sábado, octubre 31, 2026

Si Polibio levantase la cabeza

Cada tanto, parte de la población, los llamados intelectuales, se escandaliza por la deriva autoritaria de las formas de gobierno que les toca vivir. Siempre existe el riesgo de considerar que es la primera vez que algo así sucede. Pero, no. Desde tiempos de Aristóteles, y seguramente antes, los gobiernos han ido mutando en torno al mismo ciclo de concentración y dispersión del poder. Lo único realmente inédito es la velocidad a la que gira la rueda últimamente.


A todos nos enseñan en la escuela las bondades de la democracia, esa forma de gobierno en la que se deja opinar y decidir a cada miembro de la tribu, asegurando así la preservación del bien común.

Además, desde los tiempos de la sangrienta Revolución francesa, sabemos que la mejor forma de preservar este tesoro es dividir el poder en tres órganos. Pero la rueda que nos lleva de la democracia a la tiranía sigue girando. Puedo oír el rechinar de sus engranajes. ¿Por qué no somos capaces de detenerla?

Hace más de dos mil años, al hijo nacido en Megalópolis de un reputado aristócrata le dio por intentar explicar cómo Roma había podido con Grecia. Por cierto, Megalópolis... casi da risa llamar así a este villorrio del Peloponeso de poco más de seis mil habitantes. Pero, en aquella época, producía asombro que los toscos romanos hubieran sido capaces de someterles a ellos, refinados e inteligentes habitantes del Egeo. Pero he aquí que las legiones romanas acababan de demostrarse superiores a las falanges macedónicas que habían mantenido sometida toda Grecia durante siglos.

El caso es que a Polibio, el megalopolitano, por su formación no solo militar sino también política y diplomática, le interesaba averiguar cómo los pueblos nacen, crecen y mueren, y en particular cómo nacieron, crecieron y, sobre todo, cómo iban estos nuevos dominadores... a morir.

Para eso, nada mejor que sumergirse en la historia del mundo. Del mundo que le interesaba, claro. De un Mediterráneo que veía unificarse bajo las botas de los soldados romanos a una velocidad pasmosa. Así que, desde su privilegiada posición como rehén en Roma, leyó y escuchó a quien tenía a mano. Estrategas de la propia Liga Aquea a la que perteneció, partidarios y detractores de Roma y Cartago y, por supuesto, a toda la constelación de pensadores clásicos. De Platón y Aristóteles a Eratóstenes y al resto de precursores del pensamiento científico. Pero de todas estas fuentes, estoy seguro de que la más ilustrativa tuvo que ser la amarga experiencia de las polis griegas, Atenas, Tebas, Esparta o su propia Liga Aquea, atrapadas en guerras civiles crónicas, demagogia y golpes de Estado.

En cambio, al observar desde dentro el Senado romano y el círculo de su protector Escipión Emiliano, vio una anomalía histórica: un Estado que, tras perder más de 70.000 hombres en Cannas... ¡no solo no se rendía —ni siquiera sufría una revuelta interna—, sino que en apenas cincuenta y tres años (220–167 a. C.) sometía a todo Occidente! Polibio concluyó que el secreto no estaba en la suerte (Tyche), sino en el diseño mecánico de su régimen político (politeia).

Y para elaborar su teoría, de Platón tomó la idea de que las sociedades nacen tras grandes cataclismos naturales y que los regímenes degeneran por corrupción moral de una generación a la siguiente. De Aristóteles y su discípulo Dicearco de Mesina (autor del Tripolitikós) tomó la taxonomía de las formas rectas de gobierno y sus desviaciones. Bueno, Dicearco no solo mencionaba las tres formas clásicas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia), sino que dio el paso decisivo que luego adoptaría Polibio: proponer que la constitución perfecta no es ninguna de las tres por separado, sino la fusión de las tres en un único sistema.

