sábado, septiembre 13, 2025

Mi jefe

No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Durante más de veinte años, he estado trabajando en una empresa multinacional, pero a las órdenes de un solo individuo. Un individuo con el que no ha habido forma de congraciarse. Esas cosas pueden pasar, está claro. Pero, que la recta final de tu carrera profesional dependa del humor de un solo individuo, eso... debería estar prohibido. El caso es que ha llegado la hora de decir adiós y de intentar olvidar todos los agravios, todas las putadas que este individuo me ha prodigado desde el primer día que me tuvo bajo su mando. Sí, olvidar, pero no antes de dejar aquí constancia de lo que pienso de esta persona y el entorno que hizo posible que medrara tantos años.

Muchos de los artículos que he escrito aquí están inspirados en mis propias experiencias dentro de esta gigantesca nave que en la que he trabajado durante más de dos décadas. Enorme, caótica en su estructura, llena de denominaciones incomprensibles que permiten la pervivencia de mucha gente cuya única ocupación es juzgar a los que caen bajo su supervisión, y adular a sus supervisores. Este era el caso de mi jefe, al que no nombraré aquí por no darle un protagonismo que no se merece. Solo me referiré a él así, como «mi jefe», aunque eso represente un descrédito del término.

Mi jefe es una persona que ha ido subiendo escalones en la jerarquía sin talento ni formación, pero con la desvergüenza suficiente para ejercer un estilo de mando basado en favorecer a quienes le caen bien y perjudicar a quienes no. Ser una mujer joven es un buen principio para caer en el primer grupo. Desde el día uno le garanticé que yo, a pesar de tener más formación y experiencia directiva en fábricas, no era ninguna amenaza para él, porque había tenido la desgracia de ser contratado en una delegación de provincias, lejos de la central madrileña. Además, jamás he tenido la menor intención de progresar en una carrera profesional tan poco creativa como la del controller financiero. Si yo asumí esa posición durante muchos años fue solo por el estúpido impulso de tener una profesión estable con la que defenderme de reproches.

Pero nada de eso no fue suficiente. Pronto me hizo saber que yo no era un "hombre de ese empresa". Más bien, un "verso suelto". En realidad, un verso que intentó denodadamente suprimir, o al menos impedir que se escuchara. Fueron muchos años de saberme tolerado, jamás aceptado. Y mira que lo intenté todo. Fui obediente y callado. Fui rebelde y audaz. Eficaz y discreto. Supongo que más de una vez no alcancé la barra, e incluso fui adulador, sí. Lo fui. Tan solo quería hacer mi trabajo y conservar el empleo. Aun así, diseñé muchas de las herramientas que aún se usan para el control financiero. Y lo hice por encontrar algo de estimulo creativo en un agobio cada vez mayor de tablas e informes sin autor. También por ayudar a mis compañeros a sobrellevar sus propios agobios.

De esta forma, este verso suelto se pasó dos décadas revolviéndose en su pequeña mesa de trabajo, ante su pantalla y sus infinitas hojas de cálculo, diseñadas para informar a alguien de algo cuando era patente que muchas veces no había nadie al otro extremo. Para cada acierto, silencio. Para cada error, veinte dedos acusadores. Pero nunca lo suficientemente acusadores como para provocar mi despido. En primer lugar, porque jamás merecí un expediente disciplinario. No cogí un solo día de baja. Regalé muchos días de vacaciones. Hice las cosas que correspondían a mi perfil, y también hice otras que no pero eran necesarias. Además, el director general, un tipo por el que siempre sentí respeto y una profunda simpatía, consideraba que tenía algún tipo de deuda o afecto conmigo de una etapa anterior que le impedía dejarme completamente desprotegido ante mi jefe directo. Pero esa deuda, al parecer, no era tan grande como para, además, tomarse el esfuerzo de promocionarme. Así que viví entre dos aguas durante dos décadas.

Nada de lo que hice mereció jamás la aprobación de mi jefe. Luego, mi jefe se desdobló en dos, con la incorporación de un personaje formado en su escuela de mando: presión y desconfianza. Y hasta pocas semanas antes de mi despido, ¡tuve tres jefes! El tercero, basado en Portugal, en tres años jamás llegó a visitar mi oficina en Barcelona, y apenas tuve oportunidad de coincidir con él en persona. Mucho de lo que de mi aprendió este tercer jefe lo debió aprender de un ayudante suyo, a quien colocó de cuarto jefe sobre mi, un joven voluntarioso pero sin capacidad de decisión. Pero quien más influyó en su visión de mi fue mi ínclito... primer jefe. Así es como pude resistirme y pelear pero jamás rasgar la tela de araña que me mantuvo a merced de una sola persona desde 2003 hasta la actualidad.

Sí, pude haber solicitado un traslado. Pero desde una oficina provincial no hay muchas opciones de promoción. 

Sí, pude haberme despedido, buscar otro curro, montar una empresa, etc. Pero tenía una hipoteca. No lo hice y no sirve de mucho lamentarse ahora. Y no me lamento. Solo miro las heridas que tantos años de acoso han dejado en mi espíritu.

Querido Luís... ¡suerte!

viernes, febrero 21, 2025

Meme politics

Que la maldad existe, lo sabemos. Y, ¿qué me dicen de la codicia? La codicia es una realidad tan palpable como las rocas que forman el macizo de Montserrat. También, la mentira. Y el cinismo. Y muchas otras cosas feas. Pero son conceptos. Y los manejamos con palabras. O los manejábamos. Porque eso ya no está de moda. Escribir en un blog ya no mola. Hoy usamos memes.


Los memes, esas representaciones satíricas y caricaturescas de la realidad, son la quintaesencia de la lucha por el relato, que ya no se libra en las redacciones de los diarios, o las cadenas de televisión, sino en los data centers de las plataformas sociales. Los magnates tecnológicos han dejado de considerarlas un contrapoder. Ahora SON el poder. No son ya necesarios aburridos debates, habilidades retóricas, conocimientos profundos de un tema. Basta con recordar que son los impactos lo que queda en el imaginario de la gente. Al menos durante los segundos que transcurran hasta el siguiente impacto.

Así que la teoría indica que los impactos, que los memes, deben ser continuos. La idea, sea la que sea, debe deslizarse en el sistema límbico del sujeto —que es donde dicen que se crean las emociones—, y saturarlo hasta bloquear el paso a la razón completamente. Bloquearlo hasta dejar insensible al sujeto al pensamiento lógico. Como la razón suele localizarse detrás de la frente —y lejos del núcleo cerebral, mucho más primitivo e imbricado en nuestro comportamiento—, es relativamente fácil sabotearla. El método más usual es excitar las emociones mediante la repetición, la exageración y la falsedad. Si se pone suficiente empeño, se consigue polarizar a cada individuo, y hacerlo dimitir de su condición de ser racional. Luego, ya se puede hacer con él lo que se quiera.

Por ejemplo, se le puede hacer creer a alguien que la victima de una invasión es el agresor. O que los aliados son el enemigo (y los enemigos, amigos). O que subiendo aranceles se bajan los precios, o que despidiendo gente se protege la libertad, o que las vacunas no funcionan y son una conspiración, o que extorsionar e intimidar demuestran excelencia negociadora. ¡Se les puede incluso convencer de que el gobierno de los oligarcas, que llegaron a serlo por su capacidad para hacerse con lo de los demás, les hará también a ellos ricos!

Pues sí, los memes infinitos son la forma en que los grandes manipuladores construyen mayorías que solo duran lo que duran las elecciones. Y las construyen desde los bolsillos de los ciudadanos, cuyos teléfonos móviles se han convertido en eficaces imprentas de memes que llegan a todo el mundo a todas horas, sin cesar.

