jueves, octubre 31, 2013

Diadema

Este sábado, Tristán había resuelto darse un respiro, o quizá sólo pasear, aunque en realidad no encontraba ningún motivo cabal para hacerlo. No tenía amigos ni rumbo al que dirigirse. Sin embargo, al salir al balcón para echar un vistazo al tiempo, reparó en un improbable reflejo que parecía rasgar el aire con filo invisible.

Un hilo de luz se extendía sobre el cielo azul para terminar abruptamente en medio del vacío. Tristán se acercó y lo siguió con la mirada desde varios ángulos. El hilo parecía desaparecer cuando tan sólo había cambiado de dirección al llegar a un invisible nudo que lo conectaba a su vez con el seto, formando una estrella de tres puntas. Era como el escenario de un acróbata esperando paciente la aparición del artista. Pero el sol se posó, llegó la noche y el artista no daba señales de vida. Curioso e intrigado, al principio Tristán esperó sin moverse de las proximidades de los hilos. Luego mediante frecuentes visitas esperaba captar el momento justo en el que el autor de aquella misteriosa estructura se diera por fin a conocer.

Y sin embargo, por más que sus idas y venidas fueron frecuentes, Tristán no pudo capturar el momento exacto de su salida, y se topó con una telaraña concéntrica ya muy tupida sobre la que aún daba sus últimos retoques una araña de jardín de considerable tamaño, y cuyo enorme abdomen parecía tapizado con un complicado patrón de tonos pardos. La industriosidad del animal, la belleza y la dificultad de su obra, pudieron más que la repulsión natural que sentía Tristán hacia los arácnidos, y se quedó embobado mirándola tender, anudar y tensar más de sesenta vueltas espaciadas entre sí apenas la mitad del grosor de un dedo.

Luego, la araña se dirigió al centro de su magnífica red donde había tejido una especie de rúbrica, y se quedó allí quieta, boca abajo, envuelta en oscuridad; su perfil solo perceptible recortado contra la luna sugería una decoración de Halloweeen. Muy a su pesar, después de observarla un buen rato, Tristán, cansado, se retiró a dormir. Cuando se despertó aun de madrugada, la araña aún seguía allí, inmóvil. Pero su telaraña ya aparecía salpicada de diminutos bultos. Se trataba de los insectos que se habían aventurado durante la noche en sus dominios, y que ahora yacían exangües, empaquetados con mimo en diminutos capullos de seda.

Nuevamente, Tristán decidió visitarla para observar qué pasaría en cuanto saliera el sol. Y nuevamente la araña le sorprendió con la red ya prácticamente recogida. Realmente, parecía dotada del don de sorprenderle, reflexionó. Poco después, totalmente ajena al impacto que le causaba a su rendido observador con cada una de sus evoluciones, ascendía con su cargamento de hilo e insectos ya dentro de su estómago para retirarse del escenario hasta la noche siguiente, sin dejar rastro alguno excepto el casi invisible andamiaje meciéndose al viento.

Este ritual continuó durante algunos días. La curiosidad y la familiaridad de Tristán con la araña iba en aumento a medida que se iba acostumbrando a su presencia, incluso apreciándola en cierta forma. No le fue difícil determinar su especie: se trataba de una hembra de Araneus diadematus —en honor quizá del patrón de su dibujo abdominal—, una no infrecuente aunque misteriosa variedad en cuanto a su estilo de vida. Sin embargo, como el nombre le parecía frío y excesivamente formal para un ser tan evocador, una mañana mientras la observaba recoger diligentemente sus redes decidió llamarla, simplemente, Diadema.

Una tarde, el cielo apareció cubierto con nubes de lluvia. Tristán supuso entonces que Diadema no se atrevería a ofrecerle su función diaria. Pero cerca de la medianoche, Diadema apareció deslumbrante —como tenía por costumbre— y se puso a tejer sin importarle en lo más mínimo las gotas que empezaban a caer. A Tristán se le antojaba que, en comparación, cada una de esas gotas representaría algo así como un gigantesco obús disparado desde las alturas, capaz de destrozar aquella delicada obra de ingeniería. Pero no fue así; pese a la lluvia y el viento que furioso lo agitaba todo, la noche resultó pródiga para Diadema. Aguantó estoicamente aferrada a su obra hasta el momento de recoger los frutos de su vigilia, un poco antes de despuntar el sol.

Unos días más tarde, Tristán fue incapaz de descubrir el hilo. Diadema había desaparecido sin dejar rastro.

