethics and democracy. Guantanamo, Hiroshima and so many dark episodes of US history are awaiting.

We were absolutely clear on the shortcomings of his predecessor, and that's why it's so particularly disappointing face them again in the wake of such high expectations as Obama raised around the world.

viernes, noviembre 06, 2009

Windows 7, vuelta a los origenes

Corría el año 1990, y yo estaba en el paro, recorriendo La Rambla de las Flores por enésima vex, repartiendo curriculums a lo largo de las agencias de selección que solían poblar el centro de la ciudad. Estaba cansado y muy deprimido.

Pero algo ví que me levantó el ánimo.

Expuesta en el lateral de uno de esos quioscos atiborrados de artículos se exponía una revista de informática de colorida portada anunciando las nuevas mejoras introducidas en Windows. Por tonto que parezca, eso me provoco sentir un destello de esperanza. Las cosas podían mejorar. De hecho, Microsoft se había empeñado hasta ese momento en dar mucho más de lo que sus usuarios esperaban.

Luego la vida, y Windows también, me enseñaron que no siempre todo va a mejor, por más cuidado que se ponga en ello. A Windows 3.11, le siguieron Windows 95, 98, NT, Me, 2000, XP y, finalmente, Vista. Pero siempre por detrás de las expectativas.

Y ahora, Windows 7. Windows 7 ha llegado de forma inesperada, en un tiempo record, pero ampliamente difundido. Me ha costado encontrar la motivación para instalarlo, pero una vez que lo he hecho, me ha dado la sensación de encontrarme con un viejo amigo al que ya creía perdido para siempre. Partiendo de la versión 7600 RTM, ampliamente difundida por la red, la instalación del sistema es un proceso simple de menos de media hora. Las actualizaciones acumuladas pueden ampliar notablemente el plazo final, pero es un proceso que normalmente no presenta problemas.

Compartiendo el mismo corazón que Vista, Windows 7 es, sin embargo, una vuelta a los origenes en el espíritu original de Microsoft, allá por los años 80 del siglo pasado: dar más de lo que se espera.

Y así es como Windows 7 se nos presenta como un sistema ligero, estable y lógico, con algunos tics de versiones anteriores pero, esencialmente un sistema diseñado para que las cosas funcionen, y no para dar contento a los abogados de este o aquel imperio mediático en su obsesión por controlar los derechos de sus contenidos. Un sistema válido para netbooks o sistemas multinúcleo de 32 o 64 bits, Macs incluidos.

Por eso, me he deshecho de todas las versiones anteriores de Windows que conservaba por precaución, y he retenido únicamente el disco de Windows 7, que contiene todas las versiones, y yo diría que casi todo el saber que este gigante de la informática llamado Microsoft haya podido acumular, por sí mismo o comprándolo a otros, desde su fundación.

jueves, noviembre 05, 2009

¡Ponte las pilas!

En enero del 2009, SEAT, la filial española de Wolkswagen, presentó a bombo y platillo su primer modelo híbrido, el Seat Leon Twin Drive Ecomotive. Esto es, dotado de un motor convencional sumado a uno eléctrico cuya función es aprovechar la energía de frenada más la energía obtenida de la red para permitir una pequeña autonomía sin emisión de gases. Esto se ha dado en llamar PHEV, vehículo híbrido enchufable.

Y lo hizo, no de cara al consumidor, sino al Ministerio de Industria español, quien, a través de un plan llamado Movele, ofrece 800 millones de euros para la promoción de los vehículos eléctricos.

Efe/Susi Sáez

Los datos del nuevo modelo eran deslumbrantes comparados incluso con la última versión a la venta del veterno Toyota Prius.

Propulsado únicamente por su pequeño motor de 35 kW, conectado a una bateria de LiFePO4 de 40 Ah recargable en 5 horas, el Leon Twin Drive Ecomotive podrá rodar durante 50 kilómetros a un máximo de 100 km/h, que el fabricante insiste en señalar como 'autolimitados'.