Finalmente, de sus debates en Roma con el filósofo estoico Panecio de Rodas incorporó la noción de ciclicidad natural (anaciclosis): igual que los cuerpos vivos o los astros cumplen un ciclo de nacimiento (genesis), apogeo (akmē) y decadencia (phthorá), las comunidades humanas giran inevitablemente en ese bucle de seis etapas si no tienen un freno.

Y con estos mimbres, ¡qué tapiz le salió! Cuarenta libros (los Historíai) para inventar el concepto mismo de «historia universal» como un sistema orgánico e interconectado. Polibio había comprendido que ya no servía escribir historias locales aisladas. Era necesario concebir el mundo como una especie de ser vivo cuyos miembros son imposibles de explicar individualmente sin considerar el organismo en su conjunto. 

Además, este organismo estaba atrapado en una especie de rueda interminable, que podría empezar por el paso de la monarquía (Basileia) a la tiranía y el gobierno del miedo (Tyrannis) a causa del abuso del poder por los privilegios heredados. Más tarde, de la aristocracia (Aristokratia) que se revuelve contra los tiranos pero que termina en oligarquía (Oligarchia). Y finalmente de la democracia (Dēmokratia), que los expulsa para degenerar, a fuerza de demagogia, en un gobierno de la turba (Ochlokratia) donde los votos se compran. Y vuelta a empezar.

Las enseñanzas de Polibio consiguieron sobrevivir por poco a la caída del imperio romano, pero llegaron a nosotros con fuerza renovada a través de Maquiavelo o Montesquieu hasta la fundación misma de los Estados Unidos de América. 


AMERICA, AMERICA


Aquí es donde quería yo llegar. A la Roma de nuestro tiempo.

De hecho, cuando los delegados se reunieron en la Convención de Filadelfia en 1787 para redactar la constitución de los Estados Unidos, tenían un miedo atroz a las formas «puras» de gobierno porque conocían de memoria la rueda de la anaciclosis de Polibio: sabían que una monarquía sin control acaba en tiranía, una aristocracia en oligarquía y una democracia directa (como la de Atenas) en el caos de la turba.

John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos, fue el gran apóstol de Polibio en América. Justo en 1787 publicó su monumental Defensa de las Constituciones de Gobierno de los Estados Unidos de América, donde dedica un capítulo entero a traducir y glosar el Libro VI de Polibio, afirmando que ninguna sociedad había logrado jamás mantener la libertad sin ese triple equilibrio mecánico. El resultado en la Constitución estadounidense fue un calco deliberado del modelo romano descrito por el historiador de Megalópolis:
El nuevo monarca sería el presidente de los Estados Unidos, con mando del ejército y derecho de freno sobre las leyes del Congreso. 
Los aristócratas serían el Senado y el Tribunal Supremo, con mandatos largos o vitalicios, ratificación de tratados y jueces, capaces de frenar al Presidente ratificando sus nombramientos y tratados, y enfriando las pasiones de la Cámara baja. 
Y el pueblo sería la Cámara de Representantes, esa cámara baja elegida directamente cada dos años, y con el «poder de la bolsa», proponiendo impuestos y presupuestos, ¡e incluso con la facultad de procesar (impeachment) al Presidente!

A James Madison y Alexander Hamilton, los ingenieros constitucionales y económicos que diseñaron el engranaje real del nuevo Estado, les fascinaba que Polibio no confiara en la bondad moral de los gobernantes, sino en el choque de fuerzas opuestas (anteklisis). En el célebre Federalista n.º 51, Madison traduce la mecánica de Polibio al lenguaje de la física de Newton: «La ambición debe ponerse en juego para contrarrestar a la ambición». Igual que Polibio explicaba que en Roma los cónsules necesitaban al Senado para financiar sus campañas y al pueblo para ratificar sus tratados, Madison diseñó un sistema donde ningún poder pudiera gobernar sin el consentimiento de los otros dos.

