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jueves, octubre 31, 2013

Diadema

Este sábado, Tristán había resuelto darse un respiro, o quizá sólo pasear, aunque en realidad no encontraba ningún motivo cabal para hacerlo. No tenía amigos ni rumbo al que dirigirse. Sin embargo, al salir al balcón para echar un vistazo al tiempo, reparó en un improbable reflejo que parecía rasgar el aire con filo invisible.

Un hilo de luz se extendía sobre el cielo azul para terminar abruptamente en medio del vacío. Tristán se acercó y lo siguió con la mirada desde varios ángulos. El hilo parecía desaparecer cuando tan sólo había cambiado de dirección al llegar a un invisible nudo que lo conectaba a su vez con el seto, formando una estrella de tres puntas. Era como el escenario de un acróbata esperando paciente la aparición del artista. Pero el sol se posó, llegó la noche y el artista no daba señales de vida. Curioso e intrigado, al principio Tristán esperó sin moverse de las proximidades de los hilos. Luego mediante frecuentes visitas esperaba captar el momento justo en el que el autor de aquella misteriosa estructura se diera por fin a conocer.

Y sin embargo, por más que sus idas y venidas fueron frecuentes, Tristán no pudo capturar el momento exacto de su salida, y se topó con una telaraña concéntrica ya muy tupida sobre la que aún daba sus últimos retoques una araña de jardín de considerable tamaño, y cuyo enorme abdomen parecía tapizado con un complicado patrón de tonos pardos. La industriosidad del animal, la belleza y la dificultad de su obra, pudieron más que la repulsión natural que sentía Tristán hacia los arácnidos, y se quedó embobado mirándola tender, anudar y tensar más de sesenta vueltas espaciadas entre sí apenas la mitad del grosor de un dedo.

Luego, la araña se dirigió al centro de su magnífica red donde había tejido una especie de rúbrica, y se quedó allí quieta, boca abajo, envuelta en oscuridad; su perfil solo perceptible recortado contra la luna sugería una decoración de Halloweeen. Muy a su pesar, después de observarla un buen rato, Tristán, cansado, se retiró a dormir. Cuando se despertó aun de madrugada, la araña aún seguía allí, inmóvil. Pero su telaraña ya aparecía salpicada de diminutos bultos. Se trataba de los insectos que se habían aventurado durante la noche en sus dominios, y que ahora yacían exangües, empaquetados con mimo en diminutos capullos de seda.

Nuevamente, Tristán decidió visitarla para observar qué pasaría en cuanto saliera el sol. Y nuevamente la araña le sorprendió con la red ya prácticamente recogida. Realmente, parecía dotada del don de sorprenderle, reflexionó. Poco después, totalmente ajena al impacto que le causaba a su rendido observador con cada una de sus evoluciones, ascendía con su cargamento de hilo e insectos ya dentro de su estómago para retirarse del escenario hasta la noche siguiente, sin dejar rastro alguno excepto el casi invisible andamiaje meciéndose al viento.

Este ritual continuó durante algunos días. La curiosidad y la familiaridad de Tristán con la araña iba en aumento a medida que se iba acostumbrando a su presencia, incluso apreciándola en cierta forma. No le fue difícil determinar su especie: se trataba de una hembra de Araneus diadematus —en honor quizá del patrón de su dibujo abdominal—, una no infrecuente aunque misteriosa variedad en cuanto a su estilo de vida. Sin embargo, como el nombre le parecía frío y excesivamente formal para un ser tan evocador, una mañana mientras la observaba recoger diligentemente sus redes decidió llamarla, simplemente, Diadema.

Una tarde, el cielo apareció cubierto con nubes de lluvia. Tristán supuso entonces que Diadema no se atrevería a ofrecerle su función diaria. Pero cerca de la medianoche, Diadema apareció deslumbrante —como tenía por costumbre— y se puso a tejer sin importarle en lo más mínimo las gotas que empezaban a caer. A Tristán se le antojaba que, en comparación, cada una de esas gotas representaría algo así como un gigantesco obús disparado desde las alturas, capaz de destrozar aquella delicada obra de ingeniería. Pero no fue así; pese a la lluvia y el viento que furioso lo agitaba todo, la noche resultó pródiga para Diadema. Aguantó estoicamente aferrada a su obra hasta el momento de recoger los frutos de su vigilia, un poco antes de despuntar el sol.

Unos días más tarde, Tristán fue incapaz de descubrir el hilo. Diadema había desaparecido sin dejar rastro.

No tenía ni idea de cuál sería su paradero, y fue olvidándola poco a poco.


Una noche, Tristán recibió una agradable sorpresa. Habían pasado varias semanas, pero se puso muy contento porque su vieja amiga Diadema había aparecido de nuevo a la hora de la cena. Y a modo de compensación por la preocupación que su desaparición había producido, le había preparado nada más y nada menos que un arriesgado número circense sólo para sus ojos: una inverosímil telaraña sujeta de forma muy inusual a algunos puntos muy próximos a la mesa.
Tristán observó embobado desde todas direcciones las evoluciones de una Diadema especialmente desenvuelta y dilegente, sin poder reprimir algunos aplausos y gritos de emoción. Pero la estabilidad de la tela era muy precaria y cuando Diadema parecía a punto de culminar su maravillosa actuación, todo cuanto había construido se colapsó repentinamente, dejándola colgando boca abajo convertida en una pelotita ruborizada. Tristán no podía explicar por qué se había arriesgado de tal forma. Y aunque le rogó no dejarse vencer por este contratiempo, Diadema no volvió a intentarlo aquella noche y, de hecho, desapareció de nuevo durante algunos días.

Acaso hubiera sido víctima de algún murciélago o de algún otro tipo de depredador poco escrupuloso, o hubiera decidido irse o quizá tan sólo estuviera agazapada en algún escondite reflexionando avergonzada sobre el incidente. Como hiciera la vez anterior, Tristán se preocupó por su paradero hasta que una luminosa mañana, descubrió aliviado el distintivo destello plateado sobre el cielo que se abría ante su dormitorio.

Sonrió.

Había echado verdaderamente de menos a aquella pequeña bribona patilarga con cintura de abeja, pero aún estaba por ver si Diadema tendría ánimos para un nuevo comienzo, esta vez aún más cerca de él. Al anochecer, el pequeño ser entró en escena descendiendo con inusitada agilidad a lo largo del invisible hilo y comenzó a tejer una magnifica tela.

A Tristán le parecía que, de alguna forma, Diadema le buscaba precisamente a él, como si correspondiera la admiración y respeto con la que Tristán había seguido sus evoluciones en las semanas anteriores, y la preocupación que sus desapariciones le habían provocado.

Pero esta vez, sobre aquella magnifica tela había aparecido otra, una especie de versión reducida y simplificada de la primera, obra de un pequeño macho de la misma especie. Durante los días siguientes, el macho no se acercó a la hembra aunque Tristán, divertido, le animaba a cortejarla.

Cuando finalmente lo hizo, ambos parecieron unirse íntimamente, con una gran delectación. Pero cuando Diadema se retiró apenas unos segundos más tarde, el macho aparecía inmóvil. Se había consumido en aquel único acto y ahora, la hembra lo envolvía con mimo en un capullo y lo depositaba con cuidado en un extremo de su tela. Más tarde, asumió Tristán, la hembra le inocularía su mezcla de sedante y veneno para hacerle así más confortable la muerte mientras absorbiera sus extrañas, como hacía con el resto de presas.

Tristán asistió estupefacto a este mudo ritual. Algunos días más tarde descubrió una pequeña bolsita con miles de huevos que pronto el viento dispersaría. Al llegar las primeras heladas, la araña moriría y no dejaría osamenta o resto alguno que sirviera de recuerdo de su paso por este mundo. Todo cuanto fue desaparecería sin dejar rastro, con la única excepción de las arañitas que consiguieran abrirse camino fuera del saco que las protegía.

Aunque lo esperaba, Tristán sintió mucha pena cuando Diadema desapareció definitivamente. Un tiempo después, le pareció ver un cuerpecito inerme al barrer el suelo del balcón, pero cuando reunió fuerzas para recuperarlo y evitarle así acabar en el cubo de la basura... fue incapaz de encontrarlo. Lo prefirió así.

Y sólo cuando, pasados unos días, descubrió una nueva tela producto probablemente de algún vástago aventajado de su pequeña y recordada Diadema, Tristán volvió a sonreír.




Publicado a finales del 2006, Knives Don't Have your Back fue el primer album de estudio de la cantante y compositora canadiense Emily Haines. Contenía una melancólica y por momentos tenebrosa Doctor Blind que parece describir muy bien los sintomas del trastorno bipolar: una sucesión de altos y bajos a los que Emily sólo puede intentar oponer una medicación de píldoras azules, seguidas por otras rojas si los sintomas no desaparecen durante la noche, prescritas siempre por un doctor ciego.

viernes, junio 07, 2013

Buscando en un pajar

La historia tras la historia de Aguja




Buen lugar para morir.
El viernes 3 de julio de 1970, un vuelo charter procedente de Manchester se estrellaba contra una ladera del Montseny cuando se creía a punto de aterrizar en Barcelona. En el avión, un viejo De Havilland Comet 4 de la Dan Air, viajaban 112 personas.

Nadie sobrevivió.

Los cuerpos quedaron tan destrozados que se descartó su identificación y se optó por darles sepultura en el pueblo más cercano, Arbucias, donde aún reposan.

Hace escasamente un par de meses yo no tenía ni idea de semejante historia, y sinceramente tampoco recuerdo cómo llegué a saber de ella.


Lógicamente, me sorprendió que muy cerca de mi casa se hubiera producido uno de los peores accidentes de aviación de España —un país que ya cuenta con el accidente con mayor número de víctimas de la historia. Pero lo que más me impresionó fue la afirmación repetida por muchos viajeros de que aún hoy en día —después de más de cuarenta años— era posible encontrar restos de aquella tragedia dispersos por el lugar.

No tenía en mente escribir sobre nada de esto, pero quería comprobar qué podría sobrevivir primero a un horroroso accidente aéreo y luego a varias décadas a la intemperie, así que busqué las coordenadas del punto exacto del accidente con la intención de visitarlo sobre el terreno. No conocía los bosques del Montseny y me preocupaba que se tratara de una zona de vegetación densa, intransitable o de difícil acceso. Pero ese no fue el problema.