Sí, bienvenidos al mundo de la Meme politics.


lunes, febrero 17, 2025

Sin referentes

Asistí el otro día a una charla de promoción de la niña en la ciencia. Fue un poco vergonzoso por la escasa asistencia, compuesta esencialmente por gente mayor sin infancia a su cargo. Pero la charla en sí estuvo bien. La ponente tenía gran capacidad para transmitir información de forma más o menos indolora, y mostraba gran entusiasmo. Pero el mensaje central de la charla era cómo animar, cómo motivar a las niñas a ser científicas. No influencers, no mujeres-objeto. Científicas, investigadoras. Carne de libro de historia. Y el truco esencial era ofrecer a la niña un referente cercano. Sí, porque el mundo no ofrece hoy referentes lejanos.


Imagina que tienes un niño al que debes convencer de las bondades de ser bueno, respetar las leyes y ayudar desinteresadamente al prójimo. Lo más normal es que el niño, si se ha fijado ya en alguien, sea en algún deportista o youtuber. En alguien sin mucha profundidad moral. No es que sean personas inmorales o amorales. Es que, para su profesión, la moral no tiene mucha aplicación. Es decir, son como una calle sin salida. Recae entonces sobre los padres encarnar ese rol. Serán los padres quienes tendrán que demostrar a sus hijos mediante el ejemplo personal que ser bueno y seguir los evangelios es rentable para ganar la vida eterna. Y que, incluso en el caso de no serlo, sigue siendo necesario, siquiera sea sólo para honrar la memoria de tus ancestros; para ganar paz de espíritu.

Pero es que ya no se trata de que los padres no encuentren referentes. Es que los hay, y muy relevantes, ¡pero negativos! 

La política y los negocios se encargan de demostrarnos diariamente que no importa cuántos crímenes cometas, porque tu honorabilidad sólo depende de tu fuerza. Por ejemplo, estos días vemos como representantes de una oligarquía asesina se reúnen en casa de otra, convocados por un delincuente convicto, para intimidar y coaccionar a un país pobre para que acepte ser agredido y expoliado. Y todo ello mientras nuestros representantes democráticamente elegidos corretean de un lado para otro intentando demostrar unidad.

Sería divertido si no fuera porque hablamos de millones de vidas destrozadas por la codicia de una élite que hipnotiza a sus ciudadanos con una retórica cargada de mentiras. Sería divertido si no fuera porque nuestros hijos lo ven. Buscan patrones para triunfar, para ser aclamados por la multitud. Y lo que encuentran son personajes vociferantes, arrogantes, que se burlan de las leyes o las dictan a su antojo. Personajes que todo lo fían al poder del dinero. Como ignorando que hasta el más poderoso puede sucumbir a la más vulgar de las afecciones humanas. 

No, no es tiempo de decirles a nuestros hijos que la justicia siempre gana. No es así. No al menos en la época que nos ha tocado vivir.

Es mejor quizá decirles que, por el momento, no hay referentes.

lunes, enero 27, 2025

Entre un psicópata y un narcicista, ¿qué escogerías?

La geopolítica se ha convertido en escoger el mal menor. Oriente parece dominado por personalidades fuertes, muy fuertes, autocráticas, incapaces de conectar emocionalmente con sus ciudadanos. Occidente se ha entregado a narcisistas mesiánicos, que precisan de la exposición permanentemente en televisión y redes sociales. En medio, el ciudadano de a pie, mira incrédulo, horrorizado, sin saber qué ha sido del sentido común.


¿Quién podría hacer tratos con estadistas que consideran el uso de la fuerza como un signo de inteligencia? ¿Quién confiaría en sistemas políticos que invierten el sentido de marcha cada cuatro años? Estamos en la dictadura de las emociones, la llave para manipular masas fácilmente. Y de todas, el miedo es la más eficaz. Unos prometen regresar a paraísos perdidos, imperios del pasado, o artículos tan evanescentes como la libertad. Así es como Gran Bretaña se engañó a sí misma con el Brexit. Así es como Rusia ha ido sumergiéndose en una espiral de conflictos que la han ido alienando como potencia. Así es como Estados Unidos de América, incluso tras cuatro años de desastrosa experiencia previa, ha entregado aún más poder a Donald Trump.

Las redes sociales han amplificado el poder que la televisión otorgó a los políticos desde su inicio. En lugar de favorecer la verdad, han multiplicado la manipulación. No, esta situación no es la "reacción de la derecha" a ninguna "infección de la izquierda", como he oído por ahí. Izquierda y derecha usan el populismo una y otra vez. Acaso la única diferencia sea la medida en que ambas se apoyen en la cosa pública.

Proporcionar dos datos correctos no aumenta la probabilidad de que el tercero lo sea. El ciudadano común no debería renunciar a su sentido común para abrazar ideologías que le prometen simplificar su toma de decisiones. Inmigrantes, ¿sí? Inmigrantes, ¿no? Aborto, ¿sí? Aborto, ¿no? Impuestos, ¿sí? ¿no? Está claro que la burocracia no es buena para ninguna sociedad. Tampoco puede serlo dar rienda suelta a la iniciativa empresarial sin control, cegada por los beneficios a corto plazo.

El turismo sanitario hacia países con seguridad social puede hacer tambalear el mismo edificio de la sanidad universal, pero la respuesta no puede ser entronizar la sanidad privada.

Está claro que los análisis cuantitativos no son la panacea cuando se buscan soluciones a problemas sociales o políticos, pero cegarse por discursos simplistas sobre la libertad, renunciando a las perspectivas a largo plazo, puede ahondar el problema. Es verdad que muchos políticos gozan de extraordinario poder sobre enormes cantidades de dinero, sin haber acreditado nunca el más mínimo talento para generar riqueza. Pero también es cierto que los empresarios lo son porque prefieren el beneficio individual al colectivo. Puede que durante cierto tiempo mantengan la ilusión de que ambos pueden coexistir, o incluso apoyarse mutuamente. Antes o después, sin embargo, el empresario deberá escoger entre uno u otro, y su impulso primero se revelará con toda su fuerza. Y es que no se puede despedir o dirigir ciudadanos con la misma facilidad que trabajadores.

Entre un psicópata y un narcisista, escoge siempre la razón. Es solo un consejo.

jueves, enero 02, 2025

Elegía del profesor Joan Guinovart

El 28 de febrero de 2014, unos padres atribulados le escribían un breve correo electrónico al célebre profesor Joan Guinovart en busca de orientación académica para su hija, a pocos meses de decidir qué carrera universitaria seguir. Guinovart había fundado años antes el Institut de Recerca Biomédica de Barcelona, y formaba un tándem muy reputado con Joan Massagué, uno de sus más afamados discípulos. Las probabilidades de que ni siquiera respondiera eran altas. Sin embargo, pocos días más tarde, toda aquella familia ─la mía─ se sentaba frente a él en una de las salas de juntas de su querido IRB. Era el inicio de una carrera de éxitos.


De eso hace, ¿cuánto? En un par de meses, serán diez años. Y sin embargo, recuerdo una de las preguntas que le disparó a nuestra querida hija: «¿Por qué quieres ser investigadora?»

No voy a idealizar la figura de Guinovart más allá de lo mucho que ya lo han hecho las personas que lo trataron. Es posible que la pregunta formara parte de una batería de preguntas y respuestas formuladas y escuchadas para innumerables aspirantes antes que nuestra hija. El caso es que la magia volvió a funcionar. Salimos de aquella primera entrevista, una tarde de invierno de 2014, con una serie de ideas que la experiencia ha ido confirmando con el paso de los años. Guinovart no solo había salido a buscarnos personalmente a la entrada de su Instituto, donde durante el día trabajaban cientos de investigadores a su cargo. También le había ofrecido a nuestra hija una estancia de prácticas para ese mismo verano. Intentaba así remediar desde su posición la endémica falta de apoyo al talento científico entre los jóvenes. Aunque luego habría más oportunidades para nuestra hija de tratar con él, aquella sería la primera de muchas líneas en su brillante currículum académico.

