domingo, agosto 07, 2016

Por qué recordamos Hiroshima


Últimamente, escribo muy poco en este blog, pero hay temas que no quiero olvidar, y la historia de Hiroshima es uno de ellos. Por eso, cada aniversario, más largo o más corto, más imaginativo o más ramplón, más apasionado o más escueto, siempre me obligo a encontrar un momento para redactar algo.

Además, este año en el que se cumplen 71 desde aquella mañana de agosto —que es la edad de mi hermana— no es como los demás. Por primera vez, un presidente de los Estados Unidos de América en ejercicio ha visitado la ciudad y ha hecho una ofrenda y ha pronunciado un discurso. Dicen que por hacer eso ha debido asumir muchos riesgos políticos. Ya se sabe: en política a veces es mejor dejar las cosas como están, porque tocas aquí y te sale alguna repercusión inesperada por allá.

El presidente en cuestión que se ha atrevido a hacer esto ya está en su segundo mandato, es cierto. Eso significa que ya no debe preocuparse por ser reelegido, así que puede hacer un poco lo que quiera para dejar su impronta en la historia. Ser el primero en atreverse a sacar el tema de la bomba atómica es una buena forma de hacerlo. Pero incluso así, ha debido mantener el equilibrio. No importunar a aquellos que ganaron la guerra y justificaron así todo cuanto hicieron, ni desilusionar a aquellos que esperaban de esta visita un reconocimiento al daño hecho.

Es que no solo miraban los americanos y los japoneses. Tampoco perdían ojo los coreanos, los vietnamitas o los chinos. Todos habían sufrido la ocupación japonesa y veían con recelo como aquellos que ante ellos se comportaron como verdugos venían ahora a dar lecciones de moral al mundo bajo un nuevo pacifismo, insincero y basado en el utilitarismo económico. Pero también en otras partes del mundo miraban esta visita con mucho interés. Alemania fue también demolida en aras de la justicia y seguramente esperaba encontrar, aunque de forma un poco tangencial, una primera muestra de compresión o disculpa por aquella locura que representaron los bombardeos masivos.

El hecho es que la visita, el discurso y el encuentro no programado pero inevitable con los hibakusha, los supervivientes de la bomba atómica, no tuvieron nada de protocolarios a pesar del rígido y breve programa. Sirvieron para poner una primera piedra en un camino que ha de llevarnos hasta un reconocimiento pleno y sin matices de que no hay forma de justificar una matanza, por muy en caliente, provocada y aséptica que pretendamos que sea. Entre matar a una familia en una cámara de gas o matarla a base de bombas no veo dónde puede hallarse la diferencia moral.

Pero en este discurso no se buscaba justificar ni identificar diferencias morales. Se buscaba reflexionar sobre nuestra propia identidad. Se buscaba abogar por un nuevo despertar moral donde el respeto a la vida y a la dignidad humana no sean sólo palabrería, una cínica quimera, sino una ley inquebrantable. Y fue un buen discurso, creo. El primero. Pero sólo eso: un discurso. Y, ¿qué pueden hacer unas palabras contra la destructora naturaleza humana, por más que sean pronunciadas por un presidente de los Estados Unidos en su segundo mandato?

Las palabras, aunque hayan sido creadas para ocultar la verdad, tienen un tremendo poder y una tremenda ventaja. El poder de dar cuerpo a nuestra esperanza y la ventaja de su inmortalidad.




Discurso de Barak Obama en Hiroshima, 27 de mayo 2016




Hace setenta y un años, en una mañana sin nubes, brillante, la muerte cayó del cielo y el mundo cambió. Un destello de luz y un muro de fuego destruyeron una ciudad y demostraron que la humanidad poseía los medios para destruirse a sí misma.

¿Por qué venimos a este lugar, a Hiroshima? Venimos para reflexionar sobre una fuerza terrible desatada en un pasado no muy lejano. Llegamos para llorar a los muertos, incluyendo más de 100.000 japoneses, hombres, mujeres y niños, miles de coreanos, una docena de estadounidenses tomados prisioneros. Sus almas nos hablan. Nos piden mirar hacia nuestro interior para hacer un balance de lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

No es el hecho de la guerra lo que hace de Hiroshima algo aparte. Los artefactos que hemos encontrado nos dicen que el conflicto violento apareció con el primer hombre. Nuestros primeros antepasados habiendo aprendido a hacer láminas de sílex y lanzas de madera usaron estas herramientas no sólo para la caza, sino contra su propia especie. En todos los continentes, la historia de la civilización está llena de guerra, ya sea impulsadas por la escasez de grano o hambre de oro, obligadas por el fervor nacionalista o celo religioso. Los imperios han ascendido y han caído. Los pueblos han sido subyugados y liberados. Y en cada coyuntura, los inocentes han sufrido un incontable número de víctimas, y sus nombres han sido olvidados por el paso del tiempo.