Vista del macizo desde el norte por Google Maps. El misterio empieza con la localización misma del accidente.
Había una discrepancia entre la localización del accidente según Wikipedia y el informe oficial fechado en 1972 que pude encontrar en Internet, y decidí creer a Wikipedia. Conduje hasta un punto lo más próximo posible a las coordenadas que aparecían en la web pero mi impresión era que aquella localización no era correcta. Tampoco parecía fidedigna la que aparecía en el informe oficial.

Afortunadamente, descubrí a través de fotos del servicio Panoramio que el punto exacto del accidente estaba señalado por un monumento funerario de unos dos metros de altura. Además, encontré las coordenadas de un geocaché en sus proximidades, por lo que fue relativamente trivial alcanzar el objetivo una soleada tarde de primero de mayo, y constatar así el error de Wikipedia. De todas formas, no me he atrevido a corregirlo porque adivino una intención protectora que no deseo traicionar.

Sempiternas nieblas bajo un sol radiante: así es el Montseny.
La verdad es que nunca había reparado en lo hermoso que es el Parque Natural del Montseny, enclavado en la cordillera prelitoral catalana —de la que es el macizo más imponente—, ni en la majestuosidad de sus dos picos más elevados, el Turó de l'Homme y Les Agudes.

Es cierto que la carretera de acceso es enrevesada, como cabría suponer, pero ofrece vistas sobre los valles capaces de compensar lo tortuoso del camino. En primavera y con un poco de suerte, podemos ver el mágico aspecto que la luz del sol confiere a los bosques de hayas que lo pueblan, y que son también verdaderos protagonistas de Aguja. Y la niebla. Esa niebla que de repente desciende sobre sus laderas para conferirle a los bosques un aspecto tenebroso pero cargado de romanticismo.

¿Dónde está Wally? 
Al dejar el coche en un pequeño calvero al borde la carretera dudamos un poco sobre qué dirección tomar para llegar al destino. El acceso resultó sin embargo ser un agradable sendero que desciende suavemente a través del bosque hasta un monolito conmemorativo al pie del cual nos pareció que se había acumulado... basura.

Un examen más detenido nos reveló que se trataba en realidad de objetos de otro tiempo: un casco vacío de Coca Cola de grueso cristal; un bote de loción bronceadora cuyos textos son aún perfectamente legibles o una infinidad de pequeños objetos que no tenían ninguna razón de ser en aquel lugar: objetos —en fin— que habían viajado en el interior del avión hasta aquel punto en el bosque un fatídico día de verano de 1970: 42 años y 304 días atrás.

Insultante desprecio del plástico al tiempo.
Depositamos respetuosamente los restos nuevamente al pie del monumento como para no perturbar su descanso y, a continuación, inspeccionamos muy detenidamente los alrededores, observando los troncos cortados de raíz; sus huecos tapizados de musgo sirviendo como diminutos estanques; el sol filtrándose a través de las ramas de los árboles.

En muy poco tiempo, Charo encontró ocultas entre la hojarasca que cubría un suelo aún chamuscado dos nuevas piezas de la tragedia. Una correspondía a un trozo de tubo con restos de pintura aún adheridos, muy probablemente correspondiente a la estructura del avión. Y la otra era una especie de alfiler de plástico azul. Charo me aclaró su funcionamiento y lo dató en la época de la catástrofe: se trataba de una aguja de las que las mujeres usaban para sujetarse el pelo en conjunción con una especie de hebilla.

Tuvimos suerte también encontrando el tesoro, escondido bajo unas ramitas en las cercanías del monumento, y que contenía fragmentos del accidente entre otros objetos más típicos de este juego. Decidimos fotografiar nuestros hallazgos, dejar el alfiler como parte del tesoro y llevarnos el tubo metálico.

Como aguja en un pajar.
Pero luego el alfiler que habíamos abandonado empezó a contar su propia historia —como si, en lugar de encontrar nosotros al alfiler, hubiera sido el alfiler quien nos ha encontrado a nosotros. Y esa historia nos llevaba a un último punto: el cementerio de Arbucias donde reposan los restos de todas las víctimas en una austera fosa común.

Para evitar nuevos problemas de localización me había documentado previamente sobre el cementerio, así que llegamos Charo y yo sin novedad un soleado domingo por la mañana aunque sólo para llevamos una desilusión al comprobar que su verja permanecía aún cerrada con un candado. Afortunadamente, inspeccionamos el recinto y concluimos que era fácil saltar el muro exterior utilizando nuestro propio coche como escalón, así que en un momento me encontré solo frente a la fosa. Al cabo de unos minutos más, Charo también se decidió a escalar el muro para reunirse conmigo en el interior. Nos sentíamos como dos ladrones de tumbas, dos verdaderos Tomb Raiders.

Como hiciéramos antes en el lugar mismo del accidente, tomamos aquí muchas fotos documentando detalles del lugar y de los recuerdos dejados por los familiares y amigos de los que allí yacían.
El banco del adiós.

Nos detuvimos en los bancos de madera que la compañía aérea responsable del accidente había dispuesto en torno a la fosa. El más próximo se encontraba en un estado lamentable de abandono que contrastaba con el aspecto casi atemporal de algunos recuerdos.

Sin embargo, no sabíamos muy bien cómo saldríamos del recinto. Al poco, nos sorprendió ver a través de la verja un coche de la Guardia Urbana aparcado frente a la entrada principal. No cabía duda de que nuestra presencia había sido ya detectada así que no me molesté en ocultarme; me dirigí al policía con intención de explicar nuestra presencia y disculparnos, pero me sorprendió ser yo el que recibía la disculpa del funcionario por no haber abierto antes la verja, siendo como era horario de visita. Así que, si bien habíamos entrado como salteadores de tumbas, ¡salíamos como señores!

Wally te espera al final de la curva.
Sin embargo, el proceso de documentación aún no había concluido. Se pueden encontrar en Internet grabaciones en vídeo y audio de diversos programas de ciencias ocultas dedicados al suceso, y me valí de cuantos pude hallar.

En general, las narraciones repiten ciertos hechos que parecían útiles para dar forma a una ficción. Está, por ejemplo, la leyenda del pasajero 113; el misterioso objeto sobre Sabadell que el radar del aeropuerto de Barcelona confundió con el avión inglés haciendo posible el accidente; o las noticias sobre apariciones y psicofonías en los alrededores.

Vi las fotos y leí los relatos que de aquel suceso hicieron algunos testigos —Josep Ayats o Kim Ricarte Aventín—. Pude también ver un breve noticiero de la época sobre el accidente y recurrí a la hemeroteca de La Vanguardia no sólo para obtener más información sobre los hechos mismos, sino para situarlos en su contexto histórico; la actualidad, la cartelera o  el tiempo. Y no tengo ambage en reconocer que la personalidad de su corresponsal en Arbucias en aquellos tiempos y verdadero cronista del suceso, Enric Casals Ginesta, inspiró uno de los personajes de Aguja.

¿No percibes la gravedad del lugar?
Con todo este material, se fue ensamblando casi por sí solo y rápidamente un relato muy simple al servicio de una pequeña aguja de plástico azul en torno a la que gira un drama sobre la supervivencia del amor que llega hasta nuestros días.

Probablemente, ni el Sebastian ni la Sarah de Aguja han existido nunca, pero con toda certeza lo han hecho otros para quienes Charo dedicó unas lineas que ahora forman parte de la bitácora del escondite:


 «Hoy hemos encontrado el tesoro y añadimos una pinza de plástico azul encontrada en este lugar, donde sus árboles rotos y quemados nos dejan pensar en la tragedia que este accidente dejaría en tantas familias.

¡Consuelo para todos aquellos que sufrieron!»

lunes, mayo 20, 2013

Aguja


No hay pajar demasiado grande para la eternidad.



CUENTO DE HADAS
En esa tarde de primavera, el hayedo parecía algo así como el escenario de un cuento de hadas en el que flotaran millones de estrellas de luminiscente verdor, encendidas todas por el sol del ocaso sobre un manto ocre de hojas caídas.

A otros, el lugar les inspiraba temor y no faltaba quien juraba haber adivinado sombras y voces entre la niebla que frecuentemente invadía aquellos parajes. Pero Sebastian lo consideraba su hogar al cabo de tantos aniversarios recorriendo sus veredas y acariciando cada tronco y cada piedra de la mano de Sarah, su prometida.

A veces, los dos se quedaban charlando, abrazados hasta que la oscuridad lo envolvía todo, completamente ajenos al misterio que les rodeaba. Entonces, y sólo entonces, Sebastian se despedía de Sarah con un beso emocionado y cargado de sentimiento, y volvía a su monótona vida en el pueblo.

Hoy, los pasos de Sebastian por la arboleda eran inseguros y su mirada rehuía la de Sarah. No sabía cómo plantear lo que venía a decirle, pero ya no quedaba tiempo para más. Por fin la sujetó del brazo y la encaró con gravedad.

—Quizá al final no pueda encontrar tu aguja —le dijo.
—¿Por qué no? Aún hay muchos lugares en los que no hemos mirado —replicó alegremente la muchacha.
—Hay millones de lugares en los que no hemos mirado, Sarah, pero a este viejo corazón mío se le está acabando la cuerda...
—Me estas asustando. Ya sabes que no me gusta cuando te pones dramático. Si lo que quieres es dejarme, sólo tienes que decírmelo —interrumpió Sarah.
—Trato de ser realista y ver qué podemos hacer si no aparece.
—Pues… ¿qué vamos a hacer? Seguir buscando, supongo.

Sebastián sonrió tímidamente y la estrujó entre sus brazos.

—Me pediste que lo encontrara para tí, pero he sido incapaz. Podría ser que fuera lo mejor —añadió tristemente, mientras mantenía la cabeza de Sarah apoyada en su pecho.
—No te aflijas, cariño. Aparecerá. Esa aguja es muy importante para mí y no puedo irme sin ella. Si me quieres, lo comprenderás.
—Sarah, tu hermana y tus padres hace mucho que abandonaron este bosque —replicó Sebastián—. ¿Recuerdas a la Señorita Vickers? ¿A la adorable familia Jones? Y a aquellos chicos que jugaban al fútbol… ¿Cómo se llamaba su equipo? Pues bien, todos se han ido yendo y ahora te has quedado completamente sola.
—Nunca estoy sola. A veces me siento triste porque me gustaría ver a mi hermana, pero tú siempre estás a mi lado y no me importa quedarme aquí hasta el fin de los tiempos si tú eres feliz —y la muchacha le dedicó una de sus luminosas sonrisas—. Además, el capitán Neal no se ha ido. Sigue por ahí musitando cosas incomprensibles. De nada ha servido que todos le perdonáramos.
—Yo, sin embargo, no puedo ser feliz imaginándote vagando entre la niebla. Tus pies están fríos y tu aliento se congela.
—Ya no queda mucho, darling. Pronto nos reuniremos para siempre.