Ahora no quiero extenderme mucho. La noticia de su muerte en la madrugada del primero de enero del 2025 me ha cogido por sorpresa y no tengo palabras para expresar la tristeza y el sentimiento de injusticia que me causa su prematura marcha a los 77 años.

Querido Profesor Joan Guinovart, capitán de varias generaciones de jóvenes talentos, hasta siempre.

miércoles, diciembre 18, 2024

¡Eh, Jefe! ¡Cuida de tus empleados!

Durante la mili ─el servicio militar obligatorio en España hasta finales del siglo pasado─, a muchos reclutas les tocaba hacer guardia. Y había que estar atento... a tu espalda. Era bien sabido que, en tiempo de paz, el peligro para el guarda siempre venía de dentro. Como en las empresas.


El problema es que así no importa cuántos guardas tengas. El enemigo siempre te va a sorprender. Puedes ser un jefe con un conocimiento mayor o menor del trabajo. Tú mismo puedes ser más o menos trabajador, o dar ejemplo con tu dedicación. Pero convertir a cada subordinado en un verdadero colaborador va a requerir algo más. Y es que los subordinados pueden temer a un jefe exigente, pero el miedo, a diferencia de la gratitud, es acumulativo. Termina por llegar el día en que la persona encuentra la forma de vengarse, de liberarse de esa amenaza en que, como jefe, te has convertido.

Así que para ser un buen líder, lo mismo que para vender un coche, lo importante es atender a los sentimientos de las personas que te rodean. Y para atender a esos sentimientos, no hay mejor método que identificarte con ellos, y dejar que ellos se identifiquen contigo. Sin hacer distingos entre los de mayor o menor capacidad, entre viejos o jóvenes, entre uno u otro sexo (o género). Porque lo que hagas a unos será percibido por el resto en clave personal. A veces con resultados inesperados.

No es necesario que lo diga ningún estudio de la Harvard Business School: Trata bien y por igual a todos cuantos te rodean.

Si están por encima tuyo, necesitarás su apoyo para subir. Si están por debajo, los necesitarás tú para no caer.

viernes, diciembre 13, 2024

Arena de la acrópolis en mis zapatos

Recuerdo poco de aquella Atenas de hace más de 40 años, en mi primer viaje a Grecia. Apenas el sabor de su deliciosa cocina mediterránea, ligera y natural. De la retsina, su áspero y antiquísimo vino blanco. Y de las escaleras de la acrópolis, peligrosamente resbaladizas, pulidas por tres mil años de pisadas.


En aquella época, muchas islas del Egeo ya parecían salas de embarque de aeropuertos alemanes, pero aún quedaba lejos la venta de tickets por internet. Uno podía deambular sin muchos tropiezos por la colina coronada por vestigios de templos maltratados por cien guerras. Pero es la edad la que esta vez, en mi último viaje, me ha hecho comprender mejor la enormidad de su legado.

Ni la democracia, ni la filosofía tenían en su origen griego el aspecto que hoy les conferimos. Ni siquiera sería posible hablar de lo griego o de Grecia en el sentido moderno de Estado. Y sin embargo, nos vemos reflejados en muchos de sus valores, de sus mitos y de sus aspiraciones. Nuestro lenguaje está impregnado de palabras y conceptos que de forma nada disimulada nos ha legado como valiosa herencia. Hoy, Grecia es un país pequeño, casi irrelevante en el concierto internacional, aún resabiado por siglos de dominación musulmana. Pero los griegos son muy conscientes del valor de su cultura. Son orgullosos, y con razón.

Esta vez pude disfrutar de una tranquila visita nocturna al nuevo museo arqueológico de la acrópolis, guiada por Sophia Baltzoi, una prometedora y brillante especialista en teatro griego, y a la mañana siguiente a una algo menos tranquila visita guiada al Partenón. Y ahí, bajo el ardiente sol y fuertes vientos, es donde mis zapatos se cubrieron de polvo.

Ya de vuelta en Barcelona, me costó muchos días encontrar el valor para limpiarlos. Es que era arena milenaria. Quizá sólo fuera arena del desierto africano. O, quién sabe, arena que acaso alguna vez formara parte de alguna columna, de algún edificio por el que desfilaran Sócrates, Platón o Aristóteles.

Y ahora son solo arena en mis zapatos. Pronto, les seguiremos.

lunes, octubre 14, 2024

El tercero en disputa

No sé si te ha pasado alguna vez. Seguro que sí. Estás hablando con alguien y de repente parece que tu interlocutor sufre un proceso de mitosis espontánea, y añade un tercer miembro a la conversación: ¡Tu Alter Ego! A partir de ese momento, te toca lidiar también con esa imagen que los demás han construido de ti sin tu permiso. Y es una dura batalla.

Muchas veces, nos resulta más cómodo construir una imagen del mundo exterior y elaborar nuestras respuestas sobre esa base, en lugar de estar todo el tiempo recibiendo datos, a veces contradictorios. Tiene muchas ventajas. Reduce el consumo de energía, permite asentar patrones claros y, además, es rápido. La única pega es que a veces el mundo exterior, y las personas que lo habitan, se empeñan en no dejarse modelar. Entonces, podemos optar por modificar o rechazar el modelo, o rechazar la realidad. Esto puede suceder en medio de una conversación. De repente, decidimos que lo que nos dice nuestro interlocutor ─o incluso su silencio─ no merece ser tenido en cuenta, y tiramos de nuestro modelo pre entrenado.

Cuando eso sucede, la otra parte se topa con un dilema: ¿Seguir conversando como si nada y aceptar luchar en desventaja numérica? ¿Rebelarse y atreverse a acusarnos de fabricar una imagen a base de prejuicios? 

Puede incluso que la respuesta de nuestro interlocutor sea la que describo en la cabecera de este artículo: Crear a su vez nuestro propio Alter Ego. Entonces, si ya es difícil establecer puntos de unión entre las posturas de dos personas, ¿qué tal intentarlo con cuatro, de las que la mitad son ficticias?

Todos, en mayor o menor medida, somos propensos a esos rasgos que describe la psiquiatría en sus rangos máximos. Todos somos un poco psicóticos cuando creemos poder establecer con franqueza nuestro punto de vista ante nuestras mascotas. Todos adolecemos de cierto grado de paranoia cuando sospechamos que el universo conspira contra nosotros. Todos damos muestras de esquizofrenia cuando creemos oír la voz del Creador en respuesta a nuestras oraciones. Y es que vivimos en un mundo de ideas. Tantas ideas que muchas terminan por adquirir carta de naturaleza, para convertirse en mobiliario de nuestro cosmos.

Es inevitable. Convertiremos nuestras relaciones en inacabables obras de teatro donde nosotros repartimos los papeles. Serán a veces comedias. O dramas. Obras aburridas o ingeniosas. Pero obras de teatro. 

Seamos conscientes, al menos.


La imagen corresponde a una escultura de Franz Xaver Messerschmidt inspirada en las sesiones de hipnotismo de Franz Anton Mesmer.

jueves, junio 13, 2024

Niveles, niveles, niveles

Creo recordar a un jefe que tuve, prematuramente jubilado, sosteniendo que nadie puede gobernar más de sesenta personas ni tratar directamente con más de tres ayudantes. El personaje obtuvo cierto éxito aplicando su filosofía. Claro que quizá por eso mismo terminó su carrera abruptamente.



¿Cuántos jefes hay?

Si ya sabes el número total de personas, el número de jefes será simplemente la razón entre el número de personas y el tamaño de los niveles.

Por otra parte, si sabes cuántos niveles tiene tu organización y cuán grandes son, puedes calcular el número total de personas como la suma de una progresión geométrica finita, Sn:

Sn = a (1 - rn) / (1 - r)
donde:
a = personas en el primer nivel
r = personas en cada nivel
n = número de niveles
En el ejemplo, el primer término (a) es 1, ya que hay una persona en el primer nivel, que suponemos será el CEO. Si se crean niveles cada tres personas, la razón común (r) es 3; y si hay 11 niveles, (n) será 11. El número de jefes será el numero total de personas hasta el nivel n-1.