La guerra mundial que llegó a su fin brutal en Hiroshima y Nagasaki se libró entre las naciones más ricas y poderosas. Sus civilizaciones habían creado grandes ciudades y un magnífico arte. Sus pensadores tenían ideas avanzadas sobre la justicia, la armonía y la verdad. Y sin embargo, la guerra surgió a partir del mismo instinto básico de dominación o conquista que habría causado conflictos entre las tribus más simples; un viejo patrón amplificado por las nuevas posibilidades y sin nuevas restricciones. En el lapso de unos pocos años, unos 60 millones de personas morirían. Hombres, mujeres, niños, no diferentes de nosotros. Disparados, golpeados, deportados, bombardeado, encarcelados, muertos de hambre, gaseados hasta la muerte. Hay muchos sitios en todo el mundo que sirven de crónica de esta guerra, monumentos conmemorativos que narran historias de valor y heroísmo, tumbas y campos vacíos, ecos de una depravación indescriptible.

Sin embargo, en la imagen de una nube de hongo que se elevaba en estos cielos, estamos recordado claramente la contradicción principal de la humanidad. Cómo la misma chispa que nos caracteriza como especie, nuestros pensamientos, nuestra imaginación, nuestra lengua, nuestra fabricación de herramientas, nuestra capacidad para diferenciarnos de la naturaleza y doblegarla a nuestra voluntad, esas mismas cosas también nos dan la capacidad de una destrucción sin precedentes. ¿Con qué frecuencia el progreso material o la innovación social nos ciegan a esta verdad? Con qué facilidad aprendemos a justificar la violencia en nombre de una causa superior.

Cada gran religión promete un camino hacia el amor y la paz y la justicia, y sin embargo ninguna religión se ha librado de creyentes que han afirmado que su fe les proporciona una licencia para matar. Surgen las naciones contando una historia que une a las personas en el sacrificio y la cooperación, lo que permite notables hazañas. Pero esas mismas historias a menudo se han utilizado para oprimir y deshumanizar a los que son diferentes.

La ciencia nos permite comunicarnos a través de los mares y volar por encima de las nubes, para curar la enfermedad y comprender el cosmos, pero esos mismos descubrimientos pueden convertirse en máquinas de matar cada vez más eficientes.

Las guerras de la era moderna nos enseñan esta verdad. Hiroshima enseña esta verdad. El progreso tecnológico sin un progreso equivalente en instituciones humanas nos puede hundir. La revolución científica que condujo a la escisión de un átomo requiere una revolución moral.

Es por eso que venimos a este lugar. Nos encontramos aquí, en medio de esta ciudad y nos obligamos a imaginar el momento en que cayó la bomba. Nos obligamos a sentir el temor de los niños confundidos por lo que ven. Escuchamos un grito silencioso. Recordamos a todos los inocentes que murieron a lo largo de la terrible guerra y las guerras que vinieron antes y las guerras que seguirían.

Las meras palabras no pueden dar voz a tal sufrimiento. Pero tenemos una responsabilidad compartida para mirar directamente a los ojos de la historia y nos preguntamos qué tenemos que hacer de manera diferente para frenar tal sufrimiento de nuevo. Algún día, las voces de los hibakusha ya no estará con nosotros para dar testimonio. Pero la memoria de la mañana del 6 de agosto de 1945 no debe desaparecer. Esa memoria nos permite luchar contra la complacencia. Alimenta nuestra imaginación moral. Nos permite cambiar.

Y desde aquel fatídico día, hemos tomado decisiones que nos dan esperanza. Los Estados Unidos y Japón han forjado no sólo una alianza sino una amistad que ha ganado mucho más para nuestros pueblos de lo que nunca podríamos pedir por medio de la guerra. Las naciones de Europa construyeron una unión que sustituye los campos de batalla por lazos de comercio y democracia. Oprimidos y naciones han ganado su libertad. Una comunidad internacional estableció instituciones y tratados que trabajan para evitar la guerra y aspiran a restringir y hacer retroceder y finalmente eliminar la existencia de armas nucleares.

Sin embargo, cada acto de agresión entre las naciones, todos los actos de terrorismo y la corrupción y la crueldad y la opresión que vemos en todo el mundo demuestran que nuestro trabajo nunca termina. Puede que no seamos capaces de eliminar la capacidad del hombre para hacer el mal, por lo que las naciones y las alianzas que formamos deben poseer los medios para defendernos. Sin embargo, entre aquellas naciones como la mía que mantienen arsenales nucleares, debemos tener el valor para escapar de la lógica del miedo y alcanzar un mundo sin ellas.

