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lunes, mayo 20, 2013

Aguja


No hay pajar demasiado grande para la eternidad.



CUENTO DE HADAS
En esa tarde de primavera, el hayedo parecía algo así como el escenario de un cuento de hadas en el que flotaran millones de estrellas de luminiscente verdor, encendidas todas por el sol del ocaso sobre un manto ocre de hojas caídas.

A otros, el lugar les inspiraba temor y no faltaba quien juraba haber adivinado sombras y voces entre la niebla que frecuentemente invadía aquellos parajes. Pero Sebastian lo consideraba su hogar al cabo de tantos aniversarios recorriendo sus veredas y acariciando cada tronco y cada piedra de la mano de Sarah, su prometida.

A veces, los dos se quedaban charlando, abrazados hasta que la oscuridad lo envolvía todo, completamente ajenos al misterio que les rodeaba. Entonces, y sólo entonces, Sebastian se despedía de Sarah con un beso emocionado y cargado de sentimiento, y volvía a su monótona vida en el pueblo.

Hoy, los pasos de Sebastian por la arboleda eran inseguros y su mirada rehuía la de Sarah. No sabía cómo plantear lo que venía a decirle, pero ya no quedaba tiempo para más. Por fin la sujetó del brazo y la encaró con gravedad.

—Quizá al final no pueda encontrar tu aguja —le dijo.
—¿Por qué no? Aún hay muchos lugares en los que no hemos mirado —replicó alegremente la muchacha.
—Hay millones de lugares en los que no hemos mirado, Sarah, pero a este viejo corazón mío se le está acabando la cuerda...
—Me estas asustando. Ya sabes que no me gusta cuando te pones dramático. Si lo que quieres es dejarme, sólo tienes que decírmelo —interrumpió Sarah.
—Trato de ser realista y ver qué podemos hacer si no aparece.
—Pues… ¿qué vamos a hacer? Seguir buscando, supongo.

Sebastián sonrió tímidamente y la estrujó entre sus brazos.

—Me pediste que lo encontrara para tí, pero he sido incapaz. Podría ser que fuera lo mejor —añadió tristemente, mientras mantenía la cabeza de Sarah apoyada en su pecho.
—No te aflijas, cariño. Aparecerá. Esa aguja es muy importante para mí y no puedo irme sin ella. Si me quieres, lo comprenderás.
—Sarah, tu hermana y tus padres hace mucho que abandonaron este bosque —replicó Sebastián—. ¿Recuerdas a la Señorita Vickers? ¿A la adorable familia Jones? Y a aquellos chicos que jugaban al fútbol… ¿Cómo se llamaba su equipo? Pues bien, todos se han ido yendo y ahora te has quedado completamente sola.
—Nunca estoy sola. A veces me siento triste porque me gustaría ver a mi hermana, pero tú siempre estás a mi lado y no me importa quedarme aquí hasta el fin de los tiempos si tú eres feliz —y la muchacha le dedicó una de sus luminosas sonrisas—. Además, el capitán Neal no se ha ido. Sigue por ahí musitando cosas incomprensibles. De nada ha servido que todos le perdonáramos.
—Yo, sin embargo, no puedo ser feliz imaginándote vagando entre la niebla. Tus pies están fríos y tu aliento se congela.
—Ya no queda mucho, darling. Pronto nos reuniremos para siempre.

«Para siempre.»

Estas palabras sonaban en los oídos de Sebastián como un bálsamo que calmara todas sus heridas.

INFIERNO
El descubrimiento de los restos del avión de pasajeros inglés desaparecido el día anterior había corrido como la pólvora por el pequeño pueblo de Arbucias, al pie de la sierra del Montseny. Habían estado buscándolo por Sabadell —la última posición conocida— e incluso en el mar frente a Mataró, hasta que el sábado por la mañana alguien lo atisbó desde el aire en una ladera cerca del pico de Les Agudes.

Enric, un joven periodista aficionado, había decidido que no podía estrenar de mejor manera su nueva cámara que cubriendo aquella noticia. Subió desde el valle siguiendo el rastro de vehículos por la estrecha y enrevesada carretera de montaña hasta un punto en el que era preciso internarse en el bosque descendiendo por un empinado camino.

Mucho antes de llegar, un penetrante olor que el joven no supo definir hacía presagiar un escenario sobrecogedor. La zona parecía tomada completamente por los militares y, sin poder acercarse al punto cero del hallazgo, dudó qué hacer. Frente a él, un joven recién llegado estaba siendo retenido por algunos policías. Permanecía en silencio, pero su rostro aparecía transido por el dolor.

Al poco, llegó hasta la entrada del camino un vehículo oficial transportando un militar de alto rango. Enric no dudó en fotografiarlo sin reparar en que sus propios pantalones azules parecían corresponder al uniforme del recién llegado. Quizá por todo eso, los militares que custodiaban la zona dieron por hecho de que el joven pertenecía a su comitiva oficial y le franquearon el acceso al camino. Enric traspasó la barrera sin preocuparse más por el chico que dejaba atrás.

Dentro del perímetro, la actividad era febril. Las brigadas llevaban horas buscando restos humanos entre niebla y humeantes piras para introducirlos en bolsas de plástico transparente que luego depositarían en el único medio de transporte disponible, un camión de la basura. Era menester recoger todos los restos antes del amanecer del día siguiente, domingo, y llevarlos al cementerio del pueblo más cercano, Arbucias. Los soldados, en su mayoría cumpliendo el servicio militar obligatorio, no estaban preparados ni física ni mentalmente para acometer semejante tarea y deambulaban entre los escombros conteniendo las nauseas.

Enric empezó pronto a toparse con restos de la tragedia dispersos entre la vegetación; por doquier podían encontrarse fragmentos del fuselaje y piezas, pero ninguno muy grande. Algunas ropas de vivos colores aparecían colgando de las ramas, y en el suelo, maletas abiertas, zapatos y toda suerte de objetos daban al paisaje un aspecto irreal. Por fin, Enric se cruzó con los primeros restos inequívocamente humanos —apenas algunos trozos de incierta procedencia cubiertos a veces con girones de ropa— y una amarga y negra angustia emergió súbitamente desde su estómago. A su alrededor, apenas podían contarse un puñado de cuerpos enteros en un mar de restos dispersos, algunos carbonizados y difícilmente reconocibles. Sin embargo, no dejó de apretar el botón del obturador de su cámara con frialdad casi profesional. Fue tomando así imágenes de cuanto veía y postergando para más tarde la labor de asimilar el horror que mantenía atenazado su corazón. Y procuraba también no pisar nada.

Las brigadas ampliaban su área de acción en busca de restos humanos ocultos entre la vegetación mientras algunos agentes de la Guardia Civil recogían relojes, joyas, dinero y cualquier otro objeto de valor que de otra forma pudiera ser robado por alguien sin escrúpulos.

Después de un cierto tiempo vagando por la arboleda, el joven se topó con un grupo de hombres aserrando el tronco bañado en sangre de un alto haya. Cuando Enric alzó la vista, le sobresaltó más allá de lo imaginable el cuerpo desnudo de una mujer joven entrelazado entre sus ramas. Su cuello parecía seccionado pero su rostro reflejaba una horrorosa inexpresividad, como dormido. Un humilde alfiler de plástico azul seguía prendido de un mechón dorado de cabello que ocultaba parcialmente sus aniñadas facciones. Por lo demás, el resto de su cabellera se ondulaba libre al viento como el trigo en verano.

A diferencia de las muecas macabras que la muerte había dibujado en las facciones de los otros, a Enric le sobrecogió la serena belleza de aquella aparición. No encontró sin embargo fuerzas para fotografiarla y la condenó a hundirse en su memoria.

«Tuvo que venir desde allí. Iría aún muy rápido, bajando suavemente y con el tren de aterrizaje aún plegado, cuando se topó entre la niebla con la montaña», oyó Enric explicar a alguien mientras trataba de abandonar el lugar. Había agotado dos carretes de fotos, todo su material.

Aquella noche Enric se la pasó en blanco, sudando y dando vueltas en su cama. El domingo por la mañana se levantó temprano para dirigirse sin desayunar al pequeño cementerio del pueblo. Allí le sorprendió la presencia de forasteros enfundados en guantes y batas blancas. Se trataba de un patólogo militar inglés y sus ayudantes. Iban extrayendo con británica flema los restos humanos que habían recolectado el día anterior; luego contaban las cabezas que iban apareciendo y a continuación lo devolvían todo a las bolsas para depositarlas finalmente en una pequeña fosa común excavaba a toda prisa a la entrada del cementerio.

A la vista de aquello, Enric revivió el horror del día anterior con más intensidad si cabe porque ahora no tenía una cámara fotográfica cuyo frío objetivo pudiera servirle de escudo. Y aquel olor que le perseguía…

Cuando los hombres de las batas blancas finalizaron su macabra contabilidad, el recuento de cabezas se detuvo en la cifra de 113; este número representaba una persona de más respecto a la lista de pasajeros que había facilitado la compañía aérea, pero esta discrepancia no se divulgó ni tampoco se volvió a contar nada. Bien pudo contarse por duplicado lo que no era más que un único cuerpo, o bien se trataba de algún viajero de última hora, o incluso un desventurado excursionista. De ser así, alguien en algún momento denunciaría una desaparición.

Así que, habiendo descartado repatriar los cuerpos ante la imposibilidad de identificarlos con alguna fiabilidad, se decidió que aquella misma tarde el párroco del pueblo y un pastor anglicano oficiaran conjuntamente una misa y se les diera a todos sepultura en aquel pequeño terrón de tierra a las afueras de aquel pequeño pueblo del Montseny.

Así se hizo, teniendo como testigos a algunas autoridades de menor rango y una pequeña nube de feligreses, turistas y curiosos que atestaban las angostas calles del cementerio. Pocos familiares habían llegado a tiempo al acto. Como un invitado silencioso, el misterioso castillo de Montsoriu parecía observarlo todo desde su lejana atalaya.

Mientras, la crónica de la catástrofe del joven Enric —al que pomposamente La Vanguardia llamaba «nuestro corresponsal en Arbucias»— se había hundido desde la portada del sábado hasta la página 29 del domingo.

La vida seguía.

ENCUENTRO EN LA NIEBLA
—¡Mira, abuelo!—Y la pequeña le mostró una pequeña pieza de plástico azul—. ¡Me la ha dado un hada!

Enric no había regresado a ese paraje desde aquel día de verano de 1970. Había pasado ya mucho tiempo —toda una vida, en realidad— y parecía haberlo olvidado casi por completo. Pero este domingo algo le había hecho escoger aquel lugar precisamente para pasear con su nieta. Había insistido en llevarla hasta allí en busca de un pequeño tesoro que algún aficionado a los tesoros había escondido cerca del monumento que los vecinos habían erigido a las víctimas al poco de producirse el accidente.

—¿Y dónde está el hada? —preguntó socarronamente el abuelo.
—Oh, estaba allí, bajo aquel árbol —la pequeña señaló hacia un alto y joven haya.
—Pero ahora no lo sé. Ya se ha ido —añadió inocentemente con cara de desilusión.