Calculadora de jefes

Como siempre en este blog, si las mates no son lo tuyo, he preparado una sencilla calculadora para que cálcule por ti el número de personas y jefes en una organización. Nota: ¡Los jefes son también personas!

En realidad, la densidad del ramaje en el árbol jerárquico es un tema crucial para explicar el rendimiento corporativo. Volviendo al ejemplo de mi querido y admirado ex jefe, con sesenta colaboradores limitados a coordinar equipos de un máximo de tres personas, nos encontramos ya con algo más de cuatro niveles jerárquicos.

Si una organización multinacional con, digamos, noventa mil colaboradores, sigue esa pauta, se va a encontrar con más de once niveles jerárquicos. Y si solo el nivel inferior puede considerarse exento de responsabilidades de mando, tenemos... ¡treinta mil jefes!

Esto nos lleva a la cuestión fundamental de si una empresa puede sobrevivir con una carga tan enorme de mandos intermedios que, no solo no aportan valor, sino que se lo restan a sus subordinados encargándoles tareas e informes que les aburren pero que justifican su posición.

Es decir, en el ejemplo de la multinacional, basta con aplanar un poco la estructura fomentando equipos de, digamos, 6 personas, para que solo necesitemos siete niveles, reduciendo el número de mandos a menos de diez mil.

Esto implica naturalmente aligerar procesos, eliminar estructuras, controles y firmas, y poner el foco en procesos más coherentes y robustos. Es también para el sufrido nivel inferior un alivio en términos de motivación, al ver más cerca la cúspide de su empresa.

Son muchos los empleados de estas grandes corporaciones que agotan sus vidas laborales sin haber tenido una conversación con su principal ejecutivo.

Pero es que además una estructura tan vertical es también una estructura muy frágil. Precisamente, en semejante estructura, el valor del nivel inferior debería considerarse especialmente alto. Y, de hecho, lo es. Esto genera una de los mayores y más frecuentes paradojas de las organizaciones verticales: La desproporción entre la responsabilidad y los derechos de los empleados:

A menor nivel, menores derechos y mayor responsabilidad.

No, la responsabilidad no es presentar al nivel superior una tabla con los datos recogidos del nivel inferior. Responsabilidad es la capacidad de detener o impulsar un negocio. Justo la capacidad que ostentan aquellos que están en contacto directo con los clientes o el producto.

Justo la capacidad que parecen despreciar los miembros de los niveles superiores.



martes, mayo 07, 2024

Qué tienen en común: Gobernanza, inclusividad, igualdad de género, LGBTIQA+

Las organizaciones modernas llevan años abrazando estos conceptos: Gobernanza, inclusividad, igualdad de género, LGBTIQA+. Pero no es eso lo que tienen en común.



Gestionar una gran organización con la agilidad de una pequeña es un sueño que pocas empresas admitirían no tener. Pero es complicado. Y si no podemos agilizar, al menos abaratemos costes. Ahí sí tenemos algunas estrategias que, no solo son eficaces, también son muy aceptadas socialmente. Venga, repasemos algunas. Sin ánimo de ser exhaustivos, eso sí.

Gobernanza

Qué buena idea la de compartir la pesada carga de la dirección. Y si es hacerlo desplazando funciones a países con menores costes laborales, pues míralo como una oportunidad para repartir riquezas, ¿no? Bien es cierto que no todas las funciones son susceptibles de ser deslocalizadas. Las de primer nivel, por ejemplo, las que conservan las esencias culturales de la empresa, no. Esas no se pueden delegar. Todo lo demás, puede distribuirse por países cada vez más alejados y con menores costes laborales, en la medida en que la tecnología lo permita. Y la tecnología permite enviar la mayoría de funciones lejos, a entre uno y doce husos horarios de distancia. ¿El resultado? una organización más caótica, pero barata.

Inclusividad

Los expatriados caros son cosa del pasado. Nuevamente, la tecnología permite que no solo las funciones directivas se trasladen a países más baratos. La misma mano de obra local puede reclutarse entre los sectores más desfavorecidos o marginales. Los países han gastado un dinero en educación, y he aquí que semejante dispendio tendrá por fin justificación. Es socialmente muy presentable, y barato.

Igualdad de género

Y si llevar mandos intermedios y mano de obra a países y sectores sociales más baratos no fuera suficiente... ¿Qué tal promover la igualdad de oportunidades entre géneros? Y dada la muy desfavorable situación de la mujer en el mundo laboral... ¿Por qué no practicar la discriminación positiva? ¿Por qué no, a igualdad de capacidades, contratar una mujer? Es discriminatorio, pero positivo. La maternidad ya no es un problema. La tasa de reproducción no cesa de contraerse y el mercado laboral está lleno de mujeres ansiosas por demostrarse capaces, incluso cobrando menos que los hombres blancos y viejos a los que sustituirán. Personal, en suma, más motivado... y barato.

LGTBIQA+

¿Y por qué una sociedad iba a tolerar semejante vaciado de influencia en su tejido económico? ¿Por qué una sociedad moderna iba a aceptar salarios reales más bajos? El nuevo contrato lo establece claramente: «Eres libre», por no decir: «Búscate la vida». Una vida lo más simple posible, a la búsqueda de tu identidad sexual perdida, espoleado por una propaganda que no para de hablar de libertad y derechos. Poco a poco nos vamos sumergiendo en un mundo de reels y clips, de impulsos y reflejos, donde lo breve reina. Un mundo donde no hay que preocuparse por nadie más que por uno mismo, su alquiler, su gym y sus vacaciones. Un mundo sin ataduras, sin permanencia. De nuevo, más... barato.

Mira ahora hacia atrás y dime si tienes más derechos, si vives más feliz, que hace unas décadas.

Tú, seguramente no. Pero hay quien sí.


martes, marzo 19, 2024

Aquella maravillosa organización que flotaba sobre un bosque de hojas de cálculo


Es un lugar común que las grandes organizaciones se ralentizan y encarecen debido a la profusión de controles y formularios. Pero no solo es eso: fragilizan la gestión, oscurecen la verdad y dificultan la toma de decisiones. Y sin embargo, siguen funcionado. ¿Cómo es posible? ¡Un oscuro ejercito de creadores y manipuladores de hojas de cálculo se encarga de mantener la organización a flote!



La aparición de interfaces gráficas y hojas de cálculo a principios de los años 80 del siglo pasado permitió a muchas pequeñas empresas expandirse a un coste razonable, generando nuevos sistemas de gestión transparentes, flexibles y fáciles de usar. Pero también las empresas grandes se hicieron rápidamente seguidoras del culto a la hoja de cálculo como método de entrada a sus mastodónticos sistemas de gestión, y también como método de explotación de datos. La llegada de internet impulsó la posibilidad de compartir las hojas de cálculo entre varios usuarios y localizaciones, asentando así todavía más su dominio en el panorama empresarial. 

Pero las hojas de cálculo no sustituyeron los caóticos sistemas CRM, ERP, SCM, PLM y demás, de los que SAP es la quintaesencia. En lugar de eso, se mezclaron en los procesos aprovechando su versatilidad y atractivo visual, y terminaron conviviendo todos juntos en un magma cada vez más impenetrable. Así fue como los empleados terminaron bajando datos de sistemas, alimentando hojas de cálculo y subiendo sus resultados de nuevo a los mismos sistemas de los que previamente habían bebido.

