miércoles, junio 13, 2012

Tag der Hinrichtung

¿Sabes una cosa? En cada beso hay una despedida. Pero no tengas miedo a decir adiós. En cada despedida comienza la cuenta atrás para el reencuentro.

A ella le gustaba ver salir el sol. A veces, cuando el amanecer era especialmente bello, sus pensamientos volaban muy lejos y no podía evitar pensar en Sascha. Así había sido durante años, y ella ya no estaba segura de recordar su recuerdo o, simplemente, el recuerdo de su recuerdo. Quiero decir que esta madrugada, como todas las anteriores, ella no le esperaba. Pero él estaba allí, mirándola de una forma extraña a través de la luz del incierto amanecer, como ella no podía recordar haberlo visto nunca, aunque tranquilo, grave y resuelto.


—Hoy debo decirte algo que es importante para mí –empezó Sascha con una voz que a Marie le pareció que brotaba de dentro mismo de su cabeza.
Y ella supo que debía desperezarse y erguirse en su lecho, aunque se mantuvo en silencio mientras lo hacía.
—Cuando alguien desaparece –prosiguió Sascha con lentitud–, aquellos que le aman no tienen forma de expresar su dolor. No tienen opción. No pueden llorar ni llevar luto porque tienen esperanza, y esa esperanza les mantiene con vida. Pero no es una vida plena. Es una vida de continuos episodios de euforia seguidos por profundas depresiones. Es nacer cada mañana para morir cada noche –y Marie pudo recordar cuántas miles de noches ella había muerto al comprender que él nunca regresaría, hasta que se acostumbró a morir cada noche. Mas he aquí que por fin Sascha estaba ante ella, y tenía una petición:
—Por favor, libérame –le suplicó.
—¿Cómo te libero? –y ella rompió el silencio por primera vez en mucho tiempo.
—Debes decirme adiós, Marie.
Entonces, ella volvió a hundirse en el silencio mientras, obediente aunque algo confusa, trataba de encontrar las palabras, como un cirujano selecciona un escalpelo entre su instrumental quirúrgico. Finalmente, optó por un corto prólogo evitando aquella palabra en concreto, como si temiera hundir el bisturí en la carne.
—Vuelve con tu familia –acertó por fin a decir–. Vuelve con los tuyos.
Esta petición le pareció razonable, desapegada y generosa, y por un momento abrigó la esperanza de que fuera suficiente, de que Sascha no insistiera en pedirle que pronunciara aquella otra palabra.
Pero él la miró incrédulo. No tenía otra familia que Marie, aunque ella nunca lo había llegado a saber. Sascha dejó de existir una madrugada poco tiempo después en aquel bosque donde algunos partisanos le condujeron hasta un claro llevando algo con lo que cavar una fosa, a la que no le costó reconocer como su propia tumba. La tierra bajo la nieve estaba muy dura. Sus manos no estaban acostumbradas a manejar una pala. El frío las entumecía hasta dejarlas insensibles. Le costó mucho conseguir una cavidad decente en la que pudiera entrar, siquiera agazapado. Y le sorprendió la cantidad de raíces y pequeñas formas de vida escondidas entre el barro y la nieve. Pero en todo ese tiempo, él no dejó de pensar en ella. En ningún momento se le pasó por la imaginación la idea de que en pocos minutos él ya no formaría parte del mundo de los vivos, y en consecuencia, sus caminos se separarían para siempre.
En realidad, sus caminos hacía ya tiempo se habían separado. Ella, suponiéndole un hombre casado, había dejado de responder a sus cartas, cada vez más apasionadas y llenas de desesperación. Finalmente, él decidió dejarse llevar y no opuso resistencia alguna cuando su pelotón cayó en una emboscada cerca de Minsk en el invierno de 1941.