Puesta toda la carne en el asador, y usando también su motor principal, el coche podrá acelerar hasta los 50 km/h en 7 segundos y alcanzar los 190 km/h durante un máximo de 700 kms, llevando consigo 220 litros de maletas, gracias a una potencia máxima de 170 kW, y con un consumo de 240 Wh/km (864 kJoules/km). Un coche típico consume 3.200 kJ/km, mientras que una persona de 70 kg consume 235 kJ/km a 1,33 m/s. Esto os da una idea del excelente rendimiento anunciado.

Como en todos los vehículos híbridos, la batería es crítica para un diseño efectivo. Mediante la tecnología LiFePO4, se obtienen aproximadamente 90 Wh (77.382 Joules) por kg de peso. Recordad que la grasa de origen animal puede proporcionar 37.7 millones de Joules por kg.

Aunque en la ficha en el catálogo Movele se puede leer su disponibilidad en España para el 01.09.2010, es probable que no sea antes del 2014 que veamos este coche en las calles. Anunciar un coche con 5 años de antelación se nos antoja un poco excesivo, especialmente en un mundo como el actual en el que un gigante automovilístico como General Motors puede pasar de valer 90 dolares por acción a cero en una decada.

Por el momento, son las ayudas públicas las que explican el interés por los coches eléctricos de fabricantes de coches y ladrilleros como ACS, quien sueña con hacerse con las infrastructuras de los enchufes. Uno cree, no obstante, que, con un periodo de recarga de 5 horas, serán los aparcamientos los candidatos naturales a albergar los servicios de recarga.

Y mientras, el Toyota Prius, lanzado en 1997, atravesó la barrera del millón de unidades vendidas en todo el mundo a mediados del pasado año, y ya se produce en Japón y China, primer país productor de baterías del mundo. Los planes de Toyota de incluir la tecnología Prius en toda su gama de automóviles puede acelerar su liderazgo en un mercado estratégico.

Por todo ello, y concluyo, digo yo que hubiera sido más lógico haber lanzado un vehículo hibrido al mercado a principios de siglo que hacer anuncios para el próximo quinquenio.

Incluso Piaggio ya tiene en el mercado español su moto MP3 Hybrid, de tecnología basada en el Prius, y con subvención aprobada en el plan Movele. Eso sí, solo 750 euros de los 8-9.000 que piden en cualquier concesionario.

Los fabricantes debieran haberse puesto las pilas (nunca mejor dicho) hace mucho para captar un consumidor excéptico y cansado, antes que pretender hacerse con el dinero público con la premisa de que innovar es arriesgado.

En la presente situación, se ha demostrado que no innovar ha provocado la pérdida de muchos puestos de trabajo. Se ha dado, también, la sensación de que, para muchos fabricantes, era mejor llegar a una situación límite en la que los precios del petróleo, o la concienciacion global, que es bastante menos efectiva de lo que se cree, fuercen a los consumidores a demandar a sus administraciones que habran el caudal de los fondos públicos.

Esto es lo que yo digo poner el carro antes que el burro.

lunes, noviembre 02, 2009

Cumpleaños

Su cumpleaños había sido deslucido, como siempre. A sus cincuenta, se consideraba un fracasado, y había llegado a la conclusión de que todo estaba bien, que se merecía todo lo que le hubiera pasado, y que quizá ya fuera hora de irse a dormir.

Sí. La idea de dormir un sueño eterno le rondaba por la cabeza desde hacía tiempo, pero hasta el momento lo había considerado como el último recurso de un perdedor. Pero, al fin y al cabo, ¿no era él mismo un perdedor? Y si finalmente se decidía a matarse, ¿cómo hacerlo? No sólo era un perdedor. También era un cobarde.

Un cobarde que le tenía miedo a vivir y a morir.

Si sobrevivía, si conseguía vivir unos años más, ¿qué le esperaba? ¿Cómo sería su muerte al final? ¿Cómo serían sus últimos momentos? ¿Se asfixiaría en sus propios fluidos o lo haría entre nauseas y dolores insoportables? Todo en torno suyo aparecía lúgubre y oscuro. Las gentes que compartían el vagón de tren en el que volvía a casa tenían un aspecto derrotado, triste.