Tanta flexibilidad invita a que cualquier mando pueda reclamar a sus subalternos informes perfectamente personalizados, pero de costosa elaboración artesanal. La plaga que se ha dado en llamar Grey Reporting. En estos informes no suele encontrarse el más mínimo atisbo de homogeneización porque son huérfanos de padre. Conceptos no homogéneos o con diferentes alias. Solicitados en toda una variedad de escalas temporales. Cifras acumuladas o por periodo, con subtotales a veces por meses, o trimestres, o años fiscales y naturales, con las más exóticas denominaciones, o abstrusos códigos y subcódigos. Como resultado, una parte importante del trabajo de estas hojas de cálculo es traducir los diferentes informes.

No olvidemos que detrás de cada hoja de cálculo hay normalmente uno o más seres humanos luchando por mantenerla alineada con otras hojas de cálculo o sistemas de datos, en procesos que consumen tiempo, son costosos, y los desalientan y desmotivan.

Sin embargo, la legendaria incapacidad de las jefaturas para entender los arcanos de una simple base de datos relacional convirtieron esta verdadera lacra en una necesidad para comprender mínimamente el negocio. Esto y la imposibilidad de hacer migraciones sin arriesgarse a una considerable pérdida de datos ha estado ralentizando la velocidad a la que las grandes empresas (las más afectadas por este panorama) pueden agilizar sus procesos.

Y esto no tiene que ver con las herramientas de visualización y paneles de mando, siempre tan apreciados en los despachos de alta dirección, sino con la gestión misma de los datos desde su concepción.

Esto tiene que ver con una cultura empresarial que en mi opinión debería orientarse a considerar que la gestión de la información debe ser abordada de abajo arriba, evitando la manipulación manual, y preservando la flexibilidad que todo organismo necesita si quiere sobrevivir. La prevalencia de las hojas de cálculo en el panorama empresarial nos da una idea de que para muchas organizaciones esta visión es aún muy lejana.

¿Cambiará en algo la irrupción de herramientas de IA? Puede que solo sofistique y engorde esa capa de hojas de cálculo, pero sin abordar en profundidad la adaptación de las herramientas integrales porque su enorme complejidad las protege. 

Veremos.









jueves, enero 18, 2024

Con diez años de retraso, he probado un coche eléctrico. Esto es lo que he aprendido.

Con idas y venidas, vacilaciones y retrasos, la electrificación de los vehículos particulares prosigue su marcha. A los usuarios nos va tocando olvidar litros, caballos, repostaje instantáneo. Y aprender algunas cosas nuevas.

Llevo años conduciendo un hibrido, así que para mí no es novedad la marcha silenciosa y suave de un motor eléctrico. Pero nunca había conducido un coche eléctrico total. Una oferta tentadora de Hertz lo hizo posible. Se trató de un Polestar2, un coche de prestaciones premium que pude conducir durante unos días. Después de probar las emociones propias de sus recuperaciones ultra rápidas (¡respetando siempre los límites de velocidad!), lo primero que hice fue familiarizarme con los datos que todo usuario de vehículos eléctricos debería conocer: La capacidad de su batería, que se mide en kWh, y a qué ritmo se descarga y recarga, medidos en kW.

Para entrar en contexto, digamos que un coche medio tiene una batería de 60 kWh. En un uso normal en cuanto a velocidad, peso, perfil de la ruta, estilo de conducción, uso del aire acondicionado, temperatura exterior, etc. la batería puede descargarse a un ritmo de unos 20 kWh cada 100 kilómetros. Eso nos da un alcance de 60/20 = 300 kilómetros. Los coches más avanzados pueden descargarse más lentamente, de la misma forma que los vehículos de motor de combustión interna luchan por reducir el consumo de litros de combustible por cada 100 kilómetros.

En cuanto al tiempo de recarga, un punto doméstico suele ofrecer entre 3,6 a 7 kW monofásicos, o hasta 11 kW trifásicos, usando conectores tipo 2. En el caso de puntos de recarga públicos gratuitos (como los de los supermercados Mercadona), suelen ser de 3,7 kW, mientras que los de pago alcanzan los 43 kW. Es cierto que la cifra puede aumentar mucho, hasta los 250 kW con conectores tipo CCS, pero es difícil encontrarlos de 100 o más kW. En cualquier caso, a la recarga se aplica la misma aritmética sencilla que al consumo: Una batería de 60 kWh, a 11 kW tardará unas 6 horas en llenarse al completo. A 100 kW, unos 36 minutos. Sin embargo, como en el caso del consumo, el tiempo puede variar mucho en función del estado del cargador u otros factores. Además, la velocidad de recarga siempre se ralentiza al aproximarse al lleno.

Por lo que respecta al coste, el precio del kWh en los cargadores públicos de alta potencia están rondando en España a fecha de hoy entre 36 y 42 céntimos de euro, lo que implica que llenar una batería de 60 kWh nos valdrá unos 24 euros.

Estas cifras van a ir variando lógicamente con el tiempo, y en mi opinión dejarán de resultar interesantes cuando la fuente de energía sean las propias placas fotovoltaicas domésticas, y las baterías tengan capacidad y durabilidad en exceso como para olvidarse de ellas.

Será esa una gran simplificación.




jueves, noviembre 09, 2023

No me des más emociones. Dame más capacidad para entender el mundo.

Cuando Galileo apuntó su telescopio a la Luna, por primera vez en mucho tiempo la vista superaba a la imaginación. Hasta ese momento, el principal instrumento para conocer la realidad había sido la mente. Ni astrolabios, ni cuadrantes, ni teodolitos habían servido para otra cosa que para asentar, aclarar la idea que del mundo había nacido en la mente de los hombres. Y desde entonces, con el primer telescopio, la distancia entre experiencia e idea no ha cesado de agrandarse.

Para la segunda década del siglo XXI, los nuevos instrumentos no cesaban de inundar los laboratorios de cifras y medidas provenientes de todos los rincones de la realidad. Desde los gigantescos aceleradores de partículas hasta los telescopios espaciales, desde los laboratorios donde se realizan análisis célula a célula hasta las miríadas de sensores diseminados por todo el planeta Tierra y el sistema solar. Y ante este alud de datos, de hechos, para procesarlos, para comprenderlos... el mismo cerebro que el de nuestros ancestros del neolítico.

Por supuesto que se trata de un cerebro que ha ido cambiando en cuanto a su forma de percibir y comprender el mundo que le rodea. Pero no lo ha hecho al ritmo exponencial al que han crecido los conocimientos que han reunido nuestras máquinas. ¿El resultado? Nos hemos convertido en analfabetos tecnológicos.

Podría ser que un campesino de la Europa del siglo XVI alcanzara a entender algo o la mayor parte de la física del momento. Hoy en día, no es concebible que ni siquiera una persona ilustrada pueda dar fe del contenido o funcionamiento de un teléfono móvil. Pero son humanos quienes hacen teléfonos móviles. 

Entonces, ¿cómo es posible? La respuesta es la super-especialización. Unos pocos humanos saben muchísimo de un tema muy concreto, mientras que el resto se van deslizando por la pendiente de la ignorancia. Pero incluso la super especialización tiene un límite. Como decía el profesor Guinovart, si antes para hacer un artículo de investigación biomédica bastaba con hacer una gráfica con cuatro ratones, hoy se necesita de bioestadística y una apreciable cantidad de recursos informáticos para descubrir algo.

Y es que la capacidad humana para nadar en yottabytes de información es muy limitada. El ser humano tiene una terca tendencia a usar analogías extraídas de su experiencia diaria para entender el mundo que se encuentra más allá de esa experiencia diaria. De la misma forma que nos gusta imaginar a Dios como una especie de adorable abuelo barbudo, intentamos aplicar al universo lejano y también al quántico la misma lógica que rige en nuestra sala de estar.

Así que la alternancia entre sentido y pensamiento parece haberse roto. Y con personas cada vez menos capaces de entender lo que las máquinas le muestran del mundo, vamos camino del caldo de cultivo perfecto para una dictadura del conocimiento. Una dictadura en la que tendremos, por encima, unas elites detentadoras del poder para conocer, y por debajo, un vulgo incapaz de entender su propia realidad. No porque no tengan acceso físico al conocimiento, sino por carecer de capacidad e interés para conocer.

