sábado, junio 24, 2017

Japón y el fin del mundo

Más allá de las costas occidentales del Japón se extiende un océano casi infinito que convierte las luces de las casitas que se alinean a lo largo de su recorrido en los últimos vestigios de civilización. Quizá por eso Japón mantiene esa aire de Finisterre, de tierra misteriosa en el confín del mundo conocido. Pero para mí el mayor atractivo del país emerge de la contradicción entre las muchas desgracias que le ha tocado vivir y su orgullo y su tesón, que acaso no sean sino su origen.

En muchos de mis artículos y en las narraciones Albaricoque plateado, Las tres hermanas y también en Breve historia natural de la destrucción retomaba una de mis viejas obsesiones, los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y lo hacía desde la perspectiva de las víctimas. Este verano rindo nuevamente homenaje a esta página de la historia, pero lo hago desde el mismo Japón y desde la misma Hiroshima.

Que los vientos me sean propicios.