-A ver, cosas positivas de morir –reflexionaba. Dejar de existir, quizá reunirse con aquel perro, muerto en la mesa de operaciones, al que tanto quería pero al que dejó morir por no tener la entereza de poner sus manos sanadoras en su lomo.

A ver, cosas negativas: el momento de la decisión. El minuto heroico. Saltar, hacer rass con la cuchilla, obligarse a tragar todas aquellas pastillas. El dolor... ¿Podría soportarlo? De una cosa estaba seguro, todo el mundo sabía morir, aunque le costara más o menos.

Pudo ver su reflejo desdibujado en uno de los cristales de las puertas del vagón. Más gordo de lo previsto, calvo. Perfectamente invisible para cualquier mujer. Quizá ni siquiera eso. Desagradable.

Bajó al andén maquinalmente, como un alma en pena. Arrastrando los pies. En su casa, le esperaba una esposa a la que no amaba, y que le despreciaba. Si enviudaba, le daría una alegría. Debería apuntar eso en la columna de cosas positivas.

¿Los niños? Había vivido buenos momentos con ellos. Pero el momento de la separación emocional había llegado hacía tiempo, y ya no sentía más esa opresión en el pecho cuando estaba fuera, de viaje, y llevaba tiempo sin verlos. De hecho, a veces, los odiaba. Le habían perdido el respeto ellos también. Lo daban todo por hecho y no comprendían a cuantas cosas había renunciado él por el bienestar de su familia.

Podría tener un pequeño velero, un coche de lujo, viajar, tener amantes. Si tenía dinero, a las mujeres ya no les importaría su alopecia ni su sobrepeso. Pero, en lugar de eso, vestía unos pantalones raídos, unos zapatos desgastados y una camisa de mercadillo. Era un perfecto hombre de familia, bar y futbol por televisión los domingos por la tarde.

Cuando por fin llegó a casa, le sorprendió la extraña quietud que reinaba. No oía la televisión en la que su mujer solía ver el culebrón de la sobremesa. Los niños aún estaban en el colegio. Al traspasar el umbral, sus ojos se posaron en un bulto que yacía silencioso en el suelo, en la penumbra. Sobresaltado, sobreponiéndose a la impresión, comprendió que se trataba de su esposa y se abalanzó hacia ella.

Tomó su cara con las manos y comprobó que estaba manchada de una sangre oscura y fría. Miró a su alrededor, en busca de causas para aquello. Nada. Un cable atravesaba el pasillo. No debería estar ahí. Una lámpara caída, rota, un poco más allá.

La ambulancia tardó unos pocos minutos en llegar, que le parecieron siglos. Mientras esperaba, colocó la cabeza de su mujer sobre su regazo, acariciándola como a una muñeca. Dios, ¡cuánto la quería! Si salía de aquella, si sobrevivía, podrían ser felices para siempre. Eso era todo cuanto deseaba él en aquel momento. Sin darse cuenta, se encontró a si mismo rezando sin saber a quién.

En respuesta a sus súplicas, poco a poco, la mujer volvió en sí. Sus ojos se entreabrieron y, al hacerlo, lo primero que vieron fueron las lágrimas de su marido.

Luego, siguieron horas muy tensas, imaginando qué podría estar pasando al otro lado de la pared en el servicio de urgencias del hospital al que la llevaron, respondiendo a la ansiedad de sus hijos que su madre estaba bien, pero que aún no le dejaban verla.

Y por fin, de madrugada, casi amaneciendo, apareció su mujer con una venda en torno a la cabeza. Cansada, pero feliz. Un ligero traumatismo craneal, un desgraciado accidente doméstico, aunque sin consecuencias. Se miraron el uno al otro como aquella primera vez en el bar de la plaza en el que se conocieron, con ternura y amor contenidos.