A mi solo se me ocurre defenderme usando la IA. Al mundo ya no le hacen falta más sensores ni más información, sino más capacidad para pensar, para razonar, para anteponer la verdad a las emociones. Necesitamos entender un mundo cada vez más complejo y extraño. Tenemos que re-equilibrar la balanza entre nuestra capacidad para percibir, para recibir emociones, por un lado, y nuestra capacidad para entender, para comprender, para ser conscientes, por el otro. Y sí, creo que una IA generalista y de acceso universal puede abrir caminos hacia ese nuevo estadio de hiper-conocimiento.

Y quién sabe, quizá hacernos más humanos.


PD. La IA ha analizado este texto, y me ha recordado que, aunque mi enfoque es «prometedor»,«[...] también es importante tener en cuenta los posibles desafíos y riesgos asociados con la dependencia de la IA. Por ejemplo, las preocupaciones sobre la privacidad de los datos, la ética de la IA y la posibilidad de que la IA refuerce sesgos existentes son temas importantes a considerar al debatir el papel de la IA en la sociedad». Dicho queda.

jueves, agosto 24, 2023

El verano de Oppenheimer

No he visto Oppenheimer (película) y sin embargo voy a opinar sobre ella. Lo digo por si quieres dejar de leer ahora. Ya sé que está muy feo juzgar lo que no se conoce, y seguro que Hollywood también prefiere que, piense lo que piense, pase por taquilla y luego critique. Pero, si eso te ayuda, he visto muchos documentales sobre el personaje, y un montón de tráileres y críticas sobre esta película, así que me voy a arriesgar.


Se estima que la producción gastó unos cien millones de dólares en recrear aspectos de la vida del físico, muchos de los cuales se pueden leer en biografías como Prometeo americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer. Ya se le compare con Prometeo o Krishna, Oppenheimer parece encarnar el papel del hombre condenado a asumir el sacrificio de la responsabilidad, el fusible cuya abnegación hace posible la supervivencia de la civilización. Pero la idea de la fisión atómica como arma nació en la mente de muchos otros antes y muy lejos de Nuevo Méjico. Por más que los rasgos judíos hayan desaparecido del rostro del protagonista, Robert Julius Oppenheimer es solo el maestro de ceremonias de una especie de Sabbath al que acuden otros padres judíos de la bomba atómica, como Einstein o Teller. Tengo entendido que la película incluso escoge otro personaje judío como antagonista, un tal Strauss.

Con estos mimbres es fácil despertar en la mente del espectador una asociación con la escena de la última cena, en la que Oppenheimer acepta quedar como el Judas que ha de mancharse las manos para que la blanca América pueda ascender a los cielos como primera potencia atómica.
 
Todo era mucho más terreno: Era preciso frenar la expansión de la Unión Soviética en Europa y Asia, y había que aumentar la escala y velocidad a la que se podía matar. Sin miedo a represalias, sin competidores, no había ninguna encrucijada moral que usar como excusa para demorar el uso de una bomba atómica en el Teatro de operaciones —aunque el Teatro de operaciones fuera una enorme extensión de casitas de madera apeguñadas en un valle habitado por decenas de miles de mujeres y niños.

Oppenheimer, la película, no se mete en estas profundidades geoestratégicas y prefiere usar la antigua formula de tetas y peleas para mantener la atención del espectador, según leo. No me sorprendería de un director cuyos antecedentes incluyen obras maestras del cine intelectual como las adaptaciones del inmortal Batman, o la melodramática Interstellar. 

No, la superproducción de Hollywood Oppenheimer no me interesa lo más mínimo ni tengo curiosidad por ver cómo reprodujeron la explosión de Trinity sin efectos de ordenador. La película encumbra a un hombre por lo que ha hecho, sin prestar atención a sus consecuencias. 

Eso es o cinismo o estupidez. Y los mil millones de dólares a los que se va acercando su recaudación en todo el mundo (menos Japón) no permiten hablar de lo segundo.





jueves, agosto 03, 2023

¿Por qué nadie se cree la web de su propia empresa?

A menudo, los empleados de las organizaciones transitan por la web interna de su compañía en busca de herramientas obligatorias para esta o aquella tarea. Jamás en busca de información relevante sobre su propio futuro. Saben que la web corporativa es el último lugar donde encontrarla. Pero, si todos lo saben... ¿por qué siguen ahí las webs corporativas?

Es muy lógico suponer que la web de una empresa sea usada como escaparate al mundo perfecto de sus productos y servicios. Lo que resulta menos comprensible es que se use de la misma forma para comer el coco a los empleados sobre su excelencia ética, su inclusividad o la bondad de sus decisiones. Es justo ahí donde más duele al empleado el contraste entre una realidad que conoce bien y los intentos de la organización por venderle una realidad alternativa.

Hemos discutido en otros artículos cómo el perímetro de una organización se define por el espacio común de información. Si la organización no es sincera con sus propios colaboradores, los está excluyendo de su seno y no debería luego reclamarles fidelidad o entrega. Y sin estos valores, la organización es como el tronco muerto de un árbol. Puede ser grueso, puede ser alto, pero no resistirá los embates del viento porque es rígido, pero no fuerte.

La intranet debe ser el espacio donde el colaborador se siente parte de su organización, y no solo otro agente con el que la empresa se ve obligada a tratar en aras de conseguir sus objetivos.

Es muy lamentable que los colaboradores vean en los correos de sus altos ejecutivos una fuente de spam, y en su intranet, pura propaganda.






jueves, julio 13, 2023

Lengua no es cultura

Sí, cuántas veces no habremos oído en Cataluña que solo la cultura en catalán es cultura catalana. Que solo se puede hacer cultura en una lengua que, por simplicidad, se llama precisamente catalán. El argumento puede sonar razonable, pero se vuelve en contra al referirnos a otros territorios que no se llaman Cataluña, aunque astutamente queramos asimilarlos bajo la denominación de Països catalans.



El caso es que la cultura de un país es la cultura que hacen sus ciudadanos, sin importar la lengua que utilicen. Porque la lengua no hace cultura. La lengua es solo un protocolo de comunicación. Una lengua vale tanto como lo que se exprese en ella. Intentar atar la cultura a una lengua determinada es suicida, porque la cultura debe ser libre y no venir ligada a unas convenciones lingüísticas. Pongamos el caso de las lingue franche. En la actualidad, la preponderancia del inglés es producto de la antigua preponderancia económica de los países anglosajones, pero publicar un artículo en inglés NO es cultura anglosajona. Tampoco era ni es cultura francesa o germánica la producción en estas lenguas de artistas o científicos de cualquier otra procedencia que solo buscan un idioma de gran difusión para sus obras. 

Ahora que hemos establecido que escribir en catalán no hace por si solo cultura catalana, veamos qué hace cultura catalana.

En primer lugar, reconocer que Cataluña es un crisol de pueblos y todos sus habitantes vienen antes o después de otra parte. En esta tierra han recabado iberos, romanos, fenicios, griegos, visigodos, árabes, musulmanes, francos y carolingios... Y cada uno hablando una lengua propia que ha ido mezclándose y mutando a lo largo de los tiempos. De hecho, las primeras menciones a Cataluña la sitúan como una marca fronteriza bajo control franco.

Lo segundo es comprender que la importancia de una lengua depende de su poder transformador y pervivencia, de su producción cultural. Es decir, la cultura hace la lengua, y no al revés. Si estoy interesado en la historia de la balalaika, probablemente tendré que estudiar ruso. Si estoy interesado en hacer negocios en Siberia, probablemente tendré que estudiar ruso. Pero escribir un artículo en ruso no hace necesariamente cultura rusa.

En Cataluña se está insistiendo en una identidad artificial y peligrosa entre lengua y cultura. ¿Las canciones de Serrat en catalán son cultura catalana, pero las que tiene en castellano, no?