Si lograban mantener unidos a los estados, evitando que las potencias europeas los enfrentaran entre sí como antaño hizo Roma con las ciudades griegas, quizá lograran constituir un verdadero Imperio de la libertad, tal como lo definió Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y filósofo e ideólogo de la Ilustración americana. El hombre que dio alma ética y vocabulario universal a la república, y también el que, como esclavista, encarnó sus contradicciones más profundas.

Pero tanto John Adams como Thomas Jefferson vivieron obsesionados en su vejez con la profecía final de Polibio. Sabían que cuando Estados Unidos dejara de ser una república austera amenazada por imperios externos y se convirtiera en la superpotencia hegemónica del mundo, la abundancia de riqueza, el poder financiero y la demagogia empezarían a corromper los contrapesos constitucionales desde dentro, empujando de nuevo la rueda hacia la oligarquía o la oclocracia.

Si Polibio se sentara hoy frente a una pantalla y leyera el capítulo 57 de su Libro VI —donde dejó escrita la autopsia anticipada de cualquier gran república—, probablemente no diría que ya vivimos en una oclocracia plena (en el sentido de una disolución total de la ley en las calles), pero sí diagnosticaría que las condiciones previas que él describió se están cumpliendo casi línea por línea.

Lo más inquietante del análisis de Polibio es que para él la oclocracia no nace en los márgenes ni por un ataque exterior: nace desde arriba y por exceso de éxito. Si cruzamos sus cuatro síntomas clásicos con nuestro presente, el parecido resulta sobrecogedor:

Para empezar, el síndrome de «Cartago destruida» (la pérdida del miedo externo y el hastío de la libertad): Polibio advertía que mientras una república pasa por peligros existenciales, los ciudadanos y las élites mantienen la moderación y respetan las instituciones. Pero cuando pasan dos o tres generaciones nacidas en la seguridad y la hegemonía (como ocurrió en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría en 1989), los nietos dan por sentadas la igualdad ante la ley (isonomía) y la libertad de expresión (isēgoría). Dejan de ver las instituciones como un escudo necesario y empiezan a verlas como un estorbo para sus deseos inmediatos.

Luego, está la simbiosis entre plutocracia y demagogia. Polibio es muy preciso aquí: ¡La rueda no salta de la democracia sana a la oclocracia porque el pueblo se vuelva loco de repente! El proceso empieza cuando los ciudadanos más ricos y ambiciosos, compitiendo ferozmente por los cargos y el prestigio, descubren que la vía más rápida al poder es adular y cebar las pasiones de la multitud, acostumbrándola a recibir promesas imposibles, agravios identitarios o dádivas a cambio de su voto.

Y, ¿qué me dicen del ágora algorítmica (la emoción sustituyendo a la deliberación)? Para Polibio, la diferencia entre democracia y oclocracia no es cuánta gente vota, sino qué gobierna la mente de quienes votan: en la democracia mandan la ley, el respeto a los pactos y la deliberación pausada; en la oclocracia mandan el impulso (hormē), la ira y el resentimiento. El sistema que diseñaron Madison y Polibio (como el Senado o los tribunales) estaba pensado para «enfriar» las pasiones populares mediante el tiempo y la distancia. Hoy, la economía de la atención y las redes sociales hacen exactamente lo contrario: premian la indignación instantánea, destruyen el matiz y convierten a los representantes políticos en rehenes del aplauso o del linchamiento digital diario.

Para acabar de rematar, ahí está la erosión de los frenos: Cuando la polarización llega a un punto en que la mitad de la sociedad ve a la otra mitad no como un adversario político legítimo, sino como un enemigo existencial, los contrapesos constitucionales dejan de funcionar. En lugar de que el Parlamento controle al Ejecutivo y los jueces vigilen a ambos, cada bando intenta capturar los tribunales, forzar los reglamentos y gobernar por decreto para aplastar al contrario. Es el momento exacto en que Polibio dice que la república «tiene el nombre más bello de todos (libertad y democracia), pero en la práctica se encamina hacia la peor de las realidades».