La besó dulcemente mientras volvían a casa. El sol brillaba ahora con inusitada fuerza, mientras todos los pájaros del parque insistían a su paso en que la primavera había llegado.

Aquella noche, cenaron solos en un pequeño restaurante a orillas del mar. No deseaba nada más en el mundo.

Era el rey.

miércoles, octubre 28, 2009

Mujeres

Igualdad entre sexos. Por supuesto. A las mujeres hay que tratarlas como a un igual. Como a un ser humano, que es lo que, en realidad son.

En más de una ocasión, yo mismo he sido sustituido en mi puesto de trabajo por una mujer. Es decir, he dado ejemplo, a veces incluso contra mi voluntad.

Porque, por eso, desde la empresa privada se ha tomado la iniciativa de promocionar a la mujer. Sí, a despecho de sus limitaciones naturales, tales como la menstruación, el embarazo o una, a veces, excesiva susceptibilidad, los directivos de empresas grandes y chicas están respondiendo a este verdadero clamor popular contra la marginación de la mujer, y les están ofreciendo puestos de mayor responsabilidad.

Las jefaturas medias se están llenando de mujeres. Los directivos confían en ellas para toda una variedad de tareas antes reservadas a los hombres. Control interno, auditoría, asesoría legal, contabilidad, ventas, nada queda fuera de aquello que una mujer puede hacer. Promocionadas a puestos de responsabilidad, estas mujeres demuestran día a día que la igualdad es posible.

Pero, para ello, sus empleadores están asumiendo un coste nada desdeñable. De todos es bien sabido que esas mismas mujeres que tan alegremente aceptan esas jefaturas medias no aceptarán de tan buen grado una posición superior, que pudiera incluso competir con aquella de los que las promocionaron.

De esta forma, así como es tan fácil encontrar una mujer en una posición media, imposible es encontrarla en una dirección general. Esa carencia de ambición viene unida a cierto conformismo que provoca una tendencia generalizada a cobrar menos que sus homólogos masculinos, a los que, además, se empeñan en poner en evidencia trabajando más y, a menudo, sin sus estridencias, excesos y pérdidas de tiempo.

No, no todo es maravilloso en cuanto a integración femenina se refiere. Las mujeres parecen conformarse con un puesto de trabajo estable donde no sean acosadas por sus jefes, y puedan continuar su doble jornada laboral sirviendo, además, al marido y a los hijos hasta que sean tan mayores que, ya inútiles en todos estos roles, puedan ser despedidas, desechadas, ignoradas.

Oh, No. No es verdad que sean los hombres quienes las utilizan como mano de obra barata pero confiable, mientras siguen atesorando cargos decisorios, y acaparando el grueso de las recompensas. Y mucho menos que los hombres vayan a considerar que, en todo caso, si han de viajar o trabajar hasta tarde, mejor hacerlo en compañía de una atractiva jefa de departamento. Todo eso son infundios, exageraciones.

No. Son las mujeres quienes no desean una igualdad verdadera.

¿Se lo creen?

miércoles, octubre 14, 2009

Coherencia

Déjenme que les hable de X.

En otra ocasión, les hable de un trinfador. De un ejecutivo de modélica carrera, que me inspiraba cierta envidia. Pero hoy les contaré la historia de X. Inspiradora también para aquellos que sepan fijarse en los pequeños detalles que a veces se escriben en el interior de un dedal.

X es un hombre joven, delgado, quizá enjuto. De andares un tanto desgarbados, pero jovial. Nació en un barrio periferico de una gran ciudad. Y, aunque por cuna quizá no le perteneciera, consiguió ingresar por méritos en una escuela de elite, de la que paso a formar parte de una multinacional en la que se le abría ante si una brillante carrera.

Sus primeros años confirmaron los pronósticos, y X pronto se ganó el aprecio de sus compañeros y, lo que es mas importante, de sus jefes. Inició así una carrera ascendente que pareció truncarse luego de forma súbita cuando X anunció que abandonaba la empresa temporalmente para aceptar un destino como miembro de una ONG en uno de los países más pobres y peligrosos del mundo.