El hombre examinó la pieza de plástico mientras la pequeña volvía a corretear por los alrededores. Era una de esas agujas que las mujeres utilizaban —a modo de hebilla y con la ayuda de un pequeño aro— para recogerse el pelo; hacía ya muchos años sin embargo que no se usaban. Jugó con ella y a continuación miró al árbol donde su nieta dijo haber visto el hada: su tronco parecía haber brotado de un tronco más antiguo que hubiera sido cortado de raíz. Sus ramas se mecían a la brisa del mediodía como los cabellos de una mujer, y Enric repitió esta operación algunas veces, mirando alternativamente al pequeño objeto de plástico que sostenía entre los dedos y al árbol, tratando de unir los puntos.

Algo pugnaba por salir a la superficie desde lo más profundo de su memoria, pero le inquietaba la idea de que se tratara de una imagen que él mismo hubiera condenado mucho tiempo atrás al olvido.

Se metió la aguja en el bolsillo, y de repente el fragor de un trueno que  no cesaba recorrió la arboleda, como si un avión de pasajeros se aproximara a toda velocidad en curso de colisión. Enric se cubrió instintivamente la cabeza refugiándose tras el árbol. El ruido cesó de repente y un penetrante olor invadió el lugar. Era el olor de una pestilente mezcla de excrementos, sangre y keroseno recordándole estar en aquel mismo lugar mucho, mucho tiempo atrás. Alzó por fin la cabeza y le pareció ver un líquido oscuro descendiendo a lo largo del tronco. No se atrevió a averiguar de dónde caía porque el horror ya se había apoderado de él.

Buscó nerviosamente la aguja en su bolsillo y la arrojó al lado del árbol, como devolviéndosela para conjurar algún tipo de maldición.

En respuesta, una ráfaga de aire barrió violentamente el bosque y a continuación una espesa niebla oscureció el cielo y todo se sumergió en la bruma, excepto el árbol que tenía ante sí. Pero el hombre le dio la espalda temblando de miedo, y ordenó a su nieta regresar a toda prisa. Enric había oído muchas historias sobre los espectros del avión inglés que vagaban por aquellos parajes sin siquiera saber que estaban muertos. No creía nada de todo aquello, pero ahora no podía negar hallarse al borde del pánico.

—Venga, vámonos, que va a llover —le ordenó imperioso a la pequeña, asiéndola fuertemente de la mano.
—¡Pero, abuelo, el hada está en el árbol! A lo mejor no quiere quedarse sola… ¡Por favor, abuelo!—pero Enric tiró de la niña sin mirar atrás hasta alcanzar la carretera.
—¡Mírala, mírala! —continuó la pequeña.

En el camino de vuelta a Arbucias, la bruma era tan espesa que Enric tuvo que conducir extremadamente lento, y le pareció ver una sombra observándole impávida desde una de las curvas. Era la figura de un hombre vestido de uniforme.

Enric no contó nada a nadie por miedo a que lo tomaran por loco, pero se juró no regresar jamás.

DESPEDIDA
—Hoy he traído una cosa para ti. ¿Sabes? Creo que éste es el día más feliz de mi vida —y Sebastián le mostró a Sarah el pequeño objeto sobre la palma de su mano —. Estaba al lado de nuestro árbol. ¡Cómo pude no verlo en todo este tiempo!
—Oh, por fin… ¡Lo has encontrado para mí! Pero no te culpes por la tardanza. A veces, las hadas del bosque son traviesas…
—¿Podemos irnos ya? —le preguntó Sebastián.
—Sí —y Sarah extendió su mano, ahora cálida y suave, para entrelazar sus dedos con los de Sebastián.

UNA HISTORIA COMO TANTAS
—¿Sabe usted dónde puede estar su hermano? —preguntó el policía a la mujer.
—Tengo una idea... Es un punto concreto en la sierra del Montseny, a una hora de aquí, más o menos.
—Y, ¿qué tiene de particular ese lugar?
—Se trata de algo que sucedió hace más de cuarenta años. Un avión de pasajeros inglés se perdió en la sierra cuando estaba a punto de aterrizar en Barcelona y se estrelló contra la ladera de una montaña. No sobrevivió nadie. Durante décadas, los que conocían donde pasó mantuvieron discreción para no atraer gente… rara. Pero ellos mismos fueron recolectando restos —piezas, trozos de ropas, envases y zapatos— y dejándolos al pie del monumento funerario que pusieron allí. Acabaron formando una especie de pequeño vertedero. Yo no le encuentro ningún sentido, y además me parece sórdido.

La mujer continuó:

—Mi hermano sube a pasear por allí con mucha frecuencia.
—¿Por qué? —le preguntó el funcionario.
—Sebastian tendría 17 años y trabajaba de camarero en Calella cuando conoció a Sarah, una chica inglesa que veraneaba allí con su familia. Se trataba de un matrimonio con dos hijas, gente humilde que trabajaba todo el año para pagarse dos semanas en España. Y Sarah era la mayor, una niña muy mona, rubita con los ojos azules como una muñeca, pero muy decidida y madura para su edad. Ella y mi hermano se enamoraron inmediatamente. Se prometieron en secreto y antes de separarse se juraron el uno al otro reunirse al año siguiente. No hablaba de otra cosa y se puso a ahorrar. Nuestra madre había muerto hacía unos años y vivíamos con nuestro padre, pero el pobre hombre era un alcohólico y Sebastián no le soportaba. Mi hermano quería casarse. Planeaba irse a vivir a Inglaterra y labrarse un futuro… Como si allí ataran los perros con longaniza, ¿no le parece? Una historia como tantas, seguramente.

—Entiendo —respondió el policía.
—Pero esa fue la última vez que se vieron mi hermano y la chica —continuó la mujer—. Era el verano de 1969, creo. Al año siguiente, ella, su hermana y sus padres murieron en ese avión cuando estaban a punto de llegar a Barcelona. Y desde entonces, fíjese usted….
—¿Su hermano tiene alguna enfermedad mental?
—La verdad es que, desde aquel día, no volvió nunca a ser el mismo. La obsesión destruye las personas. Pero, que yo sepa, no está enfermo.

El policía tomó nota e informó por radio. «Las personas mayores hacen a veces cosas raras», pensó. Se marchan en busca de otras personas desaparecidas y se pierden ellos mismos al olvidar dónde viven o a dónde se dirigen.

UNA HISTORIA VERDADERA
Sebastian no había olvidado nada, y recordaba vívidamente cada minuto del verano de 1969. En realidad, no paraba de recordarlo a todas horas. Recordaba con que firme dulzura y con qué dulce firmeza ella le entregó el primer beso después de decirle mirándole a los ojos: «Sé lo que estoy haciendo y deseo hacerlo». Recordaba también aquel último día en el que no quiso despedirse de su prometida sin darle algún obsequio, y le hizo entrega de una aguja para el pelo. Sebastián jamás pudo olvidar como, con movimientos que denotaban femenina destreza, con ella Sarah se apartó del rostro un mechón de su rubia cabellera y le sonrió con sus grandes ojos azules cubiertos de gruesos lagrimones mientras ambos se despedían abrazados en aquella barca varada en la arena. Le prometió que, en símbolo de fidelidad, aquella aguja recogería su pelo hasta que él no pudiera quitársela de nuevo con sus propias manos. Luego, se separaron entre sollozos.

Pero la tristeza de Sebastián por aquella separación duró poco. Ella le escribió inmediatamente desde Inglaterra y ya no dejaron de intercambiarse cartas durante el resto del año, esperando ansiosamente la llegada de un nuevo verano.

Finalmente, ella le escribió contándole que llegaría a Calella la noche del viernes 3 de julio y lo citó en la barca de la playa donde solían besarse y acariciarse durante horas.

La tarde de ese día, Sebastian fue a ayudar como de costumbre en el bar de su tío, tratando de ocultar la enorme emoción que le producía el reencuentro con su amada. Era tanta su dicha que Sebastián no paraba de sonreírle a todo el mundo con una tonta expresión de felicidad.

Sin embargo, de repente, mientras atendía a un cliente, Sebastián se quedó sin habla, inmóvil con la mirada fija en un reloj de pared. Había derramado la cerveza sobre el hombre y su tío, alarmado, trató de devolverlo a la realidad.

—¡Sebas, Sebas! ¿Qué te pasa?

«Ha trabajado mucho, y luego los exámenes. Debe estar agotado», le disculpó mientras Sebastian parecía regresar en sí.

El reloj marcaba las siete y cinco.

La tarde continuó con aparente tranquilidad hasta que la noticia del avión desaparecido sumió al muchacho en la más absoluta desesperación; en aquel mismo instante juró ante los presentes que se quitaría la vida si algo le pasaba a su joven enamorada y salió corriendo del local sin que nadie pudiera detenerle o averiguar a dónde se dirigía. Pasó la noche vagando por la playa, cerca de la barca que permanecía ahora solitaria.

Cuando al día siguiente se enteró de que los restos del avión habían sido encontrados en el Montseny, condujo su motocicleta hasta allí, pero no pudo llegar a ellos hasta la retirada de las brigadas. Luego, no quiso asistir al entierro en Arbucias. Ella no podía estar allí, hacinada con los demás en aquella minúscula fosa —se repetía— y vagó desesperado durante días por la arboleda entre los restos aun humeantes de la tragedia.

Hasta que una voz familiar que parecía provenir de un árbol cercano, le llamó:

—Sebastian…

Era Sarah, iluminada entre el hayado por un rayo de sol que le confería el aspecto de un ángel.

—¿Dónde te habías metido? Te estuve esperando en la barca —le reprochó él cariñosamente, mientras ella se arreglaba el pelo con coqueta feminidad—. Te he estado buscando sin descanso, créeme —continuó—. Estuve perdido sin ti.
—Y yo te he estado llamando sin descanso —le respondió Sarah—. He pasado mucho miedo. Han venido hombres que no conocía. Por favor, no me vuelvas a dejar sola —le replicó severamente la joven.
—No lo haré. ¿Y tu familia? ¿Tu hermana? —preguntó ansioso el joven.
—Se han ido. Les he dicho que les seguiría cuando te encontrara.
—Pero para estar contigo, supongo que debo… —y Sebastian extrajo de una funda una escopeta de caza. Tomó unos cartuchos y se dispuso a cargar el arma.
—¿Qué quieres decir?
—No seas tonta, Sarah. Nadie ha sobrevivido.
—Entiendo. Pensé que eso no te importaba...
—Claro que no me importa. Pero si queremos estar juntos, ahora sólo es posible si yo también paso al otro lado.
—Sebastian, mírate. Apenas eres un niño.
—No deseo vivir más si no es a tu lado.
—Debes vivir. Yo puedo esperar —le dijo Sarah.
—No puedo imaginar vivir sin tenerte a mi lado.
—Pero me tienes —ella tomó su mano, pero sus propias manos estaban ahora frías.
—Perdóname —y apoyó el cañón de la escopeta en su mentón.
—Eres un estúpido —le dijo indignada. Se hizo el silencio entre los dos.
—Sarah…
—Además, no podemos irnos ahora—añadió la chica—. He perdido la aguja de pelo que me regalaste. La de color azul. Antes tendremos que encontrarla. ¿Me ayudarás?