Quizá no podamos alcanzar esta meta durante mi vida, pero un esfuerzo persistente puede hacer retroceder la posibilidad de una catástrofe. Podemos trazar un camino que conduzca a la destrucción de estas existencias. Podemos detener la propagación a nuevas naciones y asegurar estos materiales mortales contra los fanáticos.

Y sin embargo, eso no es suficiente. Porque vemos en todo el mundo hoy en día cómo incluso las más burdas armas pueden servir a la violencia en una escala terrible. Tenemos que cambiar nuestra forma de pensar acerca de la guerra en sí. Para evitar conflictos a través de la diplomacia y tratar de poner fin a los conflictos después de que hayan comenzado. Para ver nuestra interdependencia cada vez mayor como causa de la cooperación pacífica y la competencia no violenta. Para definir nuestras naciones no por nuestra capacidad de destruir, sino por lo que construimos. Y tal vez, por encima de todo, hay que reinventar nuestra conexión el uno al otro como miembros de una raza humana.

Porque esto, también, es lo que hace nuestra especie única. No estamos obligados por el código genético a repetir los errores del pasado. Nosotros podemos aprender. Podemos elegir. Podemos contarles a nuestros hijos una historia diferente, una que describa una humanidad común, que haga menos probable la guerra y la crueldad menos fácilmente aceptada.Vemos estas historias en los hibakusha. La mujer que perdonó a un piloto que voló el avión que lanzó la bomba atómica porque ella reconoció que lo que realmente odiaba era la guerra misma. El hombre que buscó a las familias de los estadounidenses muertos aquí porque creía que la pérdida de ellos era igual a la suya.

La historia de mi propia nación comenzó con palabras sencillas: Todos los hombres son creados iguales y dotados por nuestro creador con ciertos derechos inalienables, incluyendo la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Dar cuenta de ese ideal nunca ha sido fácil, incluso dentro de nuestras propias fronteras, incluso entre nuestros propios ciudadanos. Sin embargo, mantenerse fiel a la historia vale la pena. Es un ideal por el que luchar, un ideal que se extiende a través de los continentes y los océanos. El valor irreductible de cada persona, la insistencia en que cada vida es preciosa, la noción radical y necesaria de que somos parte de una sola familia humana. Esta es la historia que todos debemos contar.

Es por eso que venimos a Hiroshima. Para que pudiéramos pensar en las personas que amamos. La primera sonrisa de nuestros niños por la mañana. El toque suave del cónyuge sobre la mesa de la cocina. El reconfortante abrazo de un padre. Podemos pensar en esas cosas y saber que esos mismos momentos preciosos tuvieron lugar aquí hace 71 años.

Aquellos que murieron son como nosotros. La gente común puede entender esto, creo. No quieren más guerra. Prefieren que las maravillas de la ciencia se centren en la mejora de la vida y no en su eliminación. Cuando las decisiones tomadas por las naciones, cuando las decisiones tomadas por los líderes reflejen esta sencilla sabiduría, entonces la lección de Hiroshima habrá sido aprendida.

El mundo cambió para siempre aquí, pero los niños de esta ciudad pasarán hoy su día en paz. Qué cosa más preciosa es. Digna de ser protegida y extendida a todos los niños. Este es un futuro que podemos elegir, un futuro en el que Hiroshima y Nagasaki no sean conocidas como el amanecer de la guerra atómica, sino como el comienzo de nuestro propio despertar moral.


Texto original en inglés


Seventy-one years ago, on a bright cloudless morning, death fell from the sky and the world was changed. A flash of light and a wall of fire destroyed a city and demonstrated that mankind possessed the means to destroy itself.

Why do we come to this place, to Hiroshima? We come to ponder a terrible force unleashed in a not-so-distant past. We come to mourn the dead, including over 100,000 Japanese men, women and children, thousands of Koreans, a dozen Americans held prisoner.

Their souls speak to us. They ask us to look inward, to take stock of who we are and what we might become.

It is not the fact of war that sets Hiroshima apart. Artifacts tell us that violent conflict appeared with the very first man. Our early ancestors having learned to make blades from flint and spears from wood used these tools not just for hunting but against their own kind. On every continent, the history of civilization is filled with war, whether driven by scarcity of grain or hunger for gold, compelled by nationalist fervor or religious zeal. Empires have risen and fallen. Peoples have been subjugated and liberated. And at each juncture, innocents have suffered, a countless toll, their names forgotten by time.

The world war that reached its brutal end in Hiroshima and Nagasaki was fought among the wealthiest and most powerful of nations. Their civilizations had given the world great cities and magnificent art. Their thinkers had advanced ideas of justice and harmony and truth. And yet the war grew out of the same base instinct for domination or conquest that had caused conflicts among the simplest tribes, an old pattern amplified by new capabilities and without new constraints.

In the span of a few years, some 60 million people would die. Men, women, children, no different than us. Shot, beaten, marched, bombed, jailed, starved, gassed to death. There are many sites around the world that chronicle this war, memorials that tell stories of courage and heroism, graves and empty camps that echo of unspeakable depravity.