«Para siempre.»

Estas palabras sonaban en los oídos de Sebastián como un bálsamo que calmara todas sus heridas.

INFIERNO
El descubrimiento de los restos del avión de pasajeros inglés desaparecido el día anterior había corrido como la pólvora por el pequeño pueblo de Arbucias, al pie de la sierra del Montseny. Habían estado buscándolo por Sabadell —la última posición conocida— e incluso en el mar frente a Mataró, hasta que el sábado por la mañana alguien lo atisbó desde el aire en una ladera cerca del pico de Les Agudes.

Enric, un joven periodista aficionado, había decidido que no podía estrenar de mejor manera su nueva cámara que cubriendo aquella noticia. Subió desde el valle siguiendo el rastro de vehículos por la estrecha y enrevesada carretera de montaña hasta un punto en el que era preciso internarse en el bosque descendiendo por un empinado camino.

Mucho antes de llegar, un penetrante olor que el joven no supo definir hacía presagiar un escenario sobrecogedor. La zona parecía tomada completamente por los militares y, sin poder acercarse al punto cero del hallazgo, dudó qué hacer. Frente a él, un joven recién llegado estaba siendo retenido por algunos policías. Permanecía en silencio, pero su rostro aparecía transido por el dolor.

Al poco, llegó hasta la entrada del camino un vehículo oficial transportando un militar de alto rango. Enric no dudó en fotografiarlo sin reparar en que sus propios pantalones azules parecían corresponder al uniforme del recién llegado. Quizá por todo eso, los militares que custodiaban la zona dieron por hecho de que el joven pertenecía a su comitiva oficial y le franquearon el acceso al camino. Enric traspasó la barrera sin preocuparse más por el chico que dejaba atrás.

Dentro del perímetro, la actividad era febril. Las brigadas llevaban horas buscando restos humanos entre niebla y humeantes piras para introducirlos en bolsas de plástico transparente que luego depositarían en el único medio de transporte disponible, un camión de la basura. Era menester recoger todos los restos antes del amanecer del día siguiente, domingo, y llevarlos al cementerio del pueblo más cercano, Arbucias. Los soldados, en su mayoría cumpliendo el servicio militar obligatorio, no estaban preparados ni física ni mentalmente para acometer semejante tarea y deambulaban entre los escombros conteniendo las nauseas.

Enric empezó pronto a toparse con restos de la tragedia dispersos entre la vegetación; por doquier podían encontrarse fragmentos del fuselaje y piezas, pero ninguno muy grande. Algunas ropas de vivos colores aparecían colgando de las ramas, y en el suelo, maletas abiertas, zapatos y toda suerte de objetos daban al paisaje un aspecto irreal. Por fin, Enric se cruzó con los primeros restos inequívocamente humanos —apenas algunos trozos de incierta procedencia cubiertos a veces con girones de ropa— y una amarga y negra angustia emergió súbitamente desde su estómago. A su alrededor, apenas podían contarse un puñado de cuerpos enteros en un mar de restos dispersos, algunos carbonizados y difícilmente reconocibles. Sin embargo, no dejó de apretar el botón del obturador de su cámara con frialdad casi profesional. Fue tomando así imágenes de cuanto veía y postergando para más tarde la labor de asimilar el horror que mantenía atenazado su corazón. Y procuraba también no pisar nada.

Las brigadas ampliaban su área de acción en busca de restos humanos ocultos entre la vegetación mientras algunos agentes de la Guardia Civil recogían relojes, joyas, dinero y cualquier otro objeto de valor que de otra forma pudiera ser robado por alguien sin escrúpulos.

Después de un cierto tiempo vagando por la arboleda, el joven se topó con un grupo de hombres aserrando el tronco bañado en sangre de un alto haya. Cuando Enric alzó la vista, le sobresaltó más allá de lo imaginable el cuerpo desnudo de una mujer joven entrelazado entre sus ramas. Su cuello parecía seccionado pero su rostro reflejaba una horrorosa inexpresividad, como dormido. Un humilde alfiler de plástico azul seguía prendido de un mechón dorado de cabello que ocultaba parcialmente sus aniñadas facciones. Por lo demás, el resto de su cabellera se ondulaba libre al viento como el trigo en verano.

A diferencia de las muecas macabras que la muerte había dibujado en las facciones de los otros, a Enric le sobrecogió la serena belleza de aquella aparición. No encontró sin embargo fuerzas para fotografiarla y la condenó a hundirse en su memoria.

«Tuvo que venir desde allí. Iría aún muy rápido, bajando suavemente y con el tren de aterrizaje aún plegado, cuando se topó entre la niebla con la montaña», oyó Enric explicar a alguien mientras trataba de abandonar el lugar. Había agotado dos carretes de fotos, todo su material.

Aquella noche Enric se la pasó en blanco, sudando y dando vueltas en su cama. El domingo por la mañana se levantó temprano para dirigirse sin desayunar al pequeño cementerio del pueblo. Allí le sorprendió la presencia de forasteros enfundados en guantes y batas blancas. Se trataba de un patólogo militar inglés y sus ayudantes. Iban extrayendo con británica flema los restos humanos que habían recolectado el día anterior; luego contaban las cabezas que iban apareciendo y a continuación lo devolvían todo a las bolsas para depositarlas finalmente en una pequeña fosa común excavaba a toda prisa a la entrada del cementerio.

A la vista de aquello, Enric revivió el horror del día anterior con más intensidad si cabe porque ahora no tenía una cámara fotográfica cuyo frío objetivo pudiera servirle de escudo. Y aquel olor que le perseguía…

Cuando los hombres de las batas blancas finalizaron su macabra contabilidad, el recuento de cabezas se detuvo en la cifra de 113; este número representaba una persona de más respecto a la lista de pasajeros que había facilitado la compañía aérea, pero esta discrepancia no se divulgó ni tampoco se volvió a contar nada. Bien pudo contarse por duplicado lo que no era más que un único cuerpo, o bien se trataba de algún viajero de última hora, o incluso un desventurado excursionista. De ser así, alguien en algún momento denunciaría una desaparición.

Así que, habiendo descartado repatriar los cuerpos ante la imposibilidad de identificarlos con alguna fiabilidad, se decidió que aquella misma tarde el párroco del pueblo y un pastor anglicano oficiaran conjuntamente una misa y se les diera a todos sepultura en aquel pequeño terrón de tierra a las afueras de aquel pequeño pueblo del Montseny.

Así se hizo, teniendo como testigos a algunas autoridades de menor rango y una pequeña nube de feligreses, turistas y curiosos que atestaban las angostas calles del cementerio. Pocos familiares habían llegado a tiempo al acto. Como un invitado silencioso, el misterioso castillo de Montsoriu parecía observarlo todo desde su lejana atalaya.

Mientras, la crónica de la catástrofe del joven Enric —al que pomposamente La Vanguardia llamaba «nuestro corresponsal en Arbucias»— se había hundido desde la portada del sábado hasta la página 29 del domingo.

La vida seguía.

ENCUENTRO EN LA NIEBLA
—¡Mira, abuelo!—Y la pequeña le mostró una pequeña pieza de plástico azul—. ¡Me la ha dado un hada!

Enric no había regresado a ese paraje desde aquel día de verano de 1970. Había pasado ya mucho tiempo —toda una vida, en realidad— y parecía haberlo olvidado casi por completo. Pero este domingo algo le había hecho escoger aquel lugar precisamente para pasear con su nieta. Había insistido en llevarla hasta allí en busca de un pequeño tesoro que algún aficionado a los tesoros había escondido cerca del monumento que los vecinos habían erigido a las víctimas al poco de producirse el accidente.

—¿Y dónde está el hada? —preguntó socarronamente el abuelo.
—Oh, estaba allí, bajo aquel árbol —la pequeña señaló hacia un alto y joven haya.
—Pero ahora no lo sé. Ya se ha ido —añadió inocentemente con cara de desilusión.

El hombre examinó la pieza de plástico mientras la pequeña volvía a corretear por los alrededores. Era una de esas agujas que las mujeres utilizaban —a modo de hebilla y con la ayuda de un pequeño aro— para recogerse el pelo; hacía ya muchos años sin embargo que no se usaban. Jugó con ella y a continuación miró al árbol donde su nieta dijo haber visto el hada: su tronco parecía haber brotado de un tronco más antiguo que hubiera sido cortado de raíz. Sus ramas se mecían a la brisa del mediodía como los cabellos de una mujer, y Enric repitió esta operación algunas veces, mirando alternativamente al pequeño objeto de plástico que sostenía entre los dedos y al árbol, tratando de unir los puntos.

Algo pugnaba por salir a la superficie desde lo más profundo de su memoria, pero le inquietaba la idea de que se tratara de una imagen que él mismo hubiera condenado mucho tiempo atrás al olvido.

Se metió la aguja en el bolsillo, y de repente el fragor de un trueno que  no cesaba recorrió la arboleda, como si un avión de pasajeros se aproximara a toda velocidad en curso de colisión. Enric se cubrió instintivamente la cabeza refugiándose tras el árbol. El ruido cesó de repente y un penetrante olor invadió el lugar. Era el olor de una pestilente mezcla de excrementos, sangre y keroseno recordándole estar en aquel mismo lugar mucho, mucho tiempo atrás. Alzó por fin la cabeza y le pareció ver un líquido oscuro descendiendo a lo largo del tronco. No se atrevió a averiguar de dónde caía porque el horror ya se había apoderado de él.

Buscó nerviosamente la aguja en su bolsillo y la arrojó al lado del árbol, como devolviéndosela para conjurar algún tipo de maldición.

En respuesta, una ráfaga de aire barrió violentamente el bosque y a continuación una espesa niebla oscureció el cielo y todo se sumergió en la bruma, excepto el árbol que tenía ante sí. Pero el hombre le dio la espalda temblando de miedo, y ordenó a su nieta regresar a toda prisa. Enric había oído muchas historias sobre los espectros del avión inglés que vagaban por aquellos parajes sin siquiera saber que estaban muertos. No creía nada de todo aquello, pero ahora no podía negar hallarse al borde del pánico.