Sebastian miró a su alrededor. Los bosques de hayas suelen ser escenario de cuentos de hadas porque sus hojas paralelas al suelo impiden eficazmente el paso de la luz hasta la superficie, manteniéndola limpia de vegetación. Pero ahora un manto negruzco de detritus lo cubría todo. Encontrar su aguja de pelo entre tantos acres de vegetación, tierra y desechos sería, sin duda, una ardua tarea. Como encontrar una aguja en un pajar.

Pero Sebastian comprendió que no tenía otra opción que darle aquella satisfacción: Devolvió la escopeta a su funda y se puso a buscar la aguja.

Tras varias horas de búsqueda sin resultado, Sarah, abatida, le rogó a Sebastian que la abandonara, que viviera; que buscara amor en otra mujer; que tuviera hijos; que fuera feliz.

En nada de esto pudo Sebastian complacerla porque ambos eran ya uno solo; Le dijo que en cuanto la encontrara, se reuniría con ella. Así que aquella tarde, y la siguiente y también durante los cuarenta años siguientes, Sebastian buscó la aguja por el bosque sin encontrarla.

Y ahora, próximo ya el final de su vida y sin apenas esperanza, un diminuto punto de color azul entre el musgo al pie del árbol donde ella había aparecido el primer día… le había convertido súbitamente en el hombre más feliz del mundo.

DELTA NOVEMBER
En la cabina del De Havilland Comet 4 procedente de Manchester todo era actividad en preparación del inminente aterrizaje en Barcelona. El avión estaba repleto. La compañía Dan Air había encontrado un floreciente y lucrativo negocio llenando aviones de turistas ávidos de sol con destino a España.

—Por favor, Dave, diles que ya estamos en la frontera española aún a 22 mil pies, y queremos bajar —le dijo tranquilamente el capitán Alexander George Neal al copiloto, primer oficial David Shorrock.

Galimatías en la radio.

—¿9 mil? Eso está bien. Confirma que ajustamos el altímetro a 1017 milibares—continuó el capitán.
«1017, gracias», confirmó por radio el copiloto.
—16 mil pies. Llegamos a Berga en un minuto, capitán.
«119,1. Gracias.», radió Shorrock.
—Aproximación en 119,1. Oye, Dave, ¿sabes español?
—Es lo único que sé decir, capitán. Quieren que giremos a 140.
—Ok. Girando a rumbo 140. Parece que hay mucho jaleo ahí abajo. Mantenemos altitud. Diles que llegamos a Sabadell en 7 minutos.

Y el copiloto le obedeció.

—Maldita radio. Perdona, di 5.

«Entonces, cancele mi última transmisión. Proceda con rumbo a Sabadell», respondió el controlador.

Algunos metros tras ellos, en la fila 7, Sarah y su hermana se disputaban un espacio en la ventanilla por donde se colaba el ocaso reflejándose en las alas metálicas del avión. «Oh, qué bonito. ¿Cuándo veremos el mar?», no paraba de preguntarle Yvonne, su hermana. Pero Sarah misma se preguntaba a su vez dónde se encontraría Sebastián en aquel instante. Le cedió a Yvonne la ventanilla para caer en una especie de ensoñación en la que ella y su enamorado caminaban por una vereda. Era un hermoso sueño en el que ambos vivían para siempre en un bosque encantado. Se tocó instintivamente el pelo, acariciando la humilde aguja de plástico con la que sujetaba un mechón. «Pronto su mano te liberará», pensó. Cerró los ojos y se reclinó en su asiento.

—Estamos en Sabadell, giramos a rumbo 140. ¿Nos ven desde Barcelona en el radar? —preguntaba en la cabina el capitán Neal.
—Sí, capitán. Han informado contacto radar.
—Excelente. Eso quiere decir que estamos donde debemos. Buen cálculo, caballeros —se alborozó el capitán.
—Autorizado bajar a 2.800 pies. El altímetro está bien en 1017. Preguntaré qué pista tienen en servicio —dijo el copiloto.

«Pista en servicio 25», sonó la voz del controlador de aproximación en la radio.

La pequeña Yvonne seguía mirando por la ventanilla, pero ahora estaba decepcionada porque una blancura monótona le impedía ver nada más allá de las alas.

«DELTA NOVEMBER pasa los 4.000 pies en 1047», informó el copiloto por radio.
Algo se perfiló delante de la cabina. Algo que no debía estar allí. Los dos pilotos se miraron con expresión perpleja.

—Esto no parece Barcelona. Sugiero girar a 120, capitán.
—¿Dónde demonios estamos? ¡Sube inmediatamente, sube! —gritó de repente el capitán, mientras su mano se aferraba a las palancas de gas de los cuatro motores en un intento desesperado por ganar altura. El súbito incremento de potencia produjo un ruido ensordecedor.

«Están pasando los 4.000 pies. Delta November, confirme que mantiene rumbo», preguntó el controlador de aproximación desde Barcelona.

Ruido blanco.

A bordo, todos pudieron sentir una extraña y profunda sacudida a la que siguió una espantosa sinfonía de chirridos, vibraciones y pequeños golpes: Las copas de los árboles estaban acariciando la panza metálica del Comet, y luego la abrieron limpiamente, liberando un reguero de ropas veraniegas de alegres colores que fueron quedando prendidas de las ramas al paso de la aeronave.

«¡Dios mío, esto no puede estar pasando… !», pensó Sarah sujetando fuertemente la mano de su aterrada hermana entre fuertes sacudidas. «Pobre Seb…», empezó a decir, pero una cegadora luz lo envolvió todo en un súbito silencio antes de que concluyera la frase. Su cuerpo voló a través del bosque junto con el de los otros ciento once, como si se hubieran convertido en ángeles por un instante cabalgando sobre una gigantesca onda expansiva. Pero sus cuerpos se fueron fragmentando y todas sus piezas fueron encontrando reposo en un lugar distinto entre el hayedo.

«Delta November, aquí Barcelona. Delta November, aquí Barcelona», insistió el controlador de aproximación. Ruido blanco.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona. Oye torre, el Delta November, cómo está»,  pero desde la torre de El Prat no se veía ningún avión. «Aquí no está», contestaron lacónicamente

El impacto contra la ladera fue brutal. La densa y húmeda vegetación evitó una gran explosión, pero no pudo evitar que el aparato se partiera en tres partes y su contenido se desintegrara en millones de fragmentos que se esparcieron a lo largo de varios quilómetros.

En los alrededores, sin embargo, nadie vio ni oyó nada.

El reloj de un pasajero se paró a las siete y cuarenta, pero la caja negra del avión que apareció más tarde reveló que lo hizo cuando su dueño llevaba ya treinta y cinco minutos muerto. La hora del accidente fue establecida así en las siete y cinco de la tarde.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona... Por favor, torre, hazle una llamada a ver si por casualidad está.» El tono del control de aproximación era ahora el de una angustiosa súplica.

«Ya lo hemos hecho y no contesta. De todos modos, vamos a repetir», concedieron desde la torre.

«Golf Alfa Papa Delta November, aquí Barcelona.»

Ruido blanco.

PAREIDOLIA
Era noche cerrada en el cementerio de Arbucias.

 —Aquí yacen 113 cuerpos, pero a bordo sólo viajaban 112 personas —dijo Jordi señalando teatralmente hacia la fosa—. Misterioso, ¿no te parece?

Cristina se quedó mirando, visiblemente acongojada por el frío y el miedo, bajo la mortecina luz de una farola.

Los dos jóvenes se sentaron en uno de los bancos de madera que fueron instalados por cuenta de la compañía aérea en torno a la fosa común, a modo de compensación por las deshonrosas condiciones del enterramiento del accidente aéreo de 1970.

Se trataba del banco más retirado de los dos, el único aún capaz de resistir peso. El otro, dispuesto justo frente a la fosa, aparecía muy carcomido por la exposición a la intemperie y parecía a punto de desintegrarse completamente en cualquier momento.

Una vez sentados, Jordi sacó de su bolsillo un teléfono móvil y reprodujo una grabación obtenida poco antes, arriba en el bosque donde más de cuarenta años atrás había caído el avión. En la quietud de la noche, el sonido resonó entre las calles de nichos.


—¿Lo has escuchado? Justo después de que tú digas eso de la batería —susurró Jordi.
—Wow…—exclamó Cristina.
—Es una psicofonía. Se me ponen los pelos de punta, mira... —El vello de su antebrazo aparecía efectivamente erizado. Estaba clara su intención de espantar a la chica.
—Quizá queremos oír algo que no existe. Como cuando crees ver una cara esculpida en una piedra. Creo que se llama paidofilia o pareidofo... No me acuerdo.
—Pero se oye muy alto. ¿Entiendes lo que dice? —insistió Jordi.
—Algo así como: «Be safe», en inglés. Es la voz de un anciano, parece.
—Y, ¿qué quiere decir?
—Es una despedida. Quiere decir: «Que os valla bien». Como si alguien dijera adiós a alguien.
—Hmmm, ¿el capitán despidiéndose de algunas de las almas que aún vagaban por el bosque?
—Ha pasado mucho tiempo —objetó Cris.
—El capitán debe ser el último en abandonar un naufragio. Especialmente, si lo ha provocado él.
—Quizá protegiera a alguien. Pienso en una extraña historia de amor —aventuró la chica.
—Sea como fuere, ahora todo está en orden. No te preocupes, Cris. Tengo la sensación de que este cementerio no tiene ahora ninguna presencia sobrenatural —aseveró Jordi con varonil seguridad.

 
Un coche patrulla se había detenido a la entrada del cementerio. Los jóvenes se escondieron como pudieron, y huyeron saltando el pequeño muro que conducía al camino de circunvalación del recinto. El policía buscó en su manojo de llaves las que correspondían a la verja y entró iluminando con su linterna nichos y tumbas. Subió lentamente las escaleras hasta el pequeño replano en el que se encontraba la fosa y dirigió la luz hacia las lápidas flanqueando una gran cruz en las que estaban esculpidos los nombres de las víctimas.

De vez en cuando, algunos chicos saltaban el muro para hacer espiritismo y otras tonterías similares por la presencia de la fosa, pero nunca habían causado problemas. O al menos, nunca hasta aquella noche. La luz de la linterna estaba ahora recorriendo unas hendiduras realizadas sobre el mármol con algún objeto punzante. Al policía aquello le pareció vandalismo obra de los chicos que acababan de escapar. Aunque de torpe hechura, podía leerse sin dificultad un nombre al lado de la inscripción S. NELSON.

¿Qué idiota cometería un acto así y dejaría su nombre inscrito en el lugar del crimen?

El policía se aproximó y repasó las letras con las yemas de sus dedos.

« S E B A S T I A N »






Los suecos Jonna Lee y Claes Björklun intentaron emular el éxito de Lady Gaga estimulando en un puñado de medios influyentes la curiosidad por descubrir la verdadera personalidad de la misteriosa protagonista de una serie de videos.