Para Polibio, el punto de no retorno de la oclocracia llega cuando la multitud, harta del bloqueo institucional y embriagada de su propia rabia, encuentra a un «líder audaz y despótico» (despotēs kai mónarchos) al que entrega todo el poder para que pase por encima de las leyes en su nombre, cerrando el círculo y devolviendo la rueda a la casilla uno: la monarquía o tiranía.

Ahora, echemos un vistazo a las redes sociales y de noticias de la actualidad, a los influencers y tiktokers más famosos. Vayamos de la Fox News a Tucker Carlson, o de Newsmax TV a Laura Ingraham o Joe Rogan. Miles de creadores de contenido, preocupados a un tiempo por mantener sus índices de audiencia y sus imperios económicos. De la red X al más famoso de los magnates, y su actual propietario, Elon Musk. ¡El propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se ha convertido en un influencer! 

Sin embargo, hay una razón de peso para no caer en el fatalismo de pensar que la rueda es imparable. A diferencia de la Roma del siglo II a. C. —que no tenía experiencia previa de cómo caía una república mundial ni mecanismos pacíficos de reforma social—, las democracias modernas cuentan con anticuerpos institucionales mucho más densos (constituciones escritas, derechos fundamentales blindados, descentralización federal o autonómica y sociedades civiles alfabetizadas) que fueron diseñados precisamente porque sus creadores habían leído a Polibio y sabían dónde estaban las grietas.

Y cualquier ciudadano moderno tiene acceso a mayor cantidad de información y capacidad de juicio que jamás antes en la historia. 

¿Será suficiente para detener la rueda?

sábado, septiembre 13, 2025

Mi jefe

No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Durante más de veinte años, he estado trabajando en una empresa multinacional, pero a las órdenes de un solo individuo. Un individuo con el que no ha habido forma de congraciarse. Esas cosas pueden pasar, está claro. Pero, que la recta final de tu carrera profesional dependa del humor de un solo individuo, eso... debería estar prohibido. El caso es que ha llegado la hora de decir adiós y de intentar olvidar todos los agravios, todas las putadas que este individuo me ha prodigado desde el primer día que me tuvo bajo su mando. Sí, olvidar, pero no antes de dejar aquí constancia de lo que pienso de esta persona y el entorno que hizo posible que medrara tantos años.


Muchos de los artículos que he escrito aquí están inspirados en mis propias experiencias dentro de esta gigantesca nave que en la que he trabajado durante más de dos décadas. Enorme, caótica en su estructura, llena de denominaciones incomprensibles que permiten la pervivencia de mucha gente cuya única ocupación es juzgar a los que caen bajo su supervisión, y adular a sus supervisores.

Este era el caso de mi jefe, al que no nombraré aquí por no darle un protagonismo que no se merece. Solo me referiré a él así, como «mi jefe», aunque eso represente un descrédito del término. Pues bien, mi jefe es una persona que ha ido subiendo escalones en la jerarquía sin talento ni formación, pero con la desvergüenza suficiente para ejercer un estilo de mando basado en favorecer a quienes le caen bien y perjudicar a quienes no. Ser una mujer joven, por ejemplo, es un buen principio para caer en el primer grupo.

Desde el día uno le garanticé que yo, a pesar de tener más formación y experiencia directiva en fábricas, no era ninguna amenaza para él, porque había tenido la desgracia de ser contratado en una delegación de provincias, lejos de la central madrileña. Además, jamás he tenido la menor intención de progresar en una carrera profesional tan poco creativa como la del controller financiero. Si yo asumí esa posición durante muchos años fue solo por el estúpido impulso de tener una profesión estable con la que defenderme de reproches.