—Venga, vámonos, que va a llover —le ordenó imperioso a la pequeña, asiéndola fuertemente de la mano.
—¡Pero, abuelo, el hada está en el árbol! A lo mejor no quiere quedarse sola… ¡Por favor, abuelo!—pero Enric tiró de la niña sin mirar atrás hasta alcanzar la carretera.
—¡Mírala, mírala! —continuó la pequeña.

En el camino de vuelta a Arbucias, la bruma era tan espesa que Enric tuvo que conducir extremadamente lento, y le pareció ver una sombra observándole impávida desde una de las curvas. Era la figura de un hombre vestido de uniforme.

Enric no contó nada a nadie por miedo a que lo tomaran por loco, pero se juró no regresar jamás.

DESPEDIDA
—Hoy he traído una cosa para ti. ¿Sabes? Creo que éste es el día más feliz de mi vida —y Sebastián le mostró a Sarah el pequeño objeto sobre la palma de su mano —. Estaba al lado de nuestro árbol. ¡Cómo pude no verlo en todo este tiempo!
—Oh, por fin… ¡Lo has encontrado para mí! Pero no te culpes por la tardanza. A veces, las hadas del bosque son traviesas…
—¿Podemos irnos ya? —le preguntó Sebastián.
—Sí —y Sarah extendió su mano, ahora cálida y suave, para entrelazar sus dedos con los de Sebastián.

UNA HISTORIA COMO TANTAS
—¿Sabe usted dónde puede estar su hermano? —preguntó el policía a la mujer.
—Tengo una idea... Es un punto concreto en la sierra del Montseny, a una hora de aquí, más o menos.
—Y, ¿qué tiene de particular ese lugar?
—Se trata de algo que sucedió hace más de cuarenta años. Un avión de pasajeros inglés se perdió en la sierra cuando estaba a punto de aterrizar en Barcelona y se estrelló contra la ladera de una montaña. No sobrevivió nadie. Durante décadas, los que conocían donde pasó mantuvieron discreción para no atraer gente… rara. Pero ellos mismos fueron recolectando restos —piezas, trozos de ropas, envases y zapatos— y dejándolos al pie del monumento funerario que pusieron allí. Acabaron formando una especie de pequeño vertedero. Yo no le encuentro ningún sentido, y además me parece sórdido.

La mujer continuó:

—Mi hermano sube a pasear por allí con mucha frecuencia.
—¿Por qué? —le preguntó el funcionario.
—Sebastian tendría 17 años y trabajaba de camarero en Calella cuando conoció a Sarah, una chica inglesa que veraneaba allí con su familia. Se trataba de un matrimonio con dos hijas, gente humilde que trabajaba todo el año para pagarse dos semanas en España. Y Sarah era la mayor, una niña muy mona, rubita con los ojos azules como una muñeca, pero muy decidida y madura para su edad. Ella y mi hermano se enamoraron inmediatamente. Se prometieron en secreto y antes de separarse se juraron el uno al otro reunirse al año siguiente. No hablaba de otra cosa y se puso a ahorrar. Nuestra madre había muerto hacía unos años y vivíamos con nuestro padre, pero el pobre hombre era un alcohólico y Sebastián no le soportaba. Mi hermano quería casarse. Planeaba irse a vivir a Inglaterra y labrarse un futuro… Como si allí ataran los perros con longaniza, ¿no le parece? Una historia como tantas, seguramente.

—Entiendo —respondió el policía.
—Pero esa fue la última vez que se vieron mi hermano y la chica —continuó la mujer—. Era el verano de 1969, creo. Al año siguiente, ella, su hermana y sus padres murieron en ese avión cuando estaban a punto de llegar a Barcelona. Y desde entonces, fíjese usted….
—¿Su hermano tiene alguna enfermedad mental?
—La verdad es que, desde aquel día, no volvió nunca a ser el mismo. La obsesión destruye las personas. Pero, que yo sepa, no está enfermo.

El policía tomó nota e informó por radio. «Las personas mayores hacen a veces cosas raras», pensó. Se marchan en busca de otras personas desaparecidas y se pierden ellos mismos al olvidar dónde viven o a dónde se dirigen.

UNA HISTORIA VERDADERA
Sebastian no había olvidado nada, y recordaba vívidamente cada minuto del verano de 1969. En realidad, no paraba de recordarlo a todas horas. Recordaba con que firme dulzura y con qué dulce firmeza ella le entregó el primer beso después de decirle mirándole a los ojos: «Sé lo que estoy haciendo y deseo hacerlo». Recordaba también aquel último día en el que no quiso despedirse de su prometida sin darle algún obsequio, y le hizo entrega de una aguja para el pelo. Sebastián jamás pudo olvidar como, con movimientos que denotaban femenina destreza, con ella Sarah se apartó del rostro un mechón de su rubia cabellera y le sonrió con sus grandes ojos azules cubiertos de gruesos lagrimones mientras ambos se despedían abrazados en aquella barca varada en la arena. Le prometió que, en símbolo de fidelidad, aquella aguja recogería su pelo hasta que él no pudiera quitársela de nuevo con sus propias manos. Luego, se separaron entre sollozos.

Pero la tristeza de Sebastián por aquella separación duró poco. Ella le escribió inmediatamente desde Inglaterra y ya no dejaron de intercambiarse cartas durante el resto del año, esperando ansiosamente la llegada de un nuevo verano.

Finalmente, ella le escribió contándole que llegaría a Calella la noche del viernes 3 de julio y lo citó en la barca de la playa donde solían besarse y acariciarse durante horas.

La tarde de ese día, Sebastian fue a ayudar como de costumbre en el bar de su tío, tratando de ocultar la enorme emoción que le producía el reencuentro con su amada. Era tanta su dicha que Sebastián no paraba de sonreírle a todo el mundo con una tonta expresión de felicidad.

Sin embargo, de repente, mientras atendía a un cliente, Sebastián se quedó sin habla, inmóvil con la mirada fija en un reloj de pared. Había derramado la cerveza sobre el hombre y su tío, alarmado, trató de devolverlo a la realidad.

—¡Sebas, Sebas! ¿Qué te pasa?

«Ha trabajado mucho, y luego los exámenes. Debe estar agotado», le disculpó mientras Sebastian parecía regresar en sí.

El reloj marcaba las siete y cinco.

La tarde continuó con aparente tranquilidad hasta que la noticia del avión desaparecido sumió al muchacho en la más absoluta desesperación; en aquel mismo instante juró ante los presentes que se quitaría la vida si algo le pasaba a su joven enamorada y salió corriendo del local sin que nadie pudiera detenerle o averiguar a dónde se dirigía. Pasó la noche vagando por la playa, cerca de la barca que permanecía ahora solitaria.

Cuando al día siguiente se enteró de que los restos del avión habían sido encontrados en el Montseny, condujo su motocicleta hasta allí, pero no pudo llegar a ellos hasta la retirada de las brigadas. Luego, no quiso asistir al entierro en Arbucias. Ella no podía estar allí, hacinada con los demás en aquella minúscula fosa —se repetía— y vagó desesperado durante días por la arboleda entre los restos aun humeantes de la tragedia.

Hasta que una voz familiar que parecía provenir de un árbol cercano, le llamó:

—Sebastian…

Era Sarah, iluminada entre el hayado por un rayo de sol que le confería el aspecto de un ángel.

—¿Dónde te habías metido? Te estuve esperando en la barca —le reprochó él cariñosamente, mientras ella se arreglaba el pelo con coqueta feminidad—. Te he estado buscando sin descanso, créeme —continuó—. Estuve perdido sin ti.
—Y yo te he estado llamando sin descanso —le respondió Sarah—. He pasado mucho miedo. Han venido hombres que no conocía. Por favor, no me vuelvas a dejar sola —le replicó severamente la joven.
—No lo haré. ¿Y tu familia? ¿Tu hermana? —preguntó ansioso el joven.
—Se han ido. Les he dicho que les seguiría cuando te encontrara.
—Pero para estar contigo, supongo que debo… —y Sebastian extrajo de una funda una escopeta de caza. Tomó unos cartuchos y se dispuso a cargar el arma.
—¿Qué quieres decir?
—No seas tonta, Sarah. Nadie ha sobrevivido.
—Entiendo. Pensé que eso no te importaba...
—Claro que no me importa. Pero si queremos estar juntos, ahora sólo es posible si yo también paso al otro lado.
—Sebastian, mírate. Apenas eres un niño.
—No deseo vivir más si no es a tu lado.
—Debes vivir. Yo puedo esperar —le dijo Sarah.
—No puedo imaginar vivir sin tenerte a mi lado.
—Pero me tienes —ella tomó su mano, pero sus propias manos estaban ahora frías.
—Perdóname —y apoyó el cañón de la escopeta en su mentón.
—Eres un estúpido —le dijo indignada. Se hizo el silencio entre los dos.
—Sarah…
—Además, no podemos irnos ahora—añadió la chica—. He perdido la aguja de pelo que me regalaste. La de color azul. Antes tendremos que encontrarla. ¿Me ayudarás?

Sebastian miró a su alrededor. Los bosques de hayas suelen ser escenario de cuentos de hadas porque sus hojas paralelas al suelo impiden eficazmente el paso de la luz hasta la superficie, manteniéndola limpia de vegetación. Pero ahora un manto negruzco de detritus lo cubría todo. Encontrar su aguja de pelo entre tantos acres de vegetación, tierra y desechos sería, sin duda, una ardua tarea. Como encontrar una aguja en un pajar.

Pero Sebastian comprendió que no tenía otra opción que darle aquella satisfacción: Devolvió la escopeta a su funda y se puso a buscar la aguja.

Tras varias horas de búsqueda sin resultado, Sarah, abatida, le rogó a Sebastian que la abandonara, que viviera; que buscara amor en otra mujer; que tuviera hijos; que fuera feliz.

En nada de esto pudo Sebastian complacerla porque ambos eran ya uno solo; Le dijo que en cuanto la encontrara, se reuniría con ella. Así que aquella tarde, y la siguiente y también durante los cuarenta años siguientes, Sebastian buscó la aguja por el bosque sin encontrarla.