Estos videos servían de preludios para las primeras canciones de un proyecto denominado Iamamiwhoami, y la segunda de estas canciones, O, lanzada en abril del 2010, muestra una inquietante similitud con varios elementos de Aguja. Jonna encarna aquí una siniestra Sarah seduciendo a un hombre ataviado de piloto para conducirlo hacia una especie de fosa en el suelo de un bosque de cuyas ramas penden telas, mientras canta:

Love, the kind that kills and scars
Will make you kneel and crawl to hell and back
The words that slit your throat
Will make you think of love as the new black, as what you lack
Love

Por supuesto, todo es pura casualidad.



Para saber más sobre la historia tras Aguja, Buscando en un pajar.

miércoles, agosto 29, 2012

Árbol


«La medida del amor es amar sin medida.»
San Agustín (354-430)


—Cuidado con la cabeza. Siempre la tienes llena de pájaros...
—¡Prefiero peces!
—Vale, pero ahora voy a tratar de describirte lo que tenemos ante nosotros. Se trata de una construcción muy moderna para su época. Sus líneas son todas rectas, desnudas, conformando una especie de casa de cristal, pero su belleza radica en su textura y proporciones. Es un discurso basado en el equilibrio entre la materia y el vacio, que también juega un papel en su desarrollo arquitectónico. Es decir: una caja de zapatos.
—Pero, ¿qué hace aquí?
—Eso viene después. Ahora lo que quiero es que me des la mano y no la sueltes, porque viene una zona un poco empinada y llena de matorrales. Esto está totalmente abandonado.
—Y, bueno, ¿cuál es la historia?
—Espera... Acércate y toca esto. Es un grabado. Alguien lo escribió con un objeto romo hace mucho tiempo.
—¿Qué quiere decir romo?
—Quiere decir «sin filo». Tuvo que apretar mucho para escribir las letras. Pasa tus dedos sobre ellas. ¿Puedes reconocerlas? No son código Braille, pero seguro que no te cuesta mucho distinguirlas.
Tomó sus dedos y los guió sobre las inscripciones. Ella pudo distinguir sin problemas la letra S, pero no estaba segura de las otras, desgastadas como estaban por el paso del tiempo.
—Y ahora, si quieres, te cuento la historia de esta casa.
—¡Sí, por favor!
—¿Conoces la historia del Taj Mahal? Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, un emperador construyó un palacio para preservar la memoria de su esposa, muerta al dar a luz a su decimocuarta hija. Y quiso que fuera el palacio más hermoso de su tiempo. Esta casa no es un palacio, ni su constructor un emperador, aunque se sabe muy poco de él, excepto que vino del mar.  Pero también debió amar mucho a la mujer para la que construyó todo esto, porque la erigió cuando ya siquiera estaban juntos. El diseño se basó en un extraño sueño que ella le narró una vez. En este sueño, ella le veía a él en el interior de una casa de cristal mientras ambos experimentaban una sensación de inmensa felicidad.
—¿Ella llegó a vivir aquí alguna vez?
—Sólo una noche.
—Pero, si él amaba el mar, ¿por qué hizo la casa tan lejos de la costa?
—La erigió al lado del árbol en el que años atrás había grabado el nombre de ella junto al suyo. Éste es el árbol y ahora tus dedos han recorrido sus nombres. Preservar este árbol era más importante para él que el mar. Sin embargo, no se privó del todo de él, y mandó construir un embarcadero sobre el rio. Pero el rio está ahora seco.
—¡Debía ser un hombre muy rico!
—No, no. Nació muy pobre. Pero eso no era lo peor. Además, era un soñador. Eso quiere decir que cuando algo no le gustaba, en lugar de luchar por cambiarlo, se limitada a soñar en un mundo mejor. Y así vivió la primera parte de su vida, en una especie de ficción. Sabemos muy poco de esa época, pero en algún momento pensó que debía hacer algo por cambiar aquel estado de cosas; por no conformarse con perderse entre los hombres y desaparecer sin dejar rastro. Creía tener talento para muchas cosas, aunque el secreto de su gran confianza en sí mismo era que simplemente jamás se había atrevido a confrontarse con los demás. Pero decidió escoger una actividad en la que pudiera destacar de forma duradera. Y pensó en escribir un libro. En realidad, siempre le había gustado escribir y contar historias aunque su audiencia se redujera a un diminuto y anónimo grupo de seguidores. Así que resolvió escribir un libro y hacerlo siguiendo todos los consejos que pudo encontrar para evitar el naufragio.
Al principio, no le costó nada escribir. Lo hacía con alegría, y las palabras fluían con facilidad, como si lo hicieran de un caudal inagotable. Luego, con el paso de los días, empezó a experimentar algunas de las dolencias que aquejan a los escritores: Perdía la pista con facilidad a sus propios personajes, o confundía el curso escrito de los acontecimientos con sus propias ideas, obligándole a repasar una y otra vez una creciente cantidad de páginas. Y no fueron pocos los momentos en los que creyó desfallecer. Sobre todo porque ya casi cualquier cosa le servía de excusa para aplazar su rutina de escritura. Finalmente, un día descubrió que llevaba meses sin escribir ni una palabra. Ese día, se miró al espejo, derrotado. Era como una máquina a la que la herrumbre había acabado por detener entre los chirridos y el estrépito del metal oxidado.
Y así estuvo, detenida, durante algunas semanas.
Pero, un día, reparó en la pila de folios que habían quedado mezclados sobre su escritorio junto a extractos bancarios, facturas y multas de tráfico. Empezó a leerlos casi con aprensión, como cuando se visitan las ruinas de alguna casa en la que se ha producido una desgracia.
El manuscrito se llamaba El Perfume del Nilo. Describía los olores y los colores de un paisaje que él nunca había visitado. El caso es que, a medida que leía, descubría algunos retoques que hacer en la narración
«Una concubina, propiedad de un rico gobernador, acompaña a su señor durante una  cacería entre los cañaverales. Con otras esclavas, decide darse un baño en el rio a reparo de las miradas, pero el súbito ataque de cocodrilos siembra el terror y la muerte a escasa distancia del barco de su señor. Ella es dada por desaparecida, aunque en realidad ha utilizado el incidente para escapar de su jaula dorada e iniciar una nueva vida al lado de un apuesto pescador al que ya había entrevisto en otras ocasiones. Él la acoge entre sus brazos y la lleva a una modesta choza de paja y adobe al lado del rio y pronto queda embarazada. Poco a poco, sin embargo, descubre que el pescador no es un pescador, sino un soldado. Pero, ¿a sueldo de quién?»
Y así, mientras pasaba las páginas, pronto se encontró así mismo sumergido en una trama densa y llena de ramificaciones de la que no pudo escapar hasta la última línea. Y entonces, tras horas de lectura, levantó la mirada y exclamó en voz alta:
«!Dios mío, este libro está acabado¡»
El Perfume del Nilo se publicó sufragado de su bolsillo y con el nombre de Mirra porque le pareció que la mirra —uno de los componentes fundamentales de los perfumes del antiguo Egipto—, resultaba más específico y menos dado a interpretaciones sentimentales. Fue su primera novela. Se vendieron apenas algunos ejemplares porque era fácil de leer y ofrecía un nivel razonable de intriga y verosimilitud histórica, aunque, sin apenas promoción, pronto cayó en el olvido, enterrada entre cientos de miles de otras novedades bibliográficas —en su mayoría, de mayor calidad.
Suele decirse que no hay crítica más feroz que la del propio autor. En este caso, la crítica, además de feroz y despiadada, vino acompañada por una reflexión más profunda y honesta: Ya no le quedaban ideas ni fuerzas para intentarlo de nuevo. Se preguntó a sí mismo si aquello era todo cuanto había en él. Se preguntó si acaso no se habría sobrevalorado. Si, en realidad, no sería realmente nada más que un hombre ordinario, sin ningún talento que justificara su a veces mal disimulada soberbia. No obtuvo respuesta.
Pero fue en aquel preciso verano que él la conoció a ella. Su romance duró menos de lo que dura una rosa en florecer, marchitarse y caer convertida en polvo. Duró tan poco que llegó a dudar que alguna vez hubiera existido. Pero ella ya había dejado en él una impronta imborrable en forma de un torrente, ya no de palabras, sino de emociones. Sí, era un hombre enamorado y era preciso aprovecharse de aquello mientras durase. Porque no habría de durar mucho.
Así, en poco menos de dos años ya había escrito un total de tres libros y una veintena de narraciones cortas que agrupó en otro libro titulado Cuentos de un mundo azul. Su estilo, a veces crudo y desconcertantemente sincero, aunque siempre girando en torno a la figura idealizada de la misma mujer, gustó esta vez sí a un amplio público y pronto se convirtió en un verdadero fenómeno literario, con ventas millonarias y ofertas de estudios cinematográficos. En particular, su obra Sobre el amor y otras desgracias fue adaptada a la pantalla con gran éxito, y esto le proporcionó una notoriedad con la que explotar la imagen ambigua de un hombre torturado, dotado de una sensibilidad cuasi femenina, aunque de aspecto inequívocamente viril.
Rodeado permanentemente por un grupo de fieles seguidores, adulado por las editoriales que antes le ignoraban, ahora se dedicaba dar conferencias y apariciones en universidades, grandes librerías y clubs de lectura. En ellos, repasaba una y otra vez sus tres libros y veinte narraciones. Además, supervisaba proyectos para adaptar al cine muchos de sus cuentos. Éste era un trabajo en el que se mostraba especialmente concienzudo porque disfrutaba de una enorme capacidad para expresar lo que iba quedando de aquella primera emoción, de aquel primer beso. Y lo que quedaba era cada vez menos.
Escucha, desde aquí podemos vislumbrar el interior. Estamos en un salón de la planta baja. No podemos entrar porque todo amenaza ruina, pero puedo apreciar que este salón fue diseñado para ofrecer una espectacular vista sobre los alrededores, y también para mantener la intimidad de sus habitantes. Al fondo se puede ver la amplia y elegante escalera de caracol que conduce a la planta superior. Amplias cristaleras cubrían casi todas las paredes proporcionando un sentimiento de inmersión y armonía con la naturaleza. Ahora, sólo cascotes, vegetación y vacío por doquier. Pero, bueno… ¿Quieres saber cómo acabó la historia del escritor?
—¡Claro!
—Pues bien, este hombre celebró la vigésima traducción de sus obras y recogió diversos premios y reconocimientos antes de darse cuenta de que estaba solo. Completa y terriblemente solo. Este conocimiento le llegó súbitamente un día en el que cerró tras de sí la puerta de su hotel en una remota ciudad donde se había trasladado para promocionar una edición en pack de su obra completa, incluyendo la mediocre Mirra. Recordó entonces cómo había empezado todo, años atrás, y el rostro de su amada apareció ante él por primera vez en mucho tiempo. Se tumbó en la amplia cama de su silenciosa suite, mirando al techo, en un estado próximo al trance. Luego, se incorporó y, al llevarse los dedos a la cara, los notó húmedos.
El éxito es tan dulce, reflexionó. El éxito es embriagador, pensó. Algún tiempo atrás, al escribir la primera línea de su primera obra, fantaseó con la imagen de una larga cola en un acto de firma de libros. En esa cola, estaría ella esperando su turno pacientemente y se presentaría ante él con un ejemplar de su libro. Y él lo cogería entre sus manos sin reparar en su identidad. Pero la blancura de sus dedos, la forma en que se cruzaron con los suyos al hacerlo, le harían alzar la vista y descubrir sus ojos verdes mirándolo con una expresión que denotaría algo así como ‘no me dejes sola nunca más’. Entonces, el tomaría sus manos y la conduciría fuera del stand y de las multitudes, y ya nunca la abandonaría.
Pero ahora estaba claro que ella no formaría parte de ninguna cola de admiradores. De hecho, en su fuero interno, la percibía aún más lejana, más convencido aún de que todo habría sido como un sueño que acaso nunca hubiera sido realidad. Algo estaba haciendo mal. Entonces, tuvo que admitir que debería pagar por ella un precio mucho mayor del que había planeado. Pero, si no era el éxito ni el dinero, ¿cuál?
Más tarde, aquella misma noche, sentado en el centro de un círculo de ávidos seguidores, se disponía a leer su discurso habitual pero, súbitamente, dejó el folio sobre una silla y, dirigiéndose a su audiencia, dijo algo así:
«Habéis venido aquí para que os hable de historias y personajes. Pero todas esas historias y todos esos personajes ya no me pertenecen. Ahora habitan en cada uno de vosotros y no me queda más que mostraros lo que queda de mí. Y de mí mismo ya no queda mucho, porque todo cuanto he poseído ha desaparecido sin que yo siquiera lo haya notado, tan emborrachado como estaba de mi éxito. Soy un farsante. Os pido disculpas y os recomiendo que esta noche os empachéis de Stephen King antes de iros a la cama.»
Algunos asistentes rieron tímidamente lo que consideraron la sorna típica de un cínico engreído y genial autor de Best-sellers.
Pero entonces, se levanto, se abrochó con parsimonia los botones de su elegante chaqueta azul marino cortada a medida y atravesó la sala entre la mirada atónita de los presentes. Allí, sólo se podían oír sus pasos, y aun cuando ya llevaba un rato fuera, nadie se atrevía a mover un músculo, expectantes ante un posible retorno escénico. Pero no volvió. Desapareció, y lo hizo completamente de la vida pública a partir de aquel día. Vendió los derechos de todas sus obras y construyó un casa. Ésta, en la que ahora estamos. Luego, esperó aquí a la mujer de sus sueños, sabiendo que quizá ella nunca la habitaría. Y Un buen día, desapareció. Pero esta vez, del todo y para siempre.
—Entonces, ella, ¿nunca llegó a vivir en la casa que él hizo para ella?
—Como te dije, sólo una noche. Hace mucho.
—¿Y nunca más se supo de él?
—No. Al principio, algunos acreedores iban por el pueblo preguntando por él, pero poco a poco fueron escaseando y, luego, nada. Últimamente, vino una pareja japonesa buscando la casa. Le hicieron algunas fotografías desde el jardín y se fueron. Pero en realidad, nadie sabe nada. Algunos sostienen que se retiró a un lugar lejano. Durante los años siguientes, no faltaron quienes declararon haberlo visto en sitios tan dispares como Canadá, Nueva Zelanda o Etiopía. Pero yo creo que en realidad, nunca se fue de aquí. Creo que sigue muy cerca, esperando que ella vuelva para siempre.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—¿Puedes oler esos lirios?
—¡Sí!
—Eran las flores preferidas de ella porque le recordaban su primera comunión. Pues bien, aquí los veranos son sofocantes y tórridos y los inviernos son crudos, pero si cierras los ojos podrás olerlos en toda su fragancia en cualquier estación del año.
—Yo no lo necesito…
—Oh, es verdad, lo siento… Me he vuelto a dejar llevar por la historia. ¿Sabes? Creo que todos somos como marionetas al extremo de una cuerda. Mamá aprovechó su cara bonita para robarle el corazón, y él dejó que lo hiciera. ¿Por qué? Es un misterio, y no creo que jamás lo lleguemos a descubrir. Pero cuando eso sucede, cuando te topas con algo así, es una fuerza sobrenatural y no puedes hacer nada. Sólo puedes alzar los brazos, recorrer esa montaña rusa de emociones, esperar que todo salga bien… Y disfrutar del aroma de los lirios.
—Es una historia muy bonita. ¿Me cuentas otra?