Yet in the image of a mushroom cloud that rose into these skies, we are most starkly reminded of humanity’s core contradiction. How the very spark that marks us as a species, our thoughts, our imagination, our language, our toolmaking, our ability to set ourselves apart from nature and bend it to our will — those very things also give us the capacity for unmatched destruction.

How often does material advancement or social innovation blind us to this truth? How easily we learn to justify violence in the name of some higher cause.

Every great religion promises a pathway to love and peace and righteousness, and yet no religion has been spared from believers who have claimed their faith as a license to kill.

Nations arise telling a story that binds people together in sacrifice and cooperation, allowing for remarkable feats. But those same stories have so often been used to oppress and dehumanize those who are different.

Science allows us to communicate across the seas and fly above the clouds, to cure disease and understand the cosmos, but those same discoveries can be turned into ever more efficient killing machines.

The wars of the modern age teach us this truth. Hiroshima teaches this truth. Technological progress without an equivalent progress in human institutions can doom us. The scientific revolution that led to the splitting of an atom requires a moral revolution as well.

That is why we come to this place. We stand here in the middle of this city and force ourselves to imagine the moment the bomb fell. We force ourselves to feel the dread of children confused by what they see. We listen to a silent cry. We remember all the innocents killed across the arc of that terrible war and the wars that came before and the wars that would follow.

Mere words cannot give voice to such suffering. But we have a shared responsibility to look directly into the eye of history and ask what we must do differently to curb such suffering again.

Some day, the voices of the hibakusha will no longer be with us to bear witness. But the memory of the morning of Aug. 6, 1945, must never fade. That memory allows us to fight complacency. It fuels our moral imagination. It allows us to change.

And since that fateful day, we have made choices that give us hope. The United States and Japan have forged not only an alliance but a friendship that has won far more for our people than we could ever claim through war. The nations of Europe built a union that replaced battlefields with bonds of commerce and democracy. Oppressed people and nations won liberation. An international community established institutions and treaties that work to avoid war and aspire to restrict and roll back and ultimately eliminate the existence of nuclear weapons.

Still, every act of aggression between nations, every act of terror and corruption and cruelty and oppression that we see around the world shows our work is never done. We may not be able to eliminate man’s capacity to do evil, so nations and the alliances that we form must possess the means to defend ourselves. But among those nations like my own that hold nuclear stockpiles, we must have the courage to escape the logic of fear and pursue a world without them.

We may not realize this goal in my lifetime, but persistent effort can roll back the possibility of catastrophe. We can chart a course that leads to the destruction of these stockpiles. We can stop the spread to new nations and secure deadly materials from fanatics.

And yet that is not enough. For we see around the world today how even the crudest rifles and barrel bombs can serve up violence on a terrible scale. We must change our mind-set about war itself. To prevent conflict through diplomacy and strive to end conflicts after they’ve begun. To see our growing interdependence as a cause for peaceful cooperation and not violent competition. To define our nations not by our capacity to destroy but by what we build. And perhaps, above all, we must reimagine our connection to one another as members of one human race.

For this, too, is what makes our species unique. We’re not bound by genetic code to repeat the mistakes of the past. We can learn. We can choose. We can tell our children a different story, one that describes a common humanity, one that makes war less likely and cruelty less easily accepted.

We see these stories in the hibakusha. The woman who forgave a pilot who flew the plane that dropped the atomic bomb because she recognized that what she really hated was war itself. The man who sought out families of Americans killed here because he believed their loss was equal to his own.

My own nation’s story began with simple words: All men are created equal and endowed by our creator with certain unalienable rights including life, liberty and the pursuit of happiness. Realizing that ideal has never been easy, even within our own borders, even among our own citizens. But staying true to that story is worth the effort. It is an ideal to be strived for, an ideal that extends across continents and across oceans. The irreducible worth of every person, the insistence that every life is precious, the radical and necessary notion that we are part of a single human family — that is the story that we all must tell.

That is why we come to Hiroshima. So that we might think of people we love. The first smile from our children in the morning. The gentle touch from a spouse over the kitchen table. The comforting embrace of a parent. We can think of those things and know that those same precious moments took place here, 71 years ago.

Those who died, they are like us. Ordinary people understand this, I think. They do not want more war. They would rather that the wonders of science be focused on improving life and not eliminating it. When the choices made by nations, when the choices made by leaders, reflect this simple wisdom, then the lesson of Hiroshima is done.

The world was forever changed here, but today the children of this city will go through their day in peace. What a precious thing that is. It is worth protecting, and then extending to every child. That is a future we can choose, a future in which Hiroshima and Nagasaki are known not as the dawn of atomic warfare but as the start of our own moral awakening.