Y ahora, próximo ya el final de su vida y sin apenas esperanza, un diminuto punto de color azul entre el musgo al pie del árbol donde ella había aparecido el primer día… le había convertido súbitamente en el hombre más feliz del mundo.

DELTA NOVEMBER
En la cabina del De Havilland Comet 4 procedente de Manchester todo era actividad en preparación del inminente aterrizaje en Barcelona. El avión estaba repleto. La compañía Dan Air había encontrado un floreciente y lucrativo negocio llenando aviones de turistas ávidos de sol con destino a España.

—Por favor, Dave, diles que ya estamos en la frontera española aún a 22 mil pies, y queremos bajar —le dijo tranquilamente el capitán Alexander George Neal al copiloto, primer oficial David Shorrock.

Galimatías en la radio.

—¿9 mil? Eso está bien. Confirma que ajustamos el altímetro a 1017 milibares—continuó el capitán.
«1017, gracias», confirmó por radio el copiloto.
—16 mil pies. Llegamos a Berga en un minuto, capitán.
«119,1. Gracias.», radió Shorrock.
—Aproximación en 119,1. Oye, Dave, ¿sabes español?
—Es lo único que sé decir, capitán. Quieren que giremos a 140.
—Ok. Girando a rumbo 140. Parece que hay mucho jaleo ahí abajo. Mantenemos altitud. Diles que llegamos a Sabadell en 7 minutos.

Y el copiloto le obedeció.

—Maldita radio. Perdona, di 5.

«Entonces, cancele mi última transmisión. Proceda con rumbo a Sabadell», respondió el controlador.

Algunos metros tras ellos, en la fila 7, Sarah y su hermana se disputaban un espacio en la ventanilla por donde se colaba el ocaso reflejándose en las alas metálicas del avión. «Oh, qué bonito. ¿Cuándo veremos el mar?», no paraba de preguntarle Yvonne, su hermana. Pero Sarah misma se preguntaba a su vez dónde se encontraría Sebastián en aquel instante. Le cedió a Yvonne la ventanilla para caer en una especie de ensoñación en la que ella y su enamorado caminaban por una vereda. Era un hermoso sueño en el que ambos vivían para siempre en un bosque encantado. Se tocó instintivamente el pelo, acariciando la humilde aguja de plástico con la que sujetaba un mechón. «Pronto su mano te liberará», pensó. Cerró los ojos y se reclinó en su asiento.

—Estamos en Sabadell, giramos a rumbo 140. ¿Nos ven desde Barcelona en el radar? —preguntaba en la cabina el capitán Neal.
—Sí, capitán. Han informado contacto radar.
—Excelente. Eso quiere decir que estamos donde debemos. Buen cálculo, caballeros —se alborozó el capitán.
—Autorizado bajar a 2.800 pies. El altímetro está bien en 1017. Preguntaré qué pista tienen en servicio —dijo el copiloto.

«Pista en servicio 25», sonó la voz del controlador de aproximación en la radio.

La pequeña Yvonne seguía mirando por la ventanilla, pero ahora estaba decepcionada porque una blancura monótona le impedía ver nada más allá de las alas.

«DELTA NOVEMBER pasa los 4.000 pies en 1047», informó el copiloto por radio.
Algo se perfiló delante de la cabina. Algo que no debía estar allí. Los dos pilotos se miraron con expresión perpleja.

—Esto no parece Barcelona. Sugiero girar a 120, capitán.
—¿Dónde demonios estamos? ¡Sube inmediatamente, sube! —gritó de repente el capitán, mientras su mano se aferraba a las palancas de gas de los cuatro motores en un intento desesperado por ganar altura. El súbito incremento de potencia produjo un ruido ensordecedor.

«Están pasando los 4.000 pies. Delta November, confirme que mantiene rumbo», preguntó el controlador de aproximación desde Barcelona.

Ruido blanco.

A bordo, todos pudieron sentir una extraña y profunda sacudida a la que siguió una espantosa sinfonía de chirridos, vibraciones y pequeños golpes: Las copas de los árboles estaban acariciando la panza metálica del Comet, y luego la abrieron limpiamente, liberando un reguero de ropas veraniegas de alegres colores que fueron quedando prendidas de las ramas al paso de la aeronave.

«¡Dios mío, esto no puede estar pasando… !», pensó Sarah sujetando fuertemente la mano de su aterrada hermana entre fuertes sacudidas. «Pobre Seb…», empezó a decir, pero una cegadora luz lo envolvió todo en un súbito silencio antes de que concluyera la frase. Su cuerpo voló a través del bosque junto con el de los otros ciento once, como si se hubieran convertido en ángeles por un instante cabalgando sobre una gigantesca onda expansiva. Pero sus cuerpos se fueron fragmentando y todas sus piezas fueron encontrando reposo en un lugar distinto entre el hayedo.

«Delta November, aquí Barcelona. Delta November, aquí Barcelona», insistió el controlador de aproximación. Ruido blanco.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona. Oye torre, el Delta November, cómo está»,  pero desde la torre de El Prat no se veía ningún avión. «Aquí no está», contestaron lacónicamente

El impacto contra la ladera fue brutal. La densa y húmeda vegetación evitó una gran explosión, pero no pudo evitar que el aparato se partiera en tres partes y su contenido se desintegrara en millones de fragmentos que se esparcieron a lo largo de varios quilómetros.

En los alrededores, sin embargo, nadie vio ni oyó nada.

El reloj de un pasajero se paró a las siete y cuarenta, pero la caja negra del avión que apareció más tarde reveló que lo hizo cuando su dueño llevaba ya treinta y cinco minutos muerto. La hora del accidente fue establecida así en las siete y cinco de la tarde.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona... Por favor, torre, hazle una llamada a ver si por casualidad está.» El tono del control de aproximación era ahora el de una angustiosa súplica.

«Ya lo hemos hecho y no contesta. De todos modos, vamos a repetir», concedieron desde la torre.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona.»

Ruido blanco.

PAREIDOLIA
Era noche cerrada en el cementerio de Arbucias.

 —Aquí yacen 113 cuerpos, pero a bordo sólo viajaban 112 personas —dijo Jordi señalando teatralmente hacia la fosa—. Misterioso, ¿no te parece?

Cristina se quedó mirando, visiblemente acongojada por el frío y el miedo, bajo la mortecina luz de una farola.

Los dos jóvenes se sentaron en uno de los bancos de madera que fueron instalados por cuenta de la compañía aérea en torno a la fosa común, a modo de compensación por las deshonrosas condiciones del enterramiento del accidente aéreo de 1970.

Se trataba del banco más retirado de los dos, el único aún capaz de resistir peso. El otro, dispuesto justo frente a la fosa, aparecía muy carcomido por la exposición a la intemperie y parecía a punto de desintegrarse completamente en cualquier momento.

Una vez sentados, Jordi sacó de su bolsillo un teléfono móvil y reprodujo una grabación obtenida poco antes, arriba en el bosque donde más de cuarenta años atrás había caído el avión. En la quietud de la noche, el sonido resonó entre las calles de nichos.


—¿Lo has escuchado? Justo después de que tú digas eso de la batería —susurró Jordi.
—Wow…—exclamó Cristina.
—Es una psicofonía. Se me ponen los pelos de punta, mira... —El vello de su antebrazo aparecía efectivamente erizado. Estaba clara su intención de espantar a la chica.
—Quizá queremos oír algo que no existe. Como cuando crees ver una cara esculpida en una piedra. Creo que se llama paidofilia o pareidofo... No me acuerdo.
—Pero se oye muy alto. ¿Entiendes lo que dice? —insistió Jordi.
—Algo así como: «Be safe», en inglés. Es la voz de un anciano, parece.
—Y, ¿qué quiere decir?
—Es una despedida. Quiere decir: «Que os valla bien». Como si alguien dijera adiós a alguien.
—Hmmm, ¿el capitán despidiéndose de algunas de las almas que aún vagaban por el bosque?
—Ha pasado mucho tiempo —objetó Cris.
—El capitán debe ser el último en abandonar un naufragio. Especialmente, si lo ha provocado él.
—Quizá protegiera a alguien. Pienso en una extraña historia de amor —aventuró la chica.
—Sea como fuere, ahora todo está en orden. No te preocupes, Cris. Tengo la sensación de que este cementerio no tiene ahora ninguna presencia sobrenatural —aseveró Jordi con varonil seguridad.

 
Un coche patrulla se había detenido a la entrada del cementerio. Los jóvenes se escondieron como pudieron, y huyeron saltando el pequeño muro que conducía al camino de circunvalación del recinto. El policía buscó en su manojo de llaves las que correspondían a la verja y entró iluminando con su linterna nichos y tumbas. Subió lentamente las escaleras hasta el pequeño replano en el que se encontraba la fosa y dirigió la luz hacia las lápidas flanqueando una gran cruz en las que estaban esculpidos los nombres de las víctimas.

De vez en cuando, algunos chicos saltaban el muro para hacer espiritismo y otras tonterías similares por la presencia de la fosa, pero nunca habían causado problemas. O al menos, nunca hasta aquella noche. La luz de la linterna estaba ahora recorriendo unas hendiduras realizadas sobre el mármol con algún objeto punzante. Al policía aquello le pareció vandalismo obra de los chicos que acababan de escapar. Aunque de torpe hechura, podía leerse sin dificultad un nombre al lado de la inscripción S. NELSON.

¿Qué idiota cometería un acto así y dejaría su nombre inscrito en el lugar del crimen?

El policía se aproximó y repasó las letras con las yemas de sus dedos.

« S E B A S T I A N »






Los suecos Jonna Lee y Claes Björklun intentaron emular el éxito de Lady Gaga estimulando en un puñado de medios influyentes la curiosidad por descubrir la verdadera personalidad de la misteriosa protagonista de una serie de videos.

Estos videos servían de preludios para las primeras canciones de un proyecto denominado Iamamiwhoami, y la segunda de estas canciones, O, lanzada en abril del 2010, muestra una inquietante similitud con varios elementos de Aguja. Jonna encarna aquí una siniestra Sarah seduciendo a un hombre ataviado de piloto para conducirlo hacia una especie de fosa en el suelo de un bosque de cuyas ramas penden telas, mientras canta:

Love, the kind that kills and scars
Will make you kneel and crawl to hell and back
The words that slit your throat
Will make you think of love as the new black, as what you lack
Love

Por supuesto, todo es pura casualidad.