* * *
Ilustración Mistaken Identity reproducida con permiso de su autor, Ken Wong.

Los escoceses Mogwai tienen predilección por largas composiciones pergeñadas con guitarras en torno a una melodía inicial. Cuando escuché su Take Me Somewhere Nice, el tercer tema de su tercer álbum, Rock Action, del 2001, pude ver paisajes de Árbol reflejados en la introspectiva y cansina voz de Stuart Braithwaite, su fundador.

Llegó con Árbol prácticamente escrito pero conteniendo en su primera estrofa una línea que bien pudiera formar parte de la narración, donde dice:

«Ghosts in the photograph never lied to me.»



jueves, marzo 29, 2012

Redención

“Nuestro redentor Jesucristo lo declara en aquellas palabras que dijo a San Pedro: quien a hierro mata, a hierro muere.”
Juan de Mal Lara (1524-1571)

En tiempos de Felipe II, llamado El Prudente, nació en Castilla un niño de oscuros ojos que no lloró al emerger a este mundo de entre la sangre y el dolor. Su padre lo achacó a que el mismo diablo lo habría engendrado, y renegó de él culpándole de la muerte de su joven esposa durante el parto. Y así, aquel niño fue abandonado y recogido por un campesino que lo llevó consigo a su casa donde se crió con otros seis hermanos. Le pusieron por nombre Alonso.

El pequeño Alonso pronto supo de la suerte de su verdadera madre porque los niños son crueles y encontraban especial placer en recordárselo con ocasión de cualquier lance infantil. Así es como Alonso nació ya culpable de una muerte.

Pero Alonso era, además de un poco resentido, un luchador. De la misma forma que había luchado por sobrevivir a un cordón umbilical que le asfixiaba aún dentro del vientre de su madre, ahora luchaba por convertirse en un adolescente.

Si tuviéramos que resumirla con brevedad, podríamos decir que la vida de Alonso consta de dos periodos de intensa felicidad, pero también de dos periodos oscuros.

Alonso creció como un campesino entre los campesinos, pero pronto su ambición y arrojo despuntaron, aprendió a leer sin más ayuda que la que pudo proporcionarle un pobre fraile y cuando pudo, se alistó y sirvió en las Indias, teniendo como único testigo de su partida un águila solitaria como la que solía observar planeando sobre los riscos de su adolescencia. Ya en las Indias y convertido en soldado, conoció el terror y la forma en que eran tratadas las tribus, participando en mil correrías de armas con sus compañeros, y arriesgando con frecuencia su existencia, aunque sus fatigas recibieron como recompensa un poco de tierra. Convertido ya en un pequeño hacendado, regresó a su castilla natal para desposar al amor de su infancia y volver luego a sus tierras llevando consigo a su nueva esposa. Pronto, ella quedó embarazada y Alonso fue padre de un niño. Esos fueron los años más felices de su vida.

Mientras, al otro lado del mundo, el rey de España acumulaba poder como nadie antes y nadie después lo haría. Al ducado de Milán y Borgoña, había añadido los Países Bajos y los reinos de Inglaterra, Sicilia, las Indias y finalmente, Portugal.

Pero está escrito que la felicidad del hombre no ha de durar mucho.

Así, mientras Alonso se encuentra en la ciudad negociando la compra de ganado, es avisado de que su hacienda está siendo atacada por los indios que les culpan de haber portado una epidemia de viruela que ha diezmado la tribu. Alonso se apresura a regresar, pero sólo para encontrar que ambos han sido asesinados. Alonso cree que es un castigo por haber dado muerte a una madre indígena y su bebé de pecho cuando era soldado.

Con esta nueva culpa sobre su conciencia, Alonso enloquece de rabia, y se dirige en busca de venganza al poblado donde viven los indios que asaltaron su hacienda. Sin embargo, al llegar sólo encuentra escenas de dolor entre una población diezmada por la viruela que él mismo y su esposa portaron con toda probabilidad desde España. Devastado y confuso, vive solo durante meses en la hacienda velando las tumbas de su mujer e hijo hasta que un correo de España le informa de que su madre se encuentra muy enferma. Alonso, temeroso de no llegar tampoco a tiempo esta vez, regresa a España apresuradamente pero, al llegar, se encuentra que el propietario de la casa donde reside su madre quiere desahuciarla por falta de pago. Alonso se enfrenta a los alguaciles y mata al propietario, por lo que debe huir.

Sin poder embarcarse rumbo a América, decide dirigirse a Flandes, atravesando Francia por rutas poco transitadas. Al llegar a Flandes, se derrumba enfermo y cansado, pero es acogido por una joven viuda cuyo hijo pequeño odia profundamente a los españoles culpándoles de la muerte de su padre. La joven mantiene en secreto su presencia, pero la llegada de un grupo de malhechores que tratan de aprovecharse de su viudedad obliga a Alonso a revelarse para ponerlos en fuga. Así, Alonso se gana el respeto del muchacho al que pronto lo adopta como a su verdadero hijo, cuidando de él y de su madre como a su nueva familia y convirtiéndose él mismo en granjero.

Hay un episodio en esta fase de su vida que marcaría especialmente la imagen de que de él tuviera el pequeño Franz. Ambos habían marchado a la ciudad a comprar provisiones, pero se les hizo tarde y decidieron aventurarse fuera de las murallas con la noche ya caída.

En un recodo del camino, un oscuro grupo de cinco o seis personajes aparecieron ante ellos y según Alonso avanzaba, aquellos hombres los trataban de envolver. Viendo que Alonso y el pequeño se estaban desviando, el que fuera el jefe de aquella partida dio la orden de que fueran apresados, con la idea de matarlos y robarles cuanto poseyeran, pero se encontró con que Alonso había ganado una posición apoyando su espalda contra una pared de piedra, de forma que tuvieron que tratar de entrarle por turnos.

Pero tan grande era la destreza de Alonso que, sin apenas grandes trabajos, los iba recibiendo y desarmando con rápidos y precisos movimientos de brazos y piernas, dejándolos doloridos y vencidos ante él, acumulándose a modo de escudo natural para los que detrás vinieran. Cuando aquella masa oscura de malhechores se había convertido en un amasijo de gemidos a sus pies, Alonso se abrió paso entre ellos apartándolos con total naturalidad llevando de la mano al pequeño Franz.

Naturalmente, aquella escena impresionó al muchacho casi tanto como la enseñanza que recibió de Alonso: Nunca luchas contra miles, luchas contra uno sólo.

Alonso, su nueva esposa y el pequeño Franz vivieron a partir de aquel incidente en paz y respetados por todos.

Y ésta es la segunda época más feliz en su vida.

Pero en aquellos tiempos, Flandes se encontraba sumida en la Guerra de los Ochenta Años, y los españoles eran considerados invasores y su líder, el Duque de Alba, un sádico sediento de sangre.