A menudo se argumenta que tras esta discriminación positiva que pretenden impulsar los poderes públicos regionales hay un intento por evitar la desaparición del catalán. Es una apreciación absurda. El catalán no fue preponderante pero tampoco desapareció durante los siglos en los que a decir de algunos fue reprimido por la centralidad española. El catalán sobrevivirá en la medida en que evite aspirar a aquello que no puede ser. 

Y lo que es válido para el catalán puede serlo también para una infinidad de lenguas regionales que han ido perdiendo influencia ante otras de mucha mayor difusión, como el irlandés.

Un gobierno regional debe preocuparse por fomentar la cultura por todos los medios posibles, sin ligarla a un idioma determinado, porque cada idioma presenta un desafío particular en sus leyes gramaticales y ortográficas, en su pronunciación. Un peso muerto que solo la calidad de las ideas que exprese puede justificar.

En resumen: La lengua no es cultura. Cultura es lo que se hace con las lenguas. Preocúpate de hacer cultura y deja de encorsetarla atándola a una lengua determinada.







sábado, junio 10, 2023

«En esta empresa no tienes que dejar tu identidad en la puerta»

Érase una vez, tenía yo la intención de mantener una charlita con una nueva compañera de trabajo en la que pretendía hacerle ver la conveniencia de no hacer ostentación de sus convicciones o costumbres religiosas en la oficina. La mañana escogida me encontré con que la entrada al edificio había sido coloreada con un arcoíris en el que se podía leer «En esta empresa no tienes que dejar tu identidad en la puerta». Y yo... ¡que siempre había pensado que para formar parte de cualquier comunidad tenía que estar dispuesto a dejar algo en la puerta! ¿Te imaginas hacerle caso al rótulo al pie de la letra?

Hemos comentado en otras ocasiones que la sociedad, o la historia, o lo que sea, raramente avanza de forma lineal. Más bien, a trompicones. Con idas y venidas. Con exageraciones unas veces y clamorosos silencios otras. Así por ejemplo, Teherán pasó en pocos años de capital cosmopolita y liberal a capital de los ayatolás.

Estos días en los que en occidente se celebra el Día del Orgullo Gay, muchas corporaciones han constatado que esos años en los que proclamar el apoyo a la causa salía gratis han pasado. Por un lado, los potenciales clientes a los que se pretendía halagar ya han descontado tiempo ha la deferencia. Por otro, los que no se sentían particularmente concernidos empiezan a marearse con tanta sopa de letras y se preguntan si no se estará forzando la máquina con tanta insistencia en definirse. Y por supuesto, los que ya se sentían ofendidos al principio han conseguido por fin organizarse e incluso reclutar para la causa el creciente número de los que se han sentido excluidos del primer grupo.

El resultado es un número de ciudadanos cada vez mayor a los que se les empuja a mostrar su apoyo a lo que no dejan de ser prácticas o preferencias o inclinaciones personales que precisamente no deberían difundirse por la esfera social. Y no deberían porque todo ser humano tiene derecho a preservar su intimidad.

Por supuesto que todo hombre tiene derecho a sentirse mujer; toda persona de piel blanca, a sentirla negra; toda persona estéril, a sentirse progenitor. Pero nunca ha funcionado bien empujar a nadie a imponer sus derechos a los demás. Por más que yo tenga derecho a sentirme sanador, habrá que estar a lo que decida el colegio de médicos para poder ostentar el título de doctor.

Vivimos en sociedad, el menos malo de los sistemas que hemos encontrado para convivir en esta roca llamada Tierra. Tenemos el derecho y el deber de formar a los nuevos ciudadanos no solo en sus derechos, sino también en las obligaciones de la vida social. Obligaciones que imponen por ejemplo los modales, la discreción y cosas tan aburridas como el protocolo. 

Y... por supuesto que siempre hay que abandonar parte de tu personalidad cuando pretendes colaborar con otros. No puedes traslucir tu desgana ante una tarea aburrida, ni tu irritación ante un cliente pesado. No puedes mostrar tu inclinación hacia una colega atractiva, ni farolear de melena ante un calvo. 

Sinceramente, los líos que cada uno tenga con su orientación de género no me interesan lo más mínimo y no veo la necesidad de mostrar mi apoyo a ninguna de las infinitas colectividades que reclaman visibilizarse. Creo que lo que de verdad sobra en este sociedad son las etiquetas y la obsesión por encuadrarse, por ponerle un nombre a todo. ¡No habremos dicho de veces aquí que las palabras fueron creadas para mentir!

Que cada uno busque la felicidad como quiera, siendo muy consciente de que los vecinos también tienen derecho a dormir.


lunes, mayo 29, 2023

Europa y los regalos de Zeus

Empieza a ser una odiosa costumbre por parte de la Unión Europea sentarse a esperar que los norteamericanos inventen algo, tengan demasiado éxito y terminen por amenazar el modo de vida europeo para imponerles una multa ejemplar y vuelta a empezar.


Cuenta la mitología clásica que el dios Zeus, prendado de Europa, se transformó en un toro blanco y se mezcló con las reses que tenía el padre de la muchacha. Mientras Europa y su séquito recogían flores cerca de la playa, ella vio al toro y acarició sus costados y, al notar que era manso, se montó en él. Zeus aprovechó esa oportunidad: corrió al mar y nadó hasta la isla de Creta llevando a Europa en el lomo. Ya en Creta, Zeus reveló su auténtica identidad, y Europa quedó cautiva.

Como quiera que Europa se mostraba reacia a dejarse dominar, Zeus le regaló un collar y otros tres regalos: Talos (un autómata de bronce), Lélape (un perro que nunca soltaba a su presa) y una jabalina que nunca erraba.  

Y Europa, aquella esbelta y hermosa joven, dijo vale. 

Ahora, volvamos a nuestra Europa, igualmente hermosa aunque no tan joven. Zeus será Norteamérica. Y Europa sigue agitando sus manitas en señal de desaprobación de los magreos a los que Zeus la somete en forma de petabytes de información raptada.

A estas alturas de la película, hemos visto la escena demasiadas veces: ¡Multa récord a tal o cual compañía para que escarmienten y aprendan que aquí en Europa podemos ser muy lentos, muy burocráticos, muy corruptos, pero tenemos unos principios! Es incluso posible que anunciemos faraónicas inversiones para dotarnos también nosotros de invenciones con el potencial de cambiar la vida de las personas. Pero esto ya resulta aburrido porque sabemos que todo es comedia. La multa solo tiene por objetivo demostrar a la opinión pública que tiene un costosísimo gobierno comunitario que de vez en cuando se costea en parte multando a empresas norteamericanas. Y estas empresas pelean y se resisten teatralmente porque todos sabemos que la enorme y sonora multa es en realidad solo una fracción de los impuestos que no se han pagado en Europa.

Uno se pregunta qué pasaría realmente si la UE fuera un paso más allá en sus imprecaciones y amenazas y prohibiera el acceso al mercado europeo de las empresas norteamericanas que osen desafiar su tenaza reguladora. ¿Podría la UE frenar el acceso de los consumidores europeos a estos productos con la misma facilidad con la que impone multas a sus proveedores? ¿Podría evitar entrar en una espiral de represalias comerciales de las que jamás saldríamos bien parados?

Porque el asunto de fondo es este: Europa no innova. No lo hace al ritmo americano. Seguro que los políticos nos dicen que cada día se patentan miles de cosas, pero la realidad es que no tenemos nada con lo que competir de forma creíble con los Estados Unidos. Despreciamos su estilo de vida, su competitividad, su violencia y su despreocupación por disponer de una Seguridad Social. Pero al mismo tiempo, caemos una y otra y otra vez, y cada vez más profundamente, en la red de su increíblemente potente sistema corporativo. Se vive muy bien en la sociedad garantista y socialmente subvencionada europea cuando además se puede disponer al mismo tiempo de los frutos de otra sociedad mucho más endurecida. 