Para saber más sobre la historia tras Aguja, Buscando en un pajar.

domingo, marzo 17, 2013

Llega la primavera

Alguien escribió «27-05-78» sobre la corteza de ese roble en prueba de amor eterno. ¿Cuántas primaveras han pasado? Pronto serán 35. Dime, ¿dónde habrá ido tanto amor... ?

En primavera, los días se alargan y el sol nos pide cuentas por todas aquellas promesas que formulamos a las estrellas durante la gélida noche invernal.

Se acerca, nuevamente, el momento de la verdad. Las cortezas de los árboles o los candados en los puentes, incluso en el lejano norte, nos recuerdan que todo aquello que alguna vez hemos deseado está ahora esperando que reclamemos lo que nos pertenece. Ese pedazo de felicidad que nos conduzca a través del impacable verano hacia un nuevo invierno.

¿Estarás entonces a mi lado? Ojalá tenga yo la fuerza de estar al tuyo.




Fotos Diego Rodríguez, captadas con un teléfono móvil Sony Xperia U. Todas excepto el abejorro pertenecen a Finspång, Suecia.

miércoles, mayo 23, 2012

BASE 60

Hubo un tiempo en el que la gente no sabía contar. Un poco como ahora, pero con el agravante de que, además, no tenían a nadie que contara por ellos. Y lo necesitaban.

Mi sábado por la tarde estrellado (adelanto)


El gigante alado emitió un lejano rugido y se deslizó sobre mi cabeza ladeándose con elegancia hacia su primer giro entre las nubes, en espera de que el controlador le diera pista de aterrizaje. Su color marrón, sin marcas, denota que se trata de otro vuelo transportando semovientes, que así es como se denomina oficialmente el abobinable tráfico de seres humanos.

Hoy es jueves por la mañana, y hace un calor sofocante. En la zona de carga del aeropuerto les espera una pequeña flota de trailers que les llevará, tras pasar el control sanitario y papeleo donde se les declara aptos para entrar al país, a los almacenes de los mayoristas. Allí se les preparará y acicalará para tratar de aumentar su valor de mercado. Y mañana, el lote se unirá a otros en el mercado a las afueras de la ciudad para ser expuestos uno a uno en lonjas refrigeradas desde la madrugada hasta el mediodía.

Entonces, se podrá comprobar si los precios siguen a la baja por cuarto mes consecutivo o si por el contrario se aprecia una ligera recuperación después de la burbuja que hemos vivido en los últimos años y que, al reventar, ha llevado a muchos tratantes a la ruina.

Aquellos ejemplares que hayan encontrado comprador pasarán una inspección médica a cargo de su nuevo dueño, y serán entregados el sábado por la mañana con todos sus permisos. Esa misma tarde, algún ama de casa o algún niño chillarán de alegría al ver su nuevo semoviente. Aquellos que el viernes no encuentren comprador tendrán otra oportunidad el martes siguiente. Hasta ese día, serán almacenados, hacinados, en diminutos contenedores en los que sus esperanzas de ser adquiridos se diluirán rápidamente si enferman, se lesionan o simplemente pierden la tersura de su piel. Y si tampoco lo consiguen el martes, volverán a ser expuestos durante el resto del mes pero ya no de forma individual, sino como parte de lotes para trabajos pesados en los que la tasa de mortalidad es muy alta.

Aunque la actual legislación es, como la denominan, proteccionista e impide el sacrificio o la tortura de semovientes, existen determinadas fiestas populares protegidas como bienes culturales en las que tradicionalmente se autoriza el uso de seres humanos para reproducir determinados episodios históricos en los que muchos semovientes perecen. Estos ejemplares son comprados a peso entre aquellos que no han podido ser colocados en las lonjas del mercado central. Además, existen muchos motivos por los cuales un semoviente puede ser sometido a eutanasia, entre los cuales se encuentra una condición médica de mal pronóstico o ser portador de determinadas enfermedades infecciosas a erradicar.

Pero he oido hablar de verdaderos holocaustos atribuidos a grupos paramilitares que luchan por el control de los lucrativos negocios del trafico de semovientes ilegales, drogas, inmigrantes, prostitutas, esclavos sexuales o incluso sicarios al por menor.

En cuanto a mí, soy un hombre mayor que vive solo en un microhabitat muy cerca del mercado, y aunque los sistemas de lavado y ventilación funcionan a pleno rendimiento, el parque de semovientes sin dueño se ha disparado y mis fosas nasales han terminado por acostumbrarse e ignorar el hedor que proviene de los contenedores en verano. Aunque ahora soy funcionario, mi profesión era músico, y aún doy clases de piano una vez por semana a una jovencita, Kiara. Para imaginártela, piensa en una pequeña muñeca asiática de porcelana. Así es ella. Cuando tocamos juntos, por un momento olvido donde vivo y todo lo que me rodea, incluso del hedor. Pero luego hay que volver a la realidad, aterrizar en ella, como ese grupo de semovientes asiáticos que acaban de pasar por encima de mi cabeza.

El mío es un barrio muy deprimido donde se apiñan más de medio millón de seres humanos entre edificios medio en ruinas y descampados donde se reunen grupos de drogadictos y semovientes fugitivos, que han logrado escapar pero que deben vivir en las calles sin otro recurso que el crimen. Cuando son capturados, se les somete a un tratamiento que les convierte en zombies y sus órganos son puestos a disposición de gente rica para mantener una especie de eterna juventud. Dicen que hay millonarios de más de ciento veinte años de vida por este sistema.

Todo esto me indigna, me repugna y estoy considerando seriamente hacerme voluntario en alguna organización contra el tráfico de seres humanos, pero antes debo encontrar tiempo porque mi jornada laboral actual es de doce horas diarias más tres de desplazamientos, de domingo a sábado por la mañana. 

Y el sábado por la tarde es el único momento en el que puedo dedicarme a mi verdadera pasión: la observación astronómica.

Desde que era un niño, a este momento le llamo Mi sábado por la tarde estrellado.

jueves, marzo 29, 2012

Redención

“Nuestro redentor Jesucristo lo declara en aquellas palabras que dijo a San Pedro: quien a hierro mata, a hierro muere.”
Juan de Mal Lara (1524-1571)

En tiempos de Felipe II, llamado El Prudente, nació en Castilla un niño de oscuros ojos que no lloró al emerger a este mundo de entre la sangre y el dolor. Su padre lo achacó a que el mismo diablo lo habría engendrado, y renegó de él culpándole de la muerte de su joven esposa durante el parto. Y así, aquel niño fue abandonado y recogido por un campesino que lo llevó consigo a su casa donde se crió con otros seis hermanos. Le pusieron por nombre Alonso.

El pequeño Alonso pronto supo de la suerte de su verdadera madre porque los niños son crueles y encontraban especial placer en recordárselo con ocasión de cualquier lance infantil. Así es como Alonso nació ya culpable de una muerte.

Pero Alonso era, además de un poco resentido, un luchador. De la misma forma que había luchado por sobrevivir a un cordón umbilical que le asfixiaba aún dentro del vientre de su madre, ahora luchaba por convertirse en un adolescente.

Si tuviéramos que resumirla con brevedad, podríamos decir que la vida de Alonso consta de dos periodos de intensa felicidad, pero también de dos periodos oscuros.

Alonso creció como un campesino entre los campesinos, pero pronto su ambición y arrojo despuntaron, aprendió a leer sin más ayuda que la que pudo proporcionarle un pobre fraile y cuando pudo, se alistó y sirvió en las Indias, teniendo como único testigo de su partida un águila solitaria como la que solía observar planeando sobre los riscos de su adolescencia. Ya en las Indias y convertido en soldado, conoció el terror y la forma en que eran tratadas las tribus, participando en mil correrías de armas con sus compañeros, y arriesgando con frecuencia su existencia, aunque sus fatigas recibieron como recompensa un poco de tierra. Convertido ya en un pequeño hacendado, regresó a su castilla natal para desposar al amor de su infancia y volver luego a sus tierras llevando consigo a su nueva esposa. Pronto, ella quedó embarazada y Alonso fue padre de un niño. Esos fueron los años más felices de su vida.

Mientras, al otro lado del mundo, el rey de España acumulaba poder como nadie antes y nadie después lo haría. Al ducado de Milán y Borgoña, había añadido los Países Bajos y los reinos de Inglaterra, Sicilia, las Indias y finalmente, Portugal.

Pero está escrito que la felicidad del hombre no ha de durar mucho.

Así, mientras Alonso se encuentra en la ciudad negociando la compra de ganado, es avisado de que su hacienda está siendo atacada por los indios que les culpan de haber portado una epidemia de viruela que ha diezmado la tribu. Alonso se apresura a regresar, pero sólo para encontrar que ambos han sido asesinados. Alonso cree que es un castigo por haber dado muerte a una madre indígena y su bebé de pecho cuando era soldado.

Con esta nueva culpa sobre su conciencia, Alonso enloquece de rabia, y se dirige en busca de venganza al poblado donde viven los indios que asaltaron su hacienda. Sin embargo, al llegar sólo encuentra escenas de dolor entre una población diezmada por la viruela que él mismo y su esposa portaron con toda probabilidad desde España. Devastado y confuso, vive solo durante meses en la hacienda velando las tumbas de su mujer e hijo hasta que un correo de España le informa de que su madre se encuentra muy enferma. Alonso, temeroso de no llegar tampoco a tiempo esta vez, regresa a España apresuradamente pero, al llegar, se encuentra que el propietario de la casa donde reside su madre quiere desahuciarla por falta de pago. Alonso se enfrenta a los alguaciles y mata al propietario, por lo que debe huir.

Sin poder embarcarse rumbo a América, decide dirigirse a Flandes, atravesando Francia por rutas poco transitadas. Al llegar a Flandes, se derrumba enfermo y cansado, pero es acogido por una joven viuda cuyo hijo pequeño odia profundamente a los españoles culpándoles de la muerte de su padre. La joven mantiene en secreto su presencia, pero la llegada de un grupo de malhechores que tratan de aprovecharse de su viudedad obliga a Alonso a revelarse para ponerlos en fuga. Así, Alonso se gana el respeto del muchacho al que pronto lo adopta como a su verdadero hijo, cuidando de él y de su madre como a su nueva familia y convirtiéndose él mismo en granjero.