Alonso debe entonces escoger entre serle fiel a su patria y a su señor o permanecer junto a su familia. Pero Alonso no duda y decide permanecer al lado de su familia. Dotado de una enorme destreza en el manejo de las armas, ayuda a derrotar a las fuerzas invasoras sin usar la violencia, para luego ser acusado de espía por aquellos a los que defendió. Condenado a muerte por un tribunal improvisado presidido por un antiguo pretendiente de su esposa, se le perdona finalmente la vida por intercesión de ésta, aunque debiendo a cambio renunciar a él.

Desterrado, vuelve a España, donde muere solo y arruinado, asesinado durante una emboscada en venganza por la muerte del propietario al que mató, sin hacer ademán alguno para defenderse y después de una larga madrugada de agonía en un callejón de Toledo.

Su cuerpo es arrojado a una fosa común, por casualidad muy próxima a aquella donde descansan los restos de su madre. Años después, el joven Franz visita su tumba con su esposa e hijos, siendo observado por un misterioso hombre embozado.


Como en el caso de ‘Máscara’, ‘Redención’ quizá no pueda ser considerada una narración, sino más bien un tosco y desgarbado armazón del que pende una historia sin pulir, como si tuviera prisa en ser contada y no pudiera esperar a acicalarse antes de salir al mundo.

Así que es posible que retome este material en un futuro, lo extienda y lo convierta en algo más. Eso depende, en alguna medida, de tí. Sin embargo, ya puedes ver a Alonso entregado a una nueva aventura en Viajeros del tiempo.

La música es siempre una parte esencial de la experiencia narrativa porque le otorga el ritmo y el tono a la historia. Aquí te propongo ‘Canvas’, una pieza perteneciente al tercer álbum de estudio de la inglesa Imogen Heap, Ellipse.

Escúchala mientras te sumerges en un mundo ocre y lleno de olores. El mundo del Siglo XVI.



domingo, enero 29, 2012

Aurora

Cuando ves una estrella fugaz, pides un deseo. ¿Qué deberías hacer cuando ves una aurora?


Apenas habían transcurrido unas horas desde que despegara del aeropuerto de Girona-Costa Brava bajo un radiante sol, y ahora se encuentra en la helada noche boreal, conduciendo a lo largo de una rectilínea carretera entre infinitos bosques cubiertos de nieve.
Pero Robert no suelta prenda. A su lado, viaja una mujer que se no se cansa de mirar las siluetas de las colinas recortadas sobre el cielo estrellado. Ella hace tiempo que ha dejado de preguntarle dónde van y cuándo llegarán. No hablan. Robert sólo conduce sin perder de vista la carretera y el panel de control, iluminado en rojo sangre.
Finalmente, Robert ha tomado un desvío y un poco más tarde las luces del coche iluminan la nada espectacular entrada de una cabaña en la nieve. Sólo algunos detalles de color en los marcos de las ventanas revelan que la casa no está abandonada. Está esperando en silencio a sus huéspedes en la gélida noche invernal.
La casa cuenta en su jardín trasero con un embarcadero sobre el lago. Pero ahora el lago está helado y aparece iluminado por las estrellas como un manto monótono de una blancura fantasmal. Se puede pescar haciendo un orificio sobre su superficie. A este efecto, el alquiler incluye una caseta en el lago con su propio agujero y calefacción, le explicó la agencia.
Robert entra las maletas con el poco equipaje que la compañía de bajo coste les permitió traer e invita a Eva, que está un poco retraída, quizá muerta de frío, a seguirle dentro. La casa le parece a ella confortable, y lo inspecciona todo con la vista. La estancia principal es sencilla, pero espaciosa, y todo aparece limpio y ordenado. Y lo más importante: es cálida. Alguien ha dejado encendida la chimenea a la que corre a calentarse las manos, proyectando accidentalmente sombras chinescas en las paredes.
Y en el centro de la estancia, una pequeña mesa. Sobre la pequeña mesa, un mantel a cuadros. Sobre el mantel, dos platos vacíos separados por una vela encendida y una flor. Robert invita a Eva a sentarse en un pequeño taburete situado frente a la mesa. Robert desparece y regresa en un momento con bandejas de salmón ahumado, queso, uvas y una botella de vino. A Eva se le ilumina la cara. Tiene mucha hambre. Está claro que Robert tiene golpes escondidos. Cuando lo conoció, Robert era un hombrecillo de aspecto tristón. Pero Eva vio algo en sus ojos… Suspira. Ahora no puede recordar qué.
Ambos cenan en silencio. Robert olvidó traer música y Eva apenas levanta la mirada del plato para evitar encontrar los ojos de Robert. Cuando terminan, llevan los platos al fregadero. Ella se adelanta. Robert rodea su cintura y la trae hacia sí. Ella se deja hacer, mansamente. Pero Robert no hace las cosas de esta forma. La deja ir, y trata de reponerse con un toque de humor.
—Los lavo mañana —asegura Robert. No puedo permitir que algunos platos sucios me arruinen esta noche mágica —sonríe, pero Eva no le contesta. Parece ausente.
Robert la abraza de nuevo. No puede evitarlo. Ella es lo que más ama en esta tierra. Eva parece tener frío. Se ha arrodillado ante el fuego. Él la ha cubierto con una sábana dorada tachonada de estrellas, y ha besado su mejilla con timidez, acariciando su rostro. El espejo del vestidor refleja la escena a media luz, que a Robert se le antoja inspirada por una obra de Klimt. Pero ella no sabe quién es Klimt. Tanto da. Alguien sin importancia. La toma de la mano y la conduce a la cama.
De alguna forma, Robert desea respetar su reserva. Quizá ella esté emocionada por esta súbita escapada. Por este viaje sorpresa. De hecho, había pensado en la eventualidad de que ella no quisiera acompañarle, pero no había decidido qué habría hecho en ese caso. Eso es agua pasada. No merece la pena pensar en ello. Ahora están juntos en una cabaña en un remoto bosque, lejos de todo y de todos, frente a una amplia y bien mullida cama.
—Una vez, te pregunté qué preferirías antes de dormir si viviéramos juntos: que te contara un cuento o que te hiciera el amor. Y me respondiste…
—…primero cuéntame el cuento y luego hazme el amor —terminó ella, y ambos, por fin, rieron. Pero fue sólo eso: una risa un poco nerviosa, embarazada.
Ambos se desnudan de forma maquinal y se deslizan dentro del plumón. Eva descubre que huele a limpio, que su tacto es suave, cálido y ligero. Robert apaga la luz. Fundido en negro. Pero los ojos de Eva siguen abiertos y busca a alguien en la oscuridad, o quizá dentro de su mente.
Entonces, un lejano rumor rompe el silencio de la habitación y poco a poco se abre paso un débil rayo de luz que termina por inundar el dormitorio. Eva no puede creerlo… Una especie de techo solar se ha deslizado sobre sus cabezas, dejando al descubierto la bóveda celeste, aunque separada por un cristal que mantiene la cálida atmósfera interior.
Y más allá, miríadas de puntos luminosos titilan en el negro azabache del cielo nocturno.
Pero, por encima de todo, un irreal cortinaje de suaves tonos verde azulados parece ondular lentamente suspendido de los cielos, mecido por un extraño viento magnético.
—Mira, ésta es mi sorpresa. ¿Te gusta? Pues no es ni la mitad de hermosa que tu sonrisa —le susurra Robert al oído. Y Eva se hunde en su plumón hasta los ojos, un poco asustada porque jamás ha visto una cosa así.
Robert la abraza y pronto el cansancio del viaje les vence y ambos se duermen sin contar el cuento y sin hacer el amor. Robert y Eva yacen envueltos en un grueso edredón mientras sobre ellos prosigue con imperceptible ritmo el baile de los cielos.
Algún tiempo después, Robert se despierta. Habrá sido la luz de las estrellas. El cortinaje celeste sigue ahí, pero se ha tornado anaranjado. Tiene el impulso de despertar a Eva para mostrárselo, pero no lo hace. Para entonces, ya se ha convencido de que la sorpresa no ha terminado de impresionarla. Pulsa el mando a distancia y cierra el techo.
Se vuelve sobre ella, acaricia las suaves curvas de su vientre, tratando de adivinar el perfil de su rostro entre las sombras.
—Es curioso. Creí que ella también brillaría en la oscuridad. Pero no puedo distinguirla aunque está a mi lado —piensa.
A pesar de ello, a pesar de la oscuridad, siente su presencia, su suave calor, su tranquila respiración. Y acaricia su pelo y es feliz y todas esas cosas.
Mañana por la mañana. Sí.
Mañana la llevará al lago, y le dirá que el otro día el médico le llamó y le dio el resultado de los análisis. Le dirá que no son buenas noticias, pero se siente preparado. Le explicará que no se lo dijo antes para no preocuparla. Le dirá que lamenta no haberla conocido en otros tiempos, pero no se arrepiente de nada porque al amarla ha vivido lo que otros siquiera han soñado. Y probablemente Eva se eche a llorar. Pero en ese momento, él sacará de su bolsillo la verdadera sorpresa que ha traído consigo: un anillo de compromiso. De esta forma, asegurará su futuro cuando él no esté. Se le antoja que ella será una hermosa y joven viuda desconsolada, aunque espera que pronto encuentre alivio.
Y allí, bajo el sol de Laponia, a ella le parecerá que todo esto es bonito y que la muerte de Robert es sólo un pequeño paréntesis en una historia de amor sin final. O al menos eso le parece a él que sucederá. Pero por ahora, sólo acaricia el pelo de Eva y la mira dormir.
Pero Eva no duerme. Eva llora en silencio. No para de pensar. No sabe cómo pagará el alquiler si no encuentra pronto un trabajo. Eva piensa que quizá no ha traído ropa suficiente para tanto frío, aunque el conjunto con el que ha viajado le queda mono. Tanta humedad no le va bien, le produce asma. Eva piensa que debería dejar de ver de una vez a Iván. Es un hombre que la desprecia, violento, pero actúa como una droga sobre ella. Y el caso es que cree que lo ama y se pregunta qué estará haciendo en ese preciso momento mientras ella ha ido al culo del mundo a pasar frío con un hombre al que apenas conoce. Piensa que quizá Iván esté con otra mujer y se sobresalta. Siquiera ha notado que Robert la está acariciando en ese preciso instante, y hace tiempo que ha olvidado la danza de las auroras sobre ellos.
Se pregunta por qué aceptó esta invitación súbita, alocada. Quizá lo hizo por despecho, para olvidar a Iván; para ahorrar unos cuantos días de manutención en su pequeño piso. Y la verdad es que el salmón y el vino estaban buenos, aunque quizá comió demasiado.
Había también una posibilidad más oscura que a veces la perturbaba: Quizá buscara un amo. Había oído hablar del juego de la sumisión, y la figura autoritaria y madura que Robert proyectaba en la oficina le convertía en candidato al rol dominador que tanta curiosidad y atracción le producían. En cualquier caso, Robert no habría interpretado correctamente las señales, sumiéndose a sí mismo en una ensoñación amorosa de la que parecía no querer escapar. Finalmente, Eva habría terminado por descubrir lo fastidioso que resulta un dominador ablandado y confuso. Parte de esa confusión —tenía ella que aceptar— se derivaba del hecho de que Robert jamás aceptaría que todo hubiera sido tan sólo un juego.
Pero mañana debe volver a la realidad. No puede posponerlo más. Debe decírselo. Le dirá solemnemente que ella necesita libertad o cualquier otra cosa que él no puede darle. Que él es un buen hombre y un buen padre que debe regresar con su familia. Que ella nunca le olvidará, aunque deben dejar de verse. Pero, ¿cómo se lo dirá? No desea hacerle daño. «Enciende tu brain», se dice. Entonces, recuerda que Robert ha insistido en llevarla al lago a la mañana siguiente. En un entorno relajado, todo será más fácil. Él la comprenderá. Hecho.
Resuelto este aspecto, Eva se duerme arrebujada en su plumón nórdico y, sobre ella, el cielo y su mágico telón celeste gira ahora oculto tras un grueso techo de madera.
Dos días antes, y a una distancia inconcebible para ambos, el sol ha expulsado una enorme masa de plasma de su corona. Plasma magnetizado que ha cruzado el sistema solar y ha barrido la Tierra, precedida de una intensa lluvia de protones. El plasma ha provocado brillantes auroras en ambos polos, una de ellas esta noche sobre Robert y Eva, pero no ha dañado ningún sistema de energía ni de comunicaciones, ni en tierra ni en los cielos.