Nos encanta nuestra forma de vida, sobre todo cuando la podemos revestir de los productos provenientes de otros rincones del mundo que carecen de ella. Y mientras, nuestra dependencia tecnológica (como aún lo es energética) es cada vez mayor.

Seguiremos amenazando y multando por abuso de posición dominante, infracción de leyes de protección intelectual o cualquier otra cosa a Microsoft, Amazon, Qualcomm, Intel, Google, Facebook, WhatsApp, Apple, Twitter, Netflix, Instagram, ChatGTP o cualquier otra. Pero Europa dormirá cada vez más profundamente el sueño de las naciones que se saben destinadas a servir de cuna de aquellos talentos que acabarán por emigrar a los Estados Unidos en busca de la posibilidad de innovar.

Y es que, seamos claros, aunque la sociedad norteamericana es muy desigual, los ricos allí viven mejor y se sienten admirados por sus conciudadanos. Es el poder del dólar, endeudado como está. Mientras Norteamérica conserve esa atracción para los mejores cerebros del mundo —y Europa permita que incluso le roben los suyos— sin realmente necesitar nada más de los demás, nadie va a cuestionar su liderazgo.

Ni siquiera China, ¡que ya debe ser una de sus primeras suministradoras de cerebros en dura competencia con Europa!




sábado, abril 29, 2023

China y el Ciberleviatán


José María Lassalle ha estado hablando desde diversas tribunas de la Inteligencia Artificial como arma suprema de control como parte de la visión confucionista del poder chino. Es decir, como una figura terrorífica pero que —al menos para Hobbes y el PCC— impone la paz y el orden necesarios para que la civilización progrese, y para que los individuos no amenacen ni sufran amenazas por parte de otros individuos. La idea parece buena. Pero, ¿ha funcionado hasta ahora?


En realidad, la idea de utilizar el control de lo que sea como herramienta de poder no resulta desde luego innovadora. El fin último de cualquier régimen (y de organismos de todo tipo) es perpetuarse, y la aplicación de la IA a este fin no podía ser menos. Pero, ¿es más? Es decir, la introducción de la IA ¿representa un cambio tan dramático como se nos presenta en el equilibrio de poder entre democracias defectuosas y regímenes autoritarios?

En primer lugar, el concepto de herramienta ya nos sugiere la necesidad de una voluntad superior. Pretender crear herramientas inteligentes que no precisen de un juicio moral es una contradicción, dado que las herramientas responden precisamente a la necesidad creada por un juicio moral.

Imaginemos por ejemplo un sistema autónomo de triaje en el servicio de urgencias de un hospital. El sistema evaluará cada paciente no solo con criterios de curabilidad y supervivencia, sino de calidad de vida futura e incluso de coste social.

Y ahí entra el juicio moral.

Quizá para una sociedad envejecida y superpoblada ese coste social sea un factor más decisivo que en otra más joven y pujante. Pero eso no lo puede determinar ningún modelo de lenguaje ni algoritmo. Es una percepción subjetiva. 

Es posible que un régimen autoritario sea capaz de desplegar con mayor celeridad las herramientas de control de masas que precisa, y es más que obvio que no dudará en usar las más sofisticadas que encuentre: Redes de cámaras, micrófonos y algoritmos de búsqueda capaces de registrar la actividad de cada ciudadano y confrontarla con las premisas emanadas por la dirección política del país. Esto ha sido así siempre, desde la introducción de la religión como herramienta de control de individuos que viven demasiado lejos del rey pero jamás del ojo escrutador de Dios. Y desde luego, nunca ha funcionado perfectamente. Con un control individual exhaustivo, China no ha sido aún capaz de erradicar la corrupción, el crimen y el desaliento entre sus habitantes, y desde luego no fue capaz de evitar una pandemia global.

Sin embargo, hay un hecho diferencial en la IA respecto al uso de creencias religiosas o morales, leyes o poder bruto que hemos visto hasta ahora a través de los siglos: La IA ataca directamente la cabeza del organismo. No es simplemente un brazo más fuerte. ¡Es un reemplazo para la cabeza misma del organismo!

Pretender usarla como una dócil herramienta de control de nuestros semejantes es un poco inocente. La IA puede encontrar respuestas a preguntas que aún no nos hemos hecho. Y si eso ocurre, entonces habremos perdido la batalla por la supremacía en esta roca a la que llamamos hogar.

Es necesario que el ser humano siga preguntando, cuestionando, guiando este nuevo poder que ya es irrenunciable. Irrenunciable como lo fue en su día el poder de la maquina de vapor o de la energía atómica.

Es nuestra capacidad de seguir maravillándonos por nuestro entorno lo que nos permite mantenernos preguntando y preguntando. Mientras esto sea así, mientras la curiosidad sea consustancial a nuestra naturaleza, podremos decir:

"IA, creo que este es el comienzo de una hermosa amistad".


viernes, abril 14, 2023

La separación de poderes es un mito moderno.

Mucho esmero se tomaron los padres fundadores de los estados modernos (en aquella época las madres no se dedicaban a la política) en separar y balancear diversos poderes con un único objetivo: evitar la tiranía. ¡Pero los poderes tienden a agruparse!


Además, esta división tradicional de poderes entre ejecutivo, legislativo y judicial, se dejaba fuera el más influyente de todos: El financiero. Bien es cierto que también quedaban fuera el militar o el eclesiástico, muy resilientes. 

Sin embargo, el poder financiero proviene de todos los sectores económicos, especialmente del bancario. Es muy corporativo y suele ser hereditario. Penetra a todos los demás poderes muy profundamente mediante una variedad de métodos. Entre los más comunes, los políticos que buscan recursos para sus campañas y se ofrecen a este poder. Si se portan bien, es decir, si como activos que son generan un buen rendimiento a sus propietarios, el poder financiero les recompensa al final de sus vidas políticas con sillones en consejos de administración, en un mecanismo llamado puerta giratoria. Se establece así una relación simbiótica muy lucrativa para ambas partes. Los políticos se prestan a dar la cara mientras que los financieros suelen preferir la discreción.

Dado cierto tiempo, todos los poderes son en realidad manifestaciones del poder financiero. Como por definición el poder financiero es conservador y codicioso, la sociedad se enriquece pero por la vía de concentrar el valor en un segmento cada vez más pequeño. Crecen las desigualdades sociales, y la reacción de los poderes públicos, que como ya hemos visto son extensiones del poder financiero, termina por imponer precisamente aquello que se pretendía evitar: una tiranía.

Así es como el poder financiero desbocado, lo que se ha dado en llamar capitalismo o liberalismo, acaba comiéndose a la clase media, a la burguesía.

 Pero, ¿cómo blindar los poderes públicos de la penetración del poder financiero? ¿Funcionaría a este fin la separación total y vitalicia de la actividad empresarial de aquellas personas que ostenten representación pública? Esto por sí mismo tendría como resultado un corporativismo aún mayor entre los políticos, obligados a asegurar su futuro dentro de la esfera pública. Pobrecitos. Y a decir de los detractores de esta separación, la ausencia de estimulos económicos alejaría de la función pública a los más brillantes administradores, o dejaría solo aquellos para los que el poder es suficiente recompensa. Los adictos al poder por el poder, vamos. Un panorama inquietante.

Como en casi todo en la vida, quizá la solución esté en el término medio, más centrado en la obtención de los resultados que en las reglas. Y el resultado que perseguimos es que una gran empresa no puede usar el Estado para proteger e incrementar sus beneficios por encima de lo razonable a costa de los contribuyentes. El crecimiento económico debe distribuirse entre todos los contribuyentes para garantizar la paz social por la vía de la justicia social.

Todo lo demás, los llamamientos a la libertad de empresa, por ejemplo, son pura entelequia. No puede haber libertad donde el poder se concentra.