Pero nada de eso no fue suficiente. Pronto me hizo saber que yo no era un "hombre de ese empresa". Más bien, un "verso suelto". En realidad, un verso que intentó denodadamente suprimir, o al menos impedir que se escuchara. Fueron muchos años de saberme tolerado, jamás aceptado. Y mira que lo intenté todo. Fui obediente y callado. Fui rebelde y audaz. Eficaz y discreto. Supongo que más de una vez no alcancé la barra, e incluso fui adulador, sí. Lo fui. Tan solo quería hacer mi trabajo y conservar el empleo. Aun así, diseñé muchas de las herramientas que aún se usan para el control financiero. Y lo hice por encontrar algo de estimulo creativo en un agobio cada vez mayor de tablas e informes sin autor. También por ayudar a mis compañeros a sobrellevar sus propios agobios.

De esta forma, este verso suelto se pasó dos décadas revolviéndose en su pequeña mesa de trabajo, ante su pantalla y sus infinitas hojas de cálculo, diseñadas para informar a alguien de algo, cuando era patente que muchas veces no había nadie al otro extremo. Para cada acierto, silencio. Para cada error, veinte dedos acusadores. Pero nunca lo suficientemente acusadores como para provocar mi despido. En primer lugar, porque jamás merecí un expediente disciplinario. No cogí un solo día de baja. Regalé muchos días de vacaciones. Hice las cosas que correspondían a mi perfil, y también hice otras que no,  pero que eran necesarias. Además, el director general, un tipo por el que siempre sentí respeto y una profunda simpatía, consideraba que tenía algún tipo de deuda o afecto conmigo de una etapa anterior que le impedía dejarme completamente desprotegido ante mi jefe directo. Pero esa deuda, al parecer, no era tan grande como para, además, tomarse el esfuerzo de promocionarme. Así que viví entre dos aguas durante dos décadas.

Nada de lo que hice mereció jamás su aprobación de mi jefe. Luego, se desdobló en dos, con la incorporación de un personaje formado en su escuela de mando: presión y desconfianza. Y hasta pocas semanas antes de mi despido, ¡tuve tres jefes! El tercero, basado en Portugal, en tres años jamás llegó a visitar mi oficina en Barcelona, y apenas tuve oportunidad de coincidir con él en persona. Mucho de lo que de mi aprendió este tercer jefe lo debió aprender de un ayudante suyo, a quien colocó de cuarto jefe sobre mi, un joven voluntarioso pero sin capacidad de decisión. Pero quien más influyó en su visión de mí fue mi ínclito... primer jefe. Así es como pude resistirme y pelear pero jamás rasgar la tela de araña que me mantuvo a merced de una sola persona desde 2003 hasta la actualidad.

Sí, pude haber solicitado un traslado. Pero desde una oficina provincial no hay muchas opciones de promoción. 

Sí, pude haberme despedido, buscar otro curro, montar una empresa, etc. Pero tenía una hipoteca. No lo hice y no sirve de mucho lamentarse ahora. Y no me lamento. Solo miro las heridas que tantos años de acoso han dejado en mi espíritu.

Querido Luís... ¡suerte!

viernes, febrero 21, 2025

Meme politics

Que la maldad existe, lo sabemos. Y, ¿qué me dicen de la codicia? La codicia es una realidad tan palpable como las rocas que forman el macizo de Montserrat. También, la mentira. Y el cinismo. Y muchas otras cosas feas. Pero son conceptos. Y los manejamos con palabras. O los manejábamos. Porque eso ya no está de moda. Escribir en un blog ya no mola. Hoy usamos memes.


Los memes, esas representaciones satíricas y caricaturescas de la realidad, son la quintaesencia de la lucha por el relato, que ya no se libra en las redacciones de los diarios, o las cadenas de televisión, sino en los data centers de las plataformas sociales. Los magnates tecnológicos han dejado de considerarlas un contrapoder. Ahora SON el poder. No son ya necesarios aburridos debates, habilidades retóricas, conocimientos profundos de un tema. Basta con recordar que son los impactos lo que queda en el imaginario de la gente. Al menos durante los segundos que transcurran hasta el siguiente impacto.