Hay un episodio en esta fase de su vida que marcaría especialmente la imagen de que de él tuviera el pequeño Franz. Ambos habían marchado a la ciudad a comprar provisiones, pero se les hizo tarde y decidieron aventurarse fuera de las murallas con la noche ya caída.

En un recodo del camino, un oscuro grupo de cinco o seis personajes aparecieron ante ellos y según Alonso avanzaba, aquellos hombres los trataban de envolver. Viendo que Alonso y el pequeño se estaban desviando, el que fuera el jefe de aquella partida dio la orden de que fueran apresados, con la idea de matarlos y robarles cuanto poseyeran, pero se encontró con que Alonso había ganado una posición apoyando su espalda contra una pared de piedra, de forma que tuvieron que tratar de entrarle por turnos.

Pero tan grande era la destreza de Alonso que, sin apenas grandes trabajos, los iba recibiendo y desarmando con rápidos y precisos movimientos de brazos y piernas, dejándolos doloridos y vencidos ante él, acumulándose a modo de escudo natural para los que detrás vinieran. Cuando aquella masa oscura de malhechores se había convertido en un amasijo de gemidos a sus pies, Alonso se abrió paso entre ellos apartándolos con total naturalidad llevando de la mano al pequeño Franz.

Naturalmente, aquella escena impresionó al muchacho casi tanto como la enseñanza que recibió de Alonso: Nunca luchas contra miles, luchas contra uno sólo.

Alonso, su nueva esposa y el pequeño Franz vivieron a partir de aquel incidente en paz y respetados por todos.

Y ésta es la segunda época más feliz en su vida.

Pero en aquellos tiempos, Flandes se encontraba sumida en la Guerra de los Ochenta Años, y los españoles eran considerados invasores y su líder, el Duque de Alba, un sádico sediento de sangre.

Alonso debe entonces escoger entre serle fiel a su patria y a su señor o permanecer junto a su familia. Pero Alonso no duda y decide permanecer al lado de su familia. Dotado de una enorme destreza en el manejo de las armas, ayuda a derrotar a las fuerzas invasoras sin usar la violencia, para luego ser acusado de espía por aquellos a los que defendió. Condenado a muerte por un tribunal improvisado presidido por un antiguo pretendiente de su esposa, se le perdona finalmente la vida por intercesión de ésta, aunque debiendo a cambio renunciar a él.

Desterrado, vuelve a España, donde muere solo y arruinado, asesinado durante una emboscada en venganza por la muerte del propietario al que mató, sin hacer ademán alguno para defenderse y después de una larga madrugada de agonía en un callejón de Toledo.

Su cuerpo es arrojado a una fosa común, por casualidad muy próxima a aquella donde descansan los restos de su madre. Años después, el joven Franz visita su tumba con su esposa e hijos, siendo observado por un misterioso hombre embozado.


Como en el caso de ‘Máscara’, ‘Redención’ quizá no pueda ser considerada una narración, sino más bien un tosco y desgarbado armazón del que pende una historia sin pulir, como si tuviera prisa en ser contada y no pudiera esperar a acicalarse antes de salir al mundo.

Así que es posible que retome este material en un futuro, lo extienda y lo convierta en algo más. Eso depende, en alguna medida, de tí. Sin embargo, ya puedes ver a Alonso entregado a una nueva aventura en Viajeros del tiempo.

La música es siempre una parte esencial de la experiencia narrativa porque le otorga el ritmo y el tono a la historia. Aquí te propongo ‘Canvas’, una pieza perteneciente al tercer álbum de estudio de la inglesa Imogen Heap, Ellipse.

Escúchala mientras te sumerges en un mundo ocre y lleno de olores. El mundo del Siglo XVI.



domingo, febrero 05, 2012

Amor sin plan de datos

Los sentimientos son como garras que emergen de tu vientre y suben por tu pecho hasta tu garganta, y allí hacen presa hasta dejarte boqueando como un pez fuera del agua.

Los psicólogos dicen que estos estados de ansiedad son debidos a nuestra imperiosa necesidad de inmediatez, cosa que los móviles no han hecho sino acentuar. Queremos satisfacciones rápidas. No estamos dispuestos a esperar a que responda la App que acabamos de instalar. Ni tampoco el amigo que acabamos de hacer en la nueva red social de moda.

Necesitamos que nos responda y que lo haga ya.

Pero como eso no sucede habitualmente, vamos acumulando, en lugar de satisfacción, frustración. Las redes sociales se convierten en enormes muros de lamentos donde perfiles que siempre muestran seres sonrientes, y a veces un poco achispados, apenas tienen nada que decir, y si lo hacen lo expresan en puro lenguaje SMS.

Caso clínico #26323. Keiko, la niña del dibujo.

Aparece en su cama, en la que se ha metido apenas ha terminado de cepillarse los dientes. Quiere estar sola. Perdón, quiere estar con su móvil. Perdón, quiere estar con Sandro. Sandro es un compañero de instituto, aunque del último curso. Una raza de gigantes para los de primero, aunque Keiko se esfuerza en parecer más adulta, incluso madura, para su edad. La funda del móvil no le ayuda a alcanzar este objetivo, decorada como está con preciosos motivos multicolores y ositos panda. Pero es un regalo de su tía, que venía con el teléfono, y no lo quiso despreciar. Su tía aun no se ha enterado de que Keiko ya es una mujer, y habrá que tener paciencia.

Tiene a Sandro a tiro de clic, pero Keiko no quiere. Lo más probable es que la ignore, lo que sin duda sumirá a Keiko en la más profunda de las desesperaciones. Si eso ocurriera, sólo tendrá que taparse completamente con el edredón y llorar todo lo que sus lagrimales den de sí, sin preocuparse de ser vista. Aunque ser vista puede, a veces, ser la única forma de pedir ayuda. Cierto. Keiko debe pedir ayuda. Alguien que la aconseje.

Pero, ¿quién?

Repasa la lista de contactos en busca de esa amiga capaz de prestarle su hombro sin luego ir por ahí con la noticia. Una tras otra, va descartando su gran lista de amigos virtuales, hasta llegar a la lista de amigos verdaderos, que se reducen a María. Pero María está offline. Y el pecho de Keiko está a punto de estallar. Podría llamarla por voz. Pero apenas le queda saldo, y además debería hablarle en susurros, y quizá llamara la atención de su hermanita, que duerme en la cama contigua. Ella sí es una santa a sus siete añitos, despreocupada, feliz y totalmente ajena a los sufrimientos del corazón.

Keiko resuelve limitarse a mensajes de texto. Pero el avatar de Sandro sigue ahí, desafiante. Y le duele verlo porque sabe que su amor está condenado al fracaso. Debería quitárselo de la cabeza. No es buena época para obsesionarse con un chico. El trimestre acaba, el curso acaba y el calor empieza a dejarse sentir. Pero Keiko necesita refugiarse en su edredón.

No quiere escuchar música. Eso sólo la entristece aún más porque ha construido una lista de reproducción plagada de canciones lastimeras que le recuerdan a Sandro, pese a que Sandro jamás las haya oído y con toda probabilidad las deteste. Es decir, no es que le recuerden a Sandro, le recuerdan a sus propios sentimientos hacia Sandro, en una especie de retroalimentación amplificadora de efectos destructivos. Y eso Keiko no lo sabe, pero lo intuye. No tiene música, pero puede escuchar a sus padres discutir, como cada noche, en la cocina.

Keiko no ha reparado en un personaje de ojos negros que parecen ignorar la malévola atracción de la pantalla, y que ha aparecido para apoyar su cabecita junto a la Keiko en la almohada. Es Wit. Keiko se repasó cómo decir Blanco en cincuenta idiomas antes de escoger la versión holandesa porque le sonaba musical, aunque los holandeses lo digan de una forma muy seca. Eso Keiko tampoco lo sabe, ni lo intuye.

Wit tiene pocos meses pero no está dispuesto a ceder su trono como juguete preferido de Keiko, aunque el objeto brillante que la tiene embrujada le está momentáneamente ganando la partida.

En un momento, Wit pasará a la acción, interponiéndose entre la luminosa frialdad de la pantalla y ese amasijo de pasiones en que se ha convertido en pocas semanas su otrora alegre dueña. Ya no lo pasea, ya no juega con él al llegar del cole, ya no lo cepilla durante horas. Pero esto va a acabar en breves instantes.

Wit empezará a lamer las lágrimas que han empezado a brotar de las mejillas de su dueña, porque son saladas y porque no soporta verla llorar. Y la mirará en silencio, esperando una señal para jugar. Y le dirá con sus negros ojitos que Sandro, como cualquier otra cosa bajo el sol, está a su alcance si lo desea de todo corazón, de la misma forma que la piedra alcanza siempre el fondo cuando es lanzada al agua, no porque lo persiga, sino porque el universo quiere que ambos se reúnan. Pero eso no pasará mañana. Pasará a su debido tiempo si Keiko espera, piensa, se alimenta bien y no hace nada especial excepto mantener la pureza de su corazón. Wow, Wit ha debido leerse a Hermann Hesse mientras Keiko estaba en la escuela, ignorando las últimas entregas de cómics desparramados sobre su mesa de estudio.

Po fin, el pulgar de Keiko ha tomado una decisión. La pantalla se ha apagado. El móvil ha vuelto a su funda de ositos panda, y Keiko ha vuelto a sus libros de mates y manga mientras recompensa la sabiduría innata de Wit rascándole la barriguita.

¿Y Sandro? Sandro se acaba de meter en la cama sin apenas decir buenas noches a sus padres. Tiene prisa. La pequeña cueva que ha formado entre las sábanas se ilumina. Los ojos de Sandro se abren de par en par.

Comienza su larga noche de insomnio.


Ilustración de origen desconocido.

domingo, enero 29, 2012

Aurora

Cuando ves una estrella fugaz, pides un deseo. ¿Qué deberías hacer cuando ves una aurora?