Visto retrospectivamente, aquel chaval que se puso a su espalda y le ordenó arrodillarse frente al boquete abierto en el suelo debió sentirse confundido por su indiferencia ante la muerte, aunque la indiferencia no es rara entre personas que han sufrido un fuerte choque emocional. O quizá no se sintiera confudido, él mismo indiferente por motivos parecidos. En cualquier caso, le dio igual. Montó su percutor, pudo sentir como la bala subía desde su almacén hasta la recamara  y apretó el gatillo para liberarlo. Entonces, el percutor le dio fuego a la pequeña carga del proyectil, que salió girando a lo largo del cañón de su pistola y salvó la pequeña distancia que le separaba de su objetivo en apenas una milésima de segundo. La cabeza del proyectil, en forma de ojiva, rompió el hueso que protegía su cerebro y fue a hundirse profundamente en él. Pero ya no había nadie allí, excepto una antigua y vaga imagen de Marie sonriendo. Dicen que el amor vive en dos lugares concretos del cerebro: La ínsula y el núcleo estriado. Y la imagen de Marie vivía allí, lejos de la trayectoria de la bala. Pero Sascha estaba abandonando aquel cerebro y aquel cuerpo en aquel preciso instante. Luego, ya libre, corrió a reunirse con ella a través de los bosques y la tundra, en busca de aquella lucecita que ella habría encendido cada noche en su ventana para guiarlo a través de la oscuridad hasta el calor de su corazón, pero no la encontró.
Marie, creyéndose traicionada, desapareció y ya nunca volvió a enamorarse de nadie. Trató de mantener su corazón vacío como una casa vacía.
Es posible que no sepas que un espíritu no es omnipotente. Puede sentirse perdido. Puede sentir —de hecho, la siente— la angustia de la separación con mucha mayor intensidad que un ser vivo, sometido a las servidumbres y distracciones de la vida terrenal.
Pero él jamás dejó de buscarla ni en este mundo ni entre el de los espíritus hasta esta madrugada de mayo, cuando por fin la encontró. Y ahora, ella le pedía que volviera con los suyos. Imagina la escena. Un espectro buscando un amor perdido, y su amor perdido, ahora una mujer anciana, recluido en su casa desde hace años tratando de olvidar al hombre detrás de aquel espíritu en pena.
Esto no era lo que Sascha quería. De la misma forma que una bala le había liberado de las lágrimas de la existencia terrenal, ahora ya no podía arrostrar por más tiempo el dolor de no tenerla, y se había presentado ante ella, apoyando su espalda contra la pared blanca del dormitorio de Marie, esperando recibir la liberación definitiva. Pero ella aún dudaba. Quizá, después de tanto tiempo, se había hecho adicta a una especie de dolor y temía perdonarlo y dejarlo ir.
Pero finalmente, su humanidad se impuso y Marie apretó el gatillo.
—Adiós –y el sonido de aquella palabra le pareció extraño, irreal, al salvar en apenas una milésima de segundo la pequeña distancia que le separaba de él.
Y lágrimas como pétalos de sangre brotaron de los ojos de Sascha.
Ella le vio desvanecerse y creyó morir en ese momento. Pero, en lugar de eso, pudo ponerse en pie y con paso inseguro ocupar su puesto frente al muro blanco, sin decir palabra. Ahora era su turno. Se arregló el cabello, cerró los ojos, se irguió y espero. Ya no era una vieja encorvada y solitaria, sino una joven de apenas veinte años.
—Adiós –le dijo Sascha, y ella sintió una punzada en su viejo corazón.
«Así que... así es como uno se siente al morir...», reflexionó ella. Y se dejó caer en su cama y permaneció así durante muchas horas, mientras el sol se elevaba sobre el mundo y luego hasta que las primeras sombras de la tarde empezaron a acariciar sus grises y enmarañados cabellos. Pero sus ojos seguían encharcados en lágrimas, mientras sus labios, secos y ásperos, permanecían entornados y ninguna fuerza parecía querer asistirla.
Su corazón latía ahora muy lejano, como un viejo y cansado tambor dando sus últimos golpes cansinamente, sin ritmo y sin esperanza. Y ahora, dedicaba esos últimos latidos a pensar en él.
Y comprendió que él nunca le había pedido que hiciera todo cuanto pudiera para matar su esperanza. Él sólo le había pedido que lo liberara. Él le había pedido la libertad, sí. La libertad de amarla para siempre.
Y ella se la había concedido.
Entonces, su corazón, sin más, se detuvo. Pero ya no estaba vacío, porque justo en aquel instante, él tomó su mano.


* * *



Y ahora, te propongo escuchar Letting Go, una pieza del británico Nitin Sawhney incluida en un antiguo album del siglo pasado, Beyond Skin. Déjate llevar por un momento por su aroma a incienso y despedida mientras Marie pasea por primera vez del brazo de Sascha a lo largo de aquella verde vereda.

Foto de la Serralada Litoral, con la sagrada montaña de Montserrat en algún punto del horizonte, por Diego Rodríguez.