Así que la teoría indica que los impactos, que los memes, deben ser continuos. La idea, sea la que sea, debe deslizarse en el sistema límbico del sujeto —que es donde dicen que se crean las emociones—, y saturarlo hasta bloquear el paso a la razón completamente. Bloquearlo hasta dejar insensible al sujeto al pensamiento lógico. Como la razón suele localizarse detrás de la frente —y lejos del núcleo cerebral, mucho más primitivo e imbricado en nuestro comportamiento—, es relativamente fácil sabotearla. El método más usual es excitar las emociones mediante la repetición, la exageración y la falsedad. Si se pone suficiente empeño, se consigue polarizar a cada individuo, y hacerlo dimitir de su condición de ser racional. Luego, ya se puede hacer con él lo que se quiera.

Por ejemplo, se le puede hacer creer a alguien que la victima de una invasión es el agresor. O que los aliados son el enemigo (y los enemigos, amigos). O que subiendo aranceles se bajan los precios, o que despidiendo gente se protege la libertad, o que las vacunas no funcionan y son una conspiración, o que extorsionar e intimidar demuestran excelencia negociadora. ¡Se les puede incluso convencer de que el gobierno de los oligarcas, que llegaron a serlo por su capacidad para hacerse con lo de los demás, les hará también a ellos ricos!

Pues sí, los memes infinitos son la forma en que los grandes manipuladores construyen mayorías que solo duran lo que duran las elecciones. Y las construyen desde los bolsillos de los ciudadanos, cuyos teléfonos móviles se han convertido en eficaces imprentas de memes que llegan a todo el mundo a todas horas, sin cesar.

Sí, bienvenidos al mundo de la Meme politics.


lunes, febrero 17, 2025

Sin referentes

Asistí el otro día a una charla de promoción de la niña en la ciencia. Fue un poco vergonzoso por la escasa asistencia, compuesta esencialmente por gente mayor sin infancia a su cargo. Pero la charla en sí estuvo bien. La ponente tenía gran capacidad para transmitir información de forma más o menos indolora, y mostraba gran entusiasmo. Pero el mensaje central de la charla era cómo animar, cómo motivar a las niñas a ser científicas. No influencers, no mujeres-objeto. Científicas, investigadoras. Carne de libro de historia. Y el truco esencial era ofrecer a la niña un referente cercano. Sí, porque el mundo no ofrece hoy referentes lejanos.


Imagina que tienes un niño al que debes convencer de las bondades de ser bueno, respetar las leyes y ayudar desinteresadamente al prójimo. Lo más normal es que el niño, si se ha fijado ya en alguien, sea en algún deportista o youtuber. En alguien sin mucha profundidad moral. No es que sean personas inmorales o amorales. Es que, para su profesión, la moral no tiene mucha aplicación. Es decir, son como una calle sin salida. Recae entonces sobre los padres encarnar ese rol. Serán los padres quienes tendrán que demostrar a sus hijos mediante el ejemplo personal que ser bueno y seguir los evangelios es rentable para ganar la vida eterna. Y que, incluso en el caso de no serlo, sigue siendo necesario, siquiera sea sólo para honrar la memoria de tus ancestros; para ganar paz de espíritu.

Pero es que ya no se trata de que los padres no encuentren referentes. Es que los hay, y muy relevantes, ¡pero negativos! 

La política y los negocios se encargan de demostrarnos diariamente que no importa cuántos crímenes cometas, porque tu honorabilidad sólo depende de tu fuerza. Por ejemplo, estos días vemos como representantes de una oligarquía asesina se reúnen en casa de otra, convocados por un delincuente convicto, para intimidar y coaccionar a un país pobre para que acepte ser agredido y expoliado. Y todo ello mientras nuestros representantes democráticamente elegidos corretean de un lado para otro intentando demostrar unidad.