Mientras describía cosas que nunca he visto, escuchaba una canción de la australiana Kate Isobelle Furler, Sia, llamada Don’t Bring Me Down, incluida en su álbum Colour the Small One.

Al final de la vida, lo que más te duele es haber decepcionado a aquellos que te amaron.

Foto cortesía Juan Carlos Casado.

sábado, enero 14, 2012

Sirena

Robert era un hombre atrevido. Aunque ocupado como oscuro funcionario, dedicaba sus fines de semana a ponerse en riesgo con todo tipo de actividades capaces de disparar su adrenalina.

Hasta que un día oyó hablar del mito de las sirenas. Son seres fabulosos que viven en el mar en forma de mujeres jóvenes de una extraordinaria belleza pero con cola de pez. Su canto es tan atractivo que son capaces de hacer perder el juicio a un hombre, arrastrándolo hasta el abismo.

Como actividad de riesgo, dejarse tentar por una sirena le pareció original y suficientemente peligrosa como para poner en alerta todos sus sentidos. Pero las sirenas no atraen a cualquiera. Se tiene que ser un Ulises, o alguien así, o tener suerte. O todo lo contrario.

Había una vez una diosa con cola de pez, que se llamaba Derceto. Quizá fuera ella la primera sirena. Pero Derceto no nació así. Derceto nació como una hermosa muchacha, por lo que fue puesta al servicio de Venus. Pero, al desarrollarse, ofendió a la diosa con su extrema belleza, y Venus, en venganza, le inspiró amor hacia un pastor. De este amor nació una niña, Semíramis, que llegaría a ser reina de Babilonia. Después de nacer su hija, el pastor se enamoró de Venus. O quizá fuera antes, pero lo disimulaba mejor. El caso es que Derceto, llena de ira, abandonó a su hija, hizo matar al hombre a quien había amado y se arrojó al mar dispuesta a suicidarse, lo que los dioses no permitieron. En su lugar, convirtieron en cola de pez sus esbeltas y bien torneadas piernas. Y así es como la belleza de Derceto le trajo desgracia y ruina.

Pero, claro, eso es lo que pasa con algunas chicas guapas, pensó Robert.

Desde aquel drama, y en desquite, las sirenas usan su belleza para atraer a los hombres y se vengan de ellos sin piedad, en pago por la infidelidad del pastor. Y no es cosa de tomárselo a risa.

Así que Robert se fijó en una joven becaria acabada de llegar, y vio en ella a la perfecta sirena. De una belleza de infinitos peligros, Atargatis se expresaba con dificultad en el idioma de Robert, dándole un misterioso encanto. A Robert no le fue dificil captar la atención de la sirena. Pese a tener un triste empleo, disfrutaba del amplio patrimonio que había heredado su esposa, y se podría decir que era feliz en su matrimonio y con sus tres hijos. Además, Robert era atractivo, y aunque nunca se había considerado un conquistador, se puede decir que conseguía lo que quería de una mujer. Todo un botín para una sirena sedienta de venganza.

Y esta vez, quería ver si aquella joven sirena seria capaz de hacerle estrellarse contra los arrecifes, como Derceto se vio impulsada a hacer al no soportar el dolor de la traición.

La primera fase de su plan consistía en seducirla, haciéndose pasar por un marinero. Un hombre sencillo pero de romántico corazón. El plan fue un éxito. A Atargatis no le importó que Robert no fuera tan siquiera un jefe de sección cuando le atrajo con la mirada en aquel rincón del archivo y ambos se besaran apasionadamente por primera vez.

El amor duró unas pocas semanas, y pronto Robert percibió como se iba despertando el apetito trágico de Atargatis, que empezó a rehuirlo y distanciarse, sabedora de que Robert iría tras ella.  Pero Robert no lo hizo, porque quería ver qué sucedía a continuación. Atargatis, en un principio confusa, terminó por aproximarse de nuevo, temerosa de haber perdido su presa entre las redes. Y así, durante los meses siguientes, ambos jugaron al juego del gato y el ratón, tensando la cuerda pero sin romperla jamás. Poniéndose mutuamente al borde de la ruptura, para llegar en el ultimo momento con alguna palabra de amor, algún beso furtivo que evite el adiós.

Robert comprendió que la tragedia exigía que no simulara, que todo peligro fuera real. Así que Robert le pidió el divorcio a su mujer y se despidió de su empleo, renunciando así a una forma de vida que tanto le había costado alcanzar, y le ofreció todo cuanto le quedaba, bien poco, a Atargatis.

Esto fue ya demasiada tentación para la sirena, que consideró que la venganza estaba a punto de cumplirse, a falta de un ultimo detalle. Robert le había ofrecido un costoso anillo de compromiso, que Atargatis aceptó, y ambos se citaron en un puente sobre el río para iniciar a partir de allí una nueva vida.

Pero Atargatis estaba enamorada de otro hombre. Porque Robert no era su pastor, ni estaba destinado a traicionarla, sino a ser traicionado por ella en venganza de aquella antigua ofensa. Todo esto era parte del guión, porque en realidad, todos los personajes estaban siguiendo un cuidadoso plan escrito por los dioses para su diversión mucho tiempo atrás. Pero era un drama que Robert había leído de antemano, y se sentía capaz de disfrutar como si, además de actor, fuera espectador.

Ésta era la esencia del juego: ¿Sería Robert capaz de saltar en el ultimo momento y abandonar el barco antes de estrellarse contra los arrecifes?

Y aquí lo tenemos caminando hacia el puente. Observad cómo se admira en los espejos de los escaparates. ¿Es la imagen de una víctima de un drama representado millones de veces? Robert parece más bien un astronauta embutido en su traje espacial, camino de la torre de lanzamiento.

¿Seré capaz de saltar?

En el otro extremo de la ciudad, Atargatis ha vendido el anillo que le regaló Robert y ha comprado para ella y su amante billetes para el otro hemisferio del mundo. Pero esto no lo sabe aún Robert.

Atargatis se abraza a su amante mientras atraviesan los controles del aeropuerto. Llevan poco equipaje.

Ella es feliz acurrucada en su pecho. Le acaricia. A través de las inmensas cristaleras, ve el incesante tráfico de aviones que parten, que arriban. Llegan al túnel que ha de conducirlos hasta el avión.

De vuelta al otro extremo de la ciudad, Robert ha llegado al puente y mira en derredor suyo. Sabe que Atargatis no vendrá. El drama lo exige. El tráfico es intenso, y nadie parece darse cuenta de que Robert ha empezado a llorar. Pero no sabe el motivo.

Éste es el momento del salto. Cuando cruzas las brazos, cierras los ojos y das el paso hacia el abismo.

En el tunel que ha de conducirlos al avión, Atargatis se ha detenido. Su hombre no se ha dado cuenta y ha caminado unos pasos más hasta que, extrañado, se ha detenido a su vez y se ha girado hacia ella.

—¿Qué pasa? ¿Has olvidado algo? —pregunta.

—No, no...

Pero Atargatis está llorando.

Y piensa:

«¿Seré capaz de saltar?»




Quizá te guste escuchar Tip Toe, del duo británico Goldfrapp, con ese toque electrónico y obsesivo al estilo Kraftwerk, pero lírico sobre todo en la sección melódica, cuando Alison repite 'Tears start' que envuelve la esencia de este...  ¿drama?

viernes, diciembre 09, 2011

Emergencia emocional

La única forma de resolver la paradoja de los viajes en el tiempo es suponer la existencia de infinitos universos donde cada posibilidad se convierte en realidad. En La aventura, Inés murió al arrojarse al vacío desde el balcón de su apartamento. Pero una pequeña diferencia en la velocidad terminal, quizá provocada por un tendedero, o la posición de la cabeza en el momento del impacto, provoca la génesis de un universo totalmente distinto. En este nuevo universo, Inés no muere, sino que se sumerge en el mundo donde residen aquellos a quienes llamamos en estado de coma.

Entonces, cuando llegó al suelo, ella no se detuvo. Se adentró en paisajes emocionales desconocidos. Se dejó perder por inextricables selvas plagadas de bizarros sentimientos y bebió de las fuentes de donde beben los deseos.

Al cabo, se topó con un océano que no pudo atravesar y se preguntó qué dirección tomar. Pero estaba completamente sola y sin nadie a quien pedir consejo. Tampoco distinguió a su izquierda o a su derecha ningún punto de referencia que le atrajera lo suficiente. A su espalda vió avanzar las sombras del ocaso, así que resolvió pasar allí la noche. Del azul oscuro emergieron luceros que tachonaron la bóveda celeste, pero ella ya dormía plácidamente.

Al llegar el alba, un furtivo rayo de sol acarició sus mejillas para despertarla. Abrió sus ojos verdes y miró el horizonte.

Una nave de nívea blancura parecía recorrer la línea que separa el mar del cielo. Agitó sus brazos en señal de saludo, aún sabiendo que a aquella distancia nadie podría desde la nave distinguirla en la costa. Se encontraba extrañamente feliz. Sin embargo, seguía sin saber dónde ir, así que permaneció allí largo rato, hasta que oyó voces cuyo origen no supo precisar. Un sentimiento de desazón embargó entonces su corazón. Se puso en pie, y echó, primero a andar. A su izquierda pudo divisar un grupo de personas que parecían gritar su nombre mientras se acercaban, así que aceleró el paso y les pidió voz en grito que se alejaran. Pero aquellas personas se convirtieron en negra muchedumbre y ella empezó a correr, a correr como nunca lo había hecho. Y llegó a un lago, pero no se detuvo. Se zambulló en el agua, y nadó a gran velocidad, sin apenas esfuerzo, como un delfín.

Luego, sin recordar cómo, bajó a través de concurridas galerías hasta una estación de tren. Pero el tren ya había partido. Así que tuvo que seguir a través de laberínticos túneles a un grupo de personas que también habían perdido su tren, y se sintió muy enfadada.