Apenas habían transcurrido unas horas desde que despegara del aeropuerto de Girona-Costa Brava bajo un radiante sol, y ahora se encuentra en la helada noche boreal, conduciendo a lo largo de una rectilínea carretera entre infinitos bosques cubiertos de nieve.
Pero Robert no suelta prenda. A su lado, viaja una mujer que se no se cansa de mirar las siluetas de las colinas recortadas sobre el cielo estrellado. Ella hace tiempo que ha dejado de preguntarle dónde van y cuándo llegarán. No hablan. Robert sólo conduce sin perder de vista la carretera y el panel de control, iluminado en rojo sangre.
Finalmente, Robert ha tomado un desvío y un poco más tarde las luces del coche iluminan la nada espectacular entrada de una cabaña en la nieve. Sólo algunos detalles de color en los marcos de las ventanas revelan que la casa no está abandonada. Está esperando en silencio a sus huéspedes en la gélida noche invernal.
La casa cuenta en su jardín trasero con un embarcadero sobre el lago. Pero ahora el lago está helado y aparece iluminado por las estrellas como un manto monótono de una blancura fantasmal. Se puede pescar haciendo un orificio sobre su superficie. A este efecto, el alquiler incluye una caseta en el lago con su propio agujero y calefacción, le explicó la agencia.
Robert entra las maletas con el poco equipaje que la compañía de bajo coste les permitió traer e invita a Eva, que está un poco retraída, quizá muerta de frío, a seguirle dentro. La casa le parece a ella confortable, y lo inspecciona todo con la vista. La estancia principal es sencilla, pero espaciosa, y todo aparece limpio y ordenado. Y lo más importante: es cálida. Alguien ha dejado encendida la chimenea a la que corre a calentarse las manos, proyectando accidentalmente sombras chinescas en las paredes.
Y en el centro de la estancia, una pequeña mesa. Sobre la pequeña mesa, un mantel a cuadros. Sobre el mantel, dos platos vacíos separados por una vela encendida y una flor. Robert invita a Eva a sentarse en un pequeño taburete situado frente a la mesa. Robert desparece y regresa en un momento con bandejas de salmón ahumado, queso, uvas y una botella de vino. A Eva se le ilumina la cara. Tiene mucha hambre. Está claro que Robert tiene golpes escondidos. Cuando lo conoció, Robert era un hombrecillo de aspecto tristón. Pero Eva vio algo en sus ojos… Suspira. Ahora no puede recordar qué.
Ambos cenan en silencio. Robert olvidó traer música y Eva apenas levanta la mirada del plato para evitar encontrar los ojos de Robert. Cuando terminan, llevan los platos al fregadero. Ella se adelanta. Robert rodea su cintura y la trae hacia sí. Ella se deja hacer, mansamente. Pero Robert no hace las cosas de esta forma. La deja ir, y trata de reponerse con un toque de humor.
—Los lavo mañana —asegura Robert. No puedo permitir que algunos platos sucios me arruinen esta noche mágica —sonríe, pero Eva no le contesta. Parece ausente.
Robert la abraza de nuevo. No puede evitarlo. Ella es lo que más ama en esta tierra. Eva parece tener frío. Se ha arrodillado ante el fuego. Él la ha cubierto con una sábana dorada tachonada de estrellas, y ha besado su mejilla con timidez, acariciando su rostro. El espejo del vestidor refleja la escena a media luz, que a Robert se le antoja inspirada por una obra de Klimt. Pero ella no sabe quién es Klimt. Tanto da. Alguien sin importancia. La toma de la mano y la conduce a la cama.
De alguna forma, Robert desea respetar su reserva. Quizá ella esté emocionada por esta súbita escapada. Por este viaje sorpresa. De hecho, había pensado en la eventualidad de que ella no quisiera acompañarle, pero no había decidido qué habría hecho en ese caso. Eso es agua pasada. No merece la pena pensar en ello. Ahora están juntos en una cabaña en un remoto bosque, lejos de todo y de todos, frente a una amplia y bien mullida cama.
—Una vez, te pregunté qué preferirías antes de dormir si viviéramos juntos: que te contara un cuento o que te hiciera el amor. Y me respondiste…
—…primero cuéntame el cuento y luego hazme el amor —terminó ella, y ambos, por fin, rieron. Pero fue sólo eso: una risa un poco nerviosa, embarazada.
Ambos se desnudan de forma maquinal y se deslizan dentro del plumón. Eva descubre que huele a limpio, que su tacto es suave, cálido y ligero. Robert apaga la luz. Fundido en negro. Pero los ojos de Eva siguen abiertos y busca a alguien en la oscuridad, o quizá dentro de su mente.
Entonces, un lejano rumor rompe el silencio de la habitación y poco a poco se abre paso un débil rayo de luz que termina por inundar el dormitorio. Eva no puede creerlo… Una especie de techo solar se ha deslizado sobre sus cabezas, dejando al descubierto la bóveda celeste, aunque separada por un cristal que mantiene la cálida atmósfera interior.
Y más allá, miríadas de puntos luminosos titilan en el negro azabache del cielo nocturno.
Pero, por encima de todo, un irreal cortinaje de suaves tonos verde azulados parece ondular lentamente suspendido de los cielos, mecido por un extraño viento magnético.
—Mira, ésta es mi sorpresa. ¿Te gusta? Pues no es ni la mitad de hermosa que tu sonrisa —le susurra Robert al oído. Y Eva se hunde en su plumón hasta los ojos, un poco asustada porque jamás ha visto una cosa así.
Robert la abraza y pronto el cansancio del viaje les vence y ambos se duermen sin contar el cuento y sin hacer el amor. Robert y Eva yacen envueltos en un grueso edredón mientras sobre ellos prosigue con imperceptible ritmo el baile de los cielos.
Algún tiempo después, Robert se despierta. Habrá sido la luz de las estrellas. El cortinaje celeste sigue ahí, pero se ha tornado anaranjado. Tiene el impulso de despertar a Eva para mostrárselo, pero no lo hace. Para entonces, ya se ha convencido de que la sorpresa no ha terminado de impresionarla. Pulsa el mando a distancia y cierra el techo.
Se vuelve sobre ella, acaricia las suaves curvas de su vientre, tratando de adivinar el perfil de su rostro entre las sombras.
—Es curioso. Creí que ella también brillaría en la oscuridad. Pero no puedo distinguirla aunque está a mi lado —piensa.
A pesar de ello, a pesar de la oscuridad, siente su presencia, su suave calor, su tranquila respiración. Y acaricia su pelo y es feliz y todas esas cosas.
Mañana por la mañana. Sí.
Mañana la llevará al lago, y le dirá que el otro día el médico le llamó y le dio el resultado de los análisis. Le dirá que no son buenas noticias, pero se siente preparado. Le explicará que no se lo dijo antes para no preocuparla. Le dirá que lamenta no haberla conocido en otros tiempos, pero no se arrepiente de nada porque al amarla ha vivido lo que otros siquiera han soñado. Y probablemente Eva se eche a llorar. Pero en ese momento, él sacará de su bolsillo la verdadera sorpresa que ha traído consigo: un anillo de compromiso. De esta forma, asegurará su futuro cuando él no esté. Se le antoja que ella será una hermosa y joven viuda desconsolada, aunque espera que pronto encuentre alivio.
Y allí, bajo el sol de Laponia, a ella le parecerá que todo esto es bonito y que la muerte de Robert es sólo un pequeño paréntesis en una historia de amor sin final. O al menos eso le parece a él que sucederá. Pero por ahora, sólo acaricia el pelo de Eva y la mira dormir.
Pero Eva no duerme. Eva llora en silencio. No para de pensar. No sabe cómo pagará el alquiler si no encuentra pronto un trabajo. Eva piensa que quizá no ha traído ropa suficiente para tanto frío, aunque el conjunto con el que ha viajado le queda mono. Tanta humedad no le va bien, le produce asma. Eva piensa que debería dejar de ver de una vez a Iván. Es un hombre que la desprecia, violento, pero actúa como una droga sobre ella. Y el caso es que cree que lo ama y se pregunta qué estará haciendo en ese preciso momento mientras ella ha ido al culo del mundo a pasar frío con un hombre al que apenas conoce. Piensa que quizá Iván esté con otra mujer y se sobresalta. Siquiera ha notado que Robert la está acariciando en ese preciso instante, y hace tiempo que ha olvidado la danza de las auroras sobre ellos.
Se pregunta por qué aceptó esta invitación súbita, alocada. Quizá lo hizo por despecho, para olvidar a Iván; para ahorrar unos cuantos días de manutención en su pequeño piso. Y la verdad es que el salmón y el vino estaban buenos, aunque quizá comió demasiado.
Había también una posibilidad más oscura que a veces la perturbaba: Quizá buscara un amo. Había oído hablar del juego de la sumisión, y la figura autoritaria y madura que Robert proyectaba en la oficina le convertía en candidato al rol dominador que tanta curiosidad y atracción le producían. En cualquier caso, Robert no habría interpretado correctamente las señales, sumiéndose a sí mismo en una ensoñación amorosa de la que parecía no querer escapar. Finalmente, Eva habría terminado por descubrir lo fastidioso que resulta un dominador ablandado y confuso. Parte de esa confusión —tenía ella que aceptar— se derivaba del hecho de que Robert jamás aceptaría que todo hubiera sido tan sólo un juego.
Pero mañana debe volver a la realidad. No puede posponerlo más. Debe decírselo. Le dirá solemnemente que ella necesita libertad o cualquier otra cosa que él no puede darle. Que él es un buen hombre y un buen padre que debe regresar con su familia. Que ella nunca le olvidará, aunque deben dejar de verse. Pero, ¿cómo se lo dirá? No desea hacerle daño. «Enciende tu brain», se dice. Entonces, recuerda que Robert ha insistido en llevarla al lago a la mañana siguiente. En un entorno relajado, todo será más fácil. Él la comprenderá. Hecho.
Resuelto este aspecto, Eva se duerme arrebujada en su plumón nórdico y, sobre ella, el cielo y su mágico telón celeste gira ahora oculto tras un grueso techo de madera.
Dos días antes, y a una distancia inconcebible para ambos, el sol ha expulsado una enorme masa de plasma de su corona. Plasma magnetizado que ha cruzado el sistema solar y ha barrido la Tierra, precedida de una intensa lluvia de protones. El plasma ha provocado brillantes auroras en ambos polos, una de ellas esta noche sobre Robert y Eva, pero no ha dañado ningún sistema de energía ni de comunicaciones, ni en tierra ni en los cielos.



Mientras describía cosas que nunca he visto, escuchaba una canción de la australiana Kate Isobelle Furler, Sia, llamada Don’t Bring Me Down, incluida en su álbum Colour the Small One.

Al final de la vida, lo que más te duele es haber decepcionado a aquellos que te amaron.

Foto cortesía Juan Carlos Casado.