Sería divertido si no fuera porque hablamos de millones de vidas destrozadas por la codicia de una élite que hipnotiza a sus ciudadanos con una retórica cargada de mentiras. Sería divertido si no fuera porque nuestros hijos lo ven. Buscan patrones para triunfar, para ser aclamados por la multitud. Y lo que encuentran son personajes vociferantes, arrogantes, que se burlan de las leyes o las dictan a su antojo. Personajes que todo lo fían al poder del dinero. Como ignorando que hasta el más poderoso puede sucumbir a la más vulgar de las afecciones humanas. 

No, no es tiempo de decirles a nuestros hijos que la justicia siempre gana. No es así. No al menos en la época que nos ha tocado vivir.

Es mejor quizá decirles que, por el momento, no hay referentes.

lunes, enero 27, 2025

Entre un psicópata y un narcicista, ¿qué escogerías?

La geopolítica se ha convertido en escoger el mal menor. Oriente parece dominado por personalidades fuertes, muy fuertes, autocráticas, incapaces de conectar emocionalmente con sus ciudadanos. Occidente se ha entregado a narcisistas mesiánicos, que precisan de la exposición permanentemente en televisión y redes sociales. En medio, el ciudadano de a pie, mira incrédulo, horrorizado, sin saber qué ha sido del sentido común.


¿Quién podría hacer tratos con estadistas que consideran el uso de la fuerza como un signo de inteligencia? ¿Quién confiaría en sistemas políticos que invierten el sentido de marcha cada cuatro años? Estamos en la dictadura de las emociones, la llave para manipular masas fácilmente. Y de todas, el miedo es la más eficaz. Unos prometen regresar a paraísos perdidos, imperios del pasado, o artículos tan evanescentes como la libertad. Así es como Gran Bretaña se engañó a sí misma con el Brexit. Así es como Rusia ha ido sumergiéndose en una espiral de conflictos que la han ido alienando como potencia. Así es como Estados Unidos de América, incluso tras cuatro años de desastrosa experiencia previa, ha entregado aún más poder a Donald Trump.

Las redes sociales han amplificado el poder que la televisión otorgó a los políticos desde su inicio. En lugar de favorecer la verdad, han multiplicado la manipulación. No, esta situación no es la "reacción de la derecha" a ninguna "infección de la izquierda", como he oído por ahí. Izquierda y derecha usan el populismo una y otra vez. Acaso la única diferencia sea la medida en que ambas se apoyen en la cosa pública.

Proporcionar dos datos correctos no aumenta la probabilidad de que el tercero lo sea. El ciudadano común no debería renunciar a su sentido común para abrazar ideologías que le prometen simplificar su toma de decisiones. Inmigrantes, ¿sí? Inmigrantes, ¿no? Aborto, ¿sí? Aborto, ¿no? Impuestos, ¿sí? ¿no? Está claro que la burocracia no es buena para ninguna sociedad. Tampoco puede serlo dar rienda suelta a la iniciativa empresarial sin control, cegada por los beneficios a corto plazo.

El turismo sanitario hacia países con seguridad social puede hacer tambalear el mismo edificio de la sanidad universal, pero la respuesta no puede ser entronizar la sanidad privada.

Está claro que los análisis cuantitativos no son la panacea cuando se buscan soluciones a problemas sociales o políticos, pero cegarse por discursos simplistas sobre la libertad, renunciando a las perspectivas a largo plazo, puede ahondar el problema. Es verdad que muchos políticos gozan de extraordinario poder sobre enormes cantidades de dinero, sin haber acreditado nunca el más mínimo talento para generar riqueza. Pero también es cierto que los empresarios lo son porque prefieren el beneficio individual al colectivo. Puede que durante cierto tiempo mantengan la ilusión de que ambos pueden coexistir, o incluso apoyarse mutuamente. Antes o después, sin embargo, el empresario deberá escoger entre uno u otro, y su impulso primero se revelará con toda su fuerza. Y es que no se puede despedir o dirigir ciudadanos con la misma facilidad que trabajadores.