Pero, de repente y sin saber cómo, se vio a si misma ante una casa de cristal. Toda ella era transparente y dentro pudo divisar la figura de un hombre. El hombre salió de la casa y caminó hacia Inés.

Reconoció aquella cara. Era el hombre al que ella amaba. Sonrió. Se acercó a él sin miedo, y se besaron. Y todo era fácil. Por un momento, temió que tan sólo fuera un sueño pero, ¿por qué temer? ¿No era acaso la vida toda un sueño? La sabiduría de este pensamiento terminó de convencerla de que no soñaba. Las personas que sueñan no piensan, tan sólo sienten, se dijo.

-Dime una cosita -preguntó-. ¿Has venido a buscarme?
-Sí.
-Hmm, ¿dónde vamos?
-Vamos a pasear un poco.

Iván la tomó de la mano y ambos se pusieron a andar por un campo cercano, poblado de maravillosos lirios que iban despidiendo una fragancia de una dulzura inexplicable. Inés se sentía tan feliz al lado de Iván. Era una sensación que alcanzaba cada átomo de su cuerpo, como si estuviera drogada o algo por el estilo. Ella reconocía esa sensación, y era adicta a ella.

Pero Iván estaba taciturno. Miró su mano y ella se la asió con más fuerza, pero la mano se iba desdibujando sin remedio, y esto empezó a provocar angustia en el pecho de Inés.

Finalmente, Iván se dirigió a ella en voz muy suave y con mirada arrobada.

-Bueno, creo que va siendo hora de que vuelvas con los tuyos, ¿no te parece?
-Yo quiero estar contigo -protestó débilmente Inés.
-Siempre estarás conmigo -replicó Iván con ternura-, pero ahora tenemos que separarnos. Quiero que te des la vuelta y te marches sin mirar atrás.
-Te quiero.
-Te quiero.
-Adiós.
-Adiós.

Inés echó a andar, sin mirar atrás. Sin embargo, tuvo la tentación de hacerlo a los pocos segundos de dejar a Iván. Pero se lo había prometido. Inés siguió andando. Luego, vino el frío. Ruidos, extraños sonidos. Inés sintió miedo. Una cegadora luz la envolvió.

-¿Inés? Mi amor, Inés... ¡Oh, Dios mío, dios mío de mi vida...! ¡Enfermera, enfermera!¡Mi Inés!!Mi Inés ha despertado!

sábado, noviembre 19, 2011

La promesa

Aún no se había disipado la neblina del amanecer cuando Jon se encontraba ya conduciendo lentamente su potente Volvo S60 a través de los barrios de casitas en las afueras de Finspång, una pequeña localidad en la región de Östergötland.

Jon ya sabía que cada casa era un hogar. Cada hogar era una amalgama de sueños, ilusiones rotas, esperanzas y olvido. Pero hoy venía buscando una casa en particular, y cuando la encontró, detuvo su coche y se quedó inmóvil en su interior, mirando hacia su entrada.

Apenas eran las siete y sólo algunos niños circulaban por las aceras de la urbanización tirando de sus carritos en dirección a la escuela, indiferentes.

Jon no quiso siquiera acompañarse de un poco de música, aunque en realidad, ya la tenía puesta, siquiera fuera sólo en su cabeza. Era una misteriosa pieza que parecía describir muy bien el paisaje de niebla y casitas que se despertaba ante él.

Los minutos pasaban lentamente mientras Jon seguía escrutando la fachada de la casa y sus ventanas —sin cortinas— a través de las cuales se podía divisar un paisaje hogareño de postal; irreal, sin embargo, ya que sabía muy bien que la estancia visible desde el exterior no se usaba para la vida diaria, reservándose sólo como símbolo de hospitalidad.

Los primeros rayos del sol se abrieron paso entre la niebla e iluminaron con el dorado nuevo de la mañana las maderas y los cristales de la casa. Entonces, Jon encontró fuerzas para bajar del coche y caminar hacia la puerta principal. Recorrió apenas unos metros, pero en cada paso dudó si debía dar el siguiente o volver. Cuando llegó ante el portal, volvió a mirar a ambos lados. Ahora, el sol se prodigaba por doquier, mientras algunas patrióticas banderas ondeaban alegres al frio viento. Sonrió y pulsó el timbre mientras dirigía su rostro hacia la puerta, dispuesto a recibir el impacto. Sin embargo, no se produjo reacción alguna.

Jon pensó en darse una última oportunidad para regresar al coche y volver a Estocolmo. Si se daba prisa, llegaría a su oficina solo un poco más tarde de lo normal, retraso que podría fácilmente explicar.

Pero no podía abandonar ahora. Algo le mantenía allí, de pie, con los ojos clavados en la puerta y una sonrisa algo forzada que empezaba a rendirse a la evidencia de que no había nadie para recogerla.
Pensó en lo que había venido a hacer allí. Isabelle era apenas una niña cuando la conoció, pero ambos cayeron en una especie de locura de amor que a punto estuvo de destruir la carrera de Jon como arquitecto. Pero Isabelle no quería destruir la carrera de Jon. Sólo quería quererlo como lo hacen los adolescentes, sin mesura, sin miedo, y sin compromiso. Y Jon estaba casado sin amor y atrapado en una intrincada red de la que él mismo se había hecho prisionero.

Jon resolvió decir adiós a Isabelle para darse ambos tiempo a encontrar un momento en sus vidas más propicio para lo que Jon consideraba su destino rebelado: hacer de Isabelle su mujer. Jon dijo «tres años». Tiempo para divorciarse; arreglar sus cosas; tiempo también para Isabelle encaminando su carrera, madurando: descubriendo si de verdad quiere a Jon.

Tres años le pareció a Isabelle una eternidad, pero pensó en que sería más soportable si ambos seguían manteniendo su compromiso de amor aunque fuera sin exigencias, de forma libre. Jon no tuvo otra alternativa que creerla. Se mudó a vivir solo, y pronto descubrió que Isabelle pertenecía a un mundo distinto al suyo.

Las llamadas telefónicas, que antes eran diarias y llenas de emoción, fueron escaseando y finalmente, Jon descubrió que ella ya no leía siquiera sus mensajes. Sin embargo, Jon había hecho una promesa. Así que, como le habían enseñado, la mantuvo.

En ese día en el que Jon se encontraba finalmente delante de la puerta de Isabelle, se conmemoraba el aniversario de aquella promesa.

Habían pasado veinte años.

Hacía mucho que Jon había renunciado a buscar el rastro de Isabelle en internet. Había renunciado a buscar su foto en las redes sociales porque aún ahora le produciría dolor verla convertida en una imagen muda y bidimensional, y prefería aferrarse a su recuerdo, a aquella impresión cada vez más vaga que ahora parecía ya casi irreal. Así que ahí estaba Jon frente a lo desconocido.

Tras el divorcio, que resultó mucho más doloroso y len-to de lo que pensó, Jon vivió en un pequeño apartamento del centro de la capital, y trató de consagrar su vida al recuerdo de Isabelle y a preparar el reencuentro. Pero Isabelle se enamoró de alguien, se fue a vivir con él y nunca terminó su carrera. Jon, por su parte, conoció a Kate, pero Kate no descubrió hasta más tarde que su único papel en la vida de Jon era hacerle olvidar su promesa. Luego, Kate quedó embarazada y le dio un hijo tardío que, pese a sus reticencias, pronto ocupó enteramente su corazón. Además, Jon empezó a obtener éxitos en sus proyectos inmobiliarios que le hicieron pensar que quizá había encontrado su camino en la vida al lado de Kate. Así es como ambos se concentraron en darle al pequeño Petter una cuidada infancia que terminó dando frutos: el joven resultó ser un muchacho alegre y fuerte; un verdadero triunfador.

Sin embargo —y aunque hoy muchos sostengan que avisó—, la verdad es que cuando la crisis del 2008 llegó, golpeó sin piedad sobre los más débiles, como lo hizo en todo el mundo, y arruinó a Jon casi por completo, amargando su carácter de tal forma que, sólo un par de años después, Kate le pidió el divorcio llevándose consigo a Petter y lo poco que Jon aún conservaba de su patrimonio.

Ahora, Jon estaba allí, solo. A su espalda, un deportivo de alquiler que no se hubiera podido permitir si en Hertz no se hubieran quedado sin coches pequeños, una habitación en un piso compartido y un empleo como oficinista. A través del espejo de la puerta de entrada recordó que, además, ya no era el atractivo cuarentón que sedujera a aquella muchacha tiempo atrás.

Pero Jon seguía esperando de pie, ante la puerta. Miró arriba y vio un pájaro en lo alto, y comprendió de repente. Bajó la cabeza y giró sobre sus talones. El cielo se había vuelto a encapotar y las primeras gotas caían sobre sus ca-bellos grises.

Abrió la puerta del coche y se puso al volante. El murmullo del potente motor le devolvió a la realidad y pronto dejó a sus espaldas aquella casa, resuelto a no volver a pensar en Isabelle… jamás.
«Hay oportunidades en la vida que no se repiten», se dijo en voz alta. «Por lo tanto, es menester disfrutarlas sin martirizarse por el mañana», concluyó.

Isabelle ya no sería jamás suya de la misma forma que ya nadie podría negar el hecho de que una vez lo fue. Además, ¿qué importaba? Miró a los árboles de la carretera. Hayas, robles, pinos, abedules... Ellos seguirían allí cuando ya ni él ni Isabelle existieran sobre la tierra. Así que, ¿por qué sufrir?

Al pensar esto, Jon se encontró a si mismo frenando y girando a toda velocidad de vuelta a aquella casa. «No me rendiré», se dijo con determinación. Había hecho una promesa, no importa cuánto tiempo atrás, y Jon —como vimos— no había sido educado para incumplir promesas.

La puerta principal de la casa cedió al empujarla; no estaba cerrada con llave. Cuando traspasó el umbral, Jon oyó una voz:

—¿Alexandra? ¡Dónde te has metido! —Era la voz de una mujer asustada.

Jon avanzó en la penumbra de la estancia hacia la cocina situada en la parte trasera de la casa. Su corazón latía desbocado y estaba seguro de que, de necesitarlo, no sería capaz de articular ni una sola palabra.

Allí estaba Isabelle. No tuvo necesidad de mirarla dos veces. Jon se acercó a ella agachándose y dejó que la luz del día iluminara sus rasgos.

La contempló largo rato y cuando pronunció su nombre, ella respondió al instante:

—Jon.

Entonces, él le tomó suavemente una mano y la acercó a su propio rostro. Isabelle hundió sus largos dedos en su cabello —como hiciera aquel primer día en que se besaron—, y luego las bajó hacia sus rasgos para descubrir en la punta de sus dedos lágrimas derramándose por las mejillas de aquel pobre viejo.

Pero Jon no lloraba por verla en silla de ruedas, postrada e incapaz de ver la luz por un cruel accidente de tráfico que le acaeció a los pocos años de dejarlo.

Lloraba de felicidad porque por fin y a partir de ahora nadie le disputaría que Isabelle sería ya suya para siempre.



Mientras lees, quizá te guste recrearte en el misterioso in crescendo de Dayvan Cowboy, del duo escocés Boards of Canada.

Foto, Diego Rodríguez