A los que nos quedamos en tierra nos pareció una brillante táctica, destinada a ahorrarle las previsibles luchas fratricidas que se avecinaban ante un inminente cambio organizativo, y su regreso, mucho antes de lo previsto, para aceptar un cargo ‘caramelito’ en una rentable delegación a orillas del mar parecieron confirmar la teoría. X había vuelto reforzado de su excedencia.

Y así es como el joven X gozó de un maravilloso periodo profesional, en una posición tranquila y bien considerada, en una hermosa y cosmopolita ciudad, como hombre libre y con dinero en el bolsillo. Y aprovechó buen su oportunidad en el Samsara, en el Siglo. Recorrió doce husos horarios en busca de pequeñas aventuras que, a la postre, le dejaban frío.

Por eso, hoy, cuando ha venido a comunicarme que abandonaba la empresa a fin de mes, a los dos años justos de incorporarse, y que volvía a alistarse como miembro de una ONG para asistir en emergencias humanitarios en los países mas desfavorecidos de la tierra, pero que lo hacía esta vez de forma definitiva, sin vuelta atrás, he sentido una profunda emoción y un montón de sentimientos encontrados.

Por un lado, la pérdida de una persona excelente y buen profesional. Por otro, la alegría de ver a un alma cumplir su sueño, que no puede ser más hermoso que el de ayudar a los demás. X no es un santo, tampoco es infalible. Por ejemplo, creo que a mí me ha juzgado mal desde el principio. Pero es lo que más se parece a una gran persona que yo haya conocido de cerca. Y quizá con el tiempo, también aprenda a juzgar como yo he tratado de aprender de él y su bondad.

¿Saben que motivo me dió para abandonar una brillante carrera, para pasar de una holgada retribución a un sueldo justo por encima del umbral de la pobreza, para renunciar a toda comodidad y decir adios a todos aquellos que más quiere?

‘Coherencia personal’, alegó como causa única de su decisión. He oído eso de la coherencia tantas veces, en tantas bocas.

Políticos, empresarios, personas vanidosas. Pero creo que ésta es la primera vez que escucho a alguien decirlo sabiendo de lo que habla.

Ojala alguien, ahí arriba, nos infundiera algo de eso a cada uno de nosotros, los que nos quedamos en tierra, desayunándonos cada día mojando el tedio en los desastres que siempre quedan tan lejos, que siempre afectan a otros.

Eres grande, mi querido X. Y nosotros tan pequeños. Pero recuérdanos, si puedes.

Yo te recordaré a tí.

lunes, octubre 05, 2009

Desembarco en Barcelona

Aunque parezca lo contrario al ver esta foto de la llegada de los pilotos al podio, ninguno de los tres primeros clasificados en la carrera de Barcelona ni en la clasificación general final 2009 de la Red Bull Air Race era japonés o norteamericano.
Foto Diego Rodríguez

Una entrada en plan muy macho, a lomos de un aguerrido y polucionante Hummer, para unos hombres que parecen hacer lo imposible volando unos diminutos aviones, de menos de 8 metros de envergadura y poco más de 500 kg de peso, pero capaces de superar los 400 km/h entre obstáculos, ante la vista de cientos de miles de espectadores.
Yoshihide Muroya, el ex-campeón Kirby Chambliss y Hannes Arch, subcampeón 2009 de la Red Bull Air Race, foto Diego Rodríguez

A veces, sin embargo, lo imposible no funciona, y las alas de estos avioncitos segan limpiamente los conos inflables que les sirven de puertas. Pero no pasa nada. Un nuevo cono sustituye al extinto en cuestión de minutos.
Sven Hoffman, el 2 de octubre, foto Red Bull Air Race

Este deporte o espectáculo, como quieran llamarlo, ofrece al menos un poco de aire fresco al aburrido panorama de las carreras de coches y motos en circuitos o polvorientas carreteras.

¡Eso hasta el día en que veamos un Ferrari subir a 1.000 metros para celebrar una victoria!