Entre un psicópata y un narcisista, escoge siempre la razón. Es solo un consejo.

jueves, enero 02, 2025

Elegía del profesor Joan Guinovart

El 28 de febrero de 2014, unos padres atribulados le escribían un breve correo electrónico al célebre profesor Joan Guinovart en busca de orientación académica para su hija, a pocos meses de decidir qué carrera universitaria seguir. Guinovart había fundado años antes el Institut de Recerca Biomédica de Barcelona, y formaba un tándem muy reputado con Joan Massagué, uno de sus más afamados discípulos. Las probabilidades de que ni siquiera respondiera eran altas. Sin embargo, pocos días más tarde, toda aquella familia ─la mía─ se sentaba frente a él en una de las salas de juntas de su querido IRB. Era el inicio de una carrera de éxitos.


De eso hace, ¿cuánto? En un par de meses, serán diez años. Y sin embargo, recuerdo una de las preguntas que le disparó a nuestra querida hija: «¿Por qué quieres ser investigadora?»

No voy a idealizar la figura de Guinovart más allá de lo mucho que ya lo han hecho las personas que lo trataron. Es posible que la pregunta formara parte de una batería de preguntas y respuestas formuladas y escuchadas para innumerables aspirantes antes que nuestra hija. El caso es que la magia volvió a funcionar. Salimos de aquella primera entrevista, una tarde de invierno de 2014, con una serie de ideas que la experiencia ha ido confirmando con el paso de los años. Guinovart no solo había salido a buscarnos personalmente a la entrada de su Instituto, donde durante el día trabajaban cientos de investigadores a su cargo. También le había ofrecido a nuestra hija una estancia de prácticas para ese mismo verano. Intentaba así remediar desde su posición la endémica falta de apoyo al talento científico entre los jóvenes. Aunque luego habría más oportunidades para nuestra hija de tratar con él, aquella sería la primera de muchas líneas en su brillante currículum académico.

Ahora no quiero extenderme mucho. La noticia de su muerte en la madrugada del primero de enero del 2025 me ha cogido por sorpresa y no tengo palabras para expresar la tristeza y el sentimiento de injusticia que me causa su prematura marcha a los 77 años.

Querido Profesor Joan Guinovart, capitán de varias generaciones de jóvenes talentos, hasta siempre.

miércoles, diciembre 18, 2024

¡Eh, Jefe! ¡Cuida de tus empleados!

Durante la mili ─el servicio militar obligatorio en España hasta finales del siglo pasado─, a muchos reclutas les tocaba hacer guardia. Y había que estar atento... a tu espalda. Era bien sabido que, en tiempo de paz, el peligro para el guarda siempre venía de dentro. Como en las empresas.


El problema es que así no importa cuántos guardas tengas. El enemigo siempre te va a sorprender. Puedes ser un jefe con un conocimiento mayor o menor del trabajo. Tú mismo puedes ser más o menos trabajador, o dar ejemplo con tu dedicación. Pero convertir a cada subordinado en un verdadero colaborador va a requerir algo más. Y es que los subordinados pueden temer a un jefe exigente, pero el miedo, a diferencia de la gratitud, es acumulativo. Termina por llegar el día en que la persona encuentra la forma de vengarse, de liberarse de esa amenaza en que, como jefe, te has convertido.

Así que para ser un buen líder, lo mismo que para vender un coche, lo importante es atender a los sentimientos de las personas que te rodean. Y para atender a esos sentimientos, no hay mejor método que identificarte con ellos, y dejar que ellos se identifiquen contigo. Sin hacer distingos entre los de mayor o menor capacidad, entre viejos o jóvenes, entre uno u otro sexo (o género). Porque lo que hagas a unos será percibido por el resto en clave personal. A veces con resultados inesperados.

No es necesario que lo diga ningún estudio de la Harvard Business School: Trata bien y por igual a todos cuantos te rodean.

Si están por encima tuyo, necesitarás su apoyo para subir. Si están por debajo, los necesitarás tú para no caer.