No tenía ni idea de cuál sería su paradero, y fue olvidándola poco a poco.


Una noche, Tristán recibió una agradable sorpresa. Habían pasado varias semanas, pero se puso muy contento porque su vieja amiga Diadema había aparecido de nuevo a la hora de la cena. Y a modo de compensación por la preocupación que su desaparición había producido, le había preparado nada más y nada menos que un arriesgado número circense sólo para sus ojos: una inverosímil telaraña sujeta de forma muy inusual a algunos puntos muy próximos a la mesa.
Tristán observó embobado desde todas direcciones las evoluciones de una Diadema especialmente desenvuelta y dilegente, sin poder reprimir algunos aplausos y gritos de emoción. Pero la estabilidad de la tela era muy precaria y cuando Diadema parecía a punto de culminar su maravillosa actuación, todo cuanto había construido se colapsó repentinamente, dejándola colgando boca abajo convertida en una pelotita ruborizada. Tristán no podía explicar por qué se había arriesgado de tal forma. Y aunque le rogó no dejarse vencer por este contratiempo, Diadema no volvió a intentarlo aquella noche y, de hecho, desapareció de nuevo durante algunos días.

Acaso hubiera sido víctima de algún murciélago o de algún otro tipo de depredador poco escrupuloso, o hubiera decidido irse o quizá tan sólo estuviera agazapada en algún escondite reflexionando avergonzada sobre el incidente. Como hiciera la vez anterior, Tristán se preocupó por su paradero hasta que una luminosa mañana, descubrió aliviado el distintivo destello plateado sobre el cielo que se abría ante su dormitorio.

Sonrió.

Había echado verdaderamente de menos a aquella pequeña bribona patilarga con cintura de abeja, pero aún estaba por ver si Diadema tendría ánimos para un nuevo comienzo, esta vez aún más cerca de él. Al anochecer, el pequeño ser entró en escena descendiendo con inusitada agilidad a lo largo del invisible hilo y comenzó a tejer una magnifica tela.

A Tristán le parecía que, de alguna forma, Diadema le buscaba precisamente a él, como si correspondiera la admiración y respeto con la que Tristán había seguido sus evoluciones en las semanas anteriores, y la preocupación que sus desapariciones le habían provocado.

Pero esta vez, sobre aquella magnifica tela había aparecido otra, una especie de versión reducida y simplificada de la primera, obra de un pequeño macho de la misma especie. Durante los días siguientes, el macho no se acercó a la hembra aunque Tristán, divertido, le animaba a cortejarla.

Cuando finalmente lo hizo, ambos parecieron unirse íntimamente, con una gran delectación. Pero cuando Diadema se retiró apenas unos segundos más tarde, el macho aparecía inmóvil. Se había consumido en aquel único acto y ahora, la hembra lo envolvía con mimo en un capullo y lo depositaba con cuidado en un extremo de su tela. Más tarde, asumió Tristán, la hembra le inocularía su mezcla de sedante y veneno para hacerle así más confortable la muerte mientras absorbiera sus extrañas, como hacía con el resto de presas.

Tristán asistió estupefacto a este mudo ritual. Algunos días más tarde descubrió una pequeña bolsita con miles de huevos que pronto el viento dispersaría. Al llegar las primeras heladas, la araña moriría y no dejaría osamenta o resto alguno que sirviera de recuerdo de su paso por este mundo. Todo cuanto fue desaparecería sin dejar rastro, con la única excepción de las arañitas que consiguieran abrirse camino fuera del saco que las protegía.

Aunque lo esperaba, Tristán sintió mucha pena cuando Diadema desapareció definitivamente. Un tiempo después, le pareció ver un cuerpecito inerme al barrer el suelo del balcón, pero cuando reunió fuerzas para recuperarlo y evitarle así acabar en el cubo de la basura... fue incapaz de encontrarlo. Lo prefirió así.

Y sólo cuando, pasados unos días, descubrió una nueva tela producto probablemente de algún vástago aventajado de su pequeña y recordada Diadema, Tristán volvió a sonreír.




Publicado a finales del 2006, Knives Don't Have your Back fue el primer album de estudio de la cantante y compositora canadiense Emily Haines. Contenía una melancólica y por momentos tenebrosa Doctor Blind que parece describir muy bien los sintomas del trastorno bipolar: una sucesión de altos y bajos a los que Emily sólo puede intentar oponer una medicación de píldoras azules, seguidas por otras rojas si los sintomas no desaparecen durante la noche, prescritas siempre por un doctor ciego.