sábado, julio 16, 2011

Internet se capilariza

Con la irrupción de los diminutos ordenadores de red y los teléfonos y tabletas inteligentes (observa aqui, querido lector, que he evitado escribir netbook o tablet), Internet se ha colado definitivamente en nuestro fuero más interno, en forma de apps. Aplicaciones fáciles de descargar, la mayoría gratuitas o en todo caso muy baratas, que tratan de exprimir hasta la última posibilidad de la red cuando se combina con cien gramos de alta tecnología.

Nadie, que yo sepa, había previsto esto ni en las más calenturientas mentes de los más destacados autores de novelas de ciencia ficción. En una escena de la celebérrima y anticipadísima Blade Runner, el protagonista, que ha robado un coche policial que vuela, toma tierra en un callejón para precipitarse hacia una cabina telefónica desde donde llamar a su heroina, que creo recordar es una avanzada androide.

Pero, bueno, si uno tiene coches voladores y robots que parecen humanos, debería tener al menos un teléfono inalámbrico, aunque fuera de aquellos que en los años 80 se llevaban en bandolera presumiendo por ahí de gran broker de Wall Street. Pero no. Los teléfonos inalámbricos no figuran en la vasta mayoría de miradas al futuro que desde los ya lejanos años 80 del siglo pasado se lanzaron. Así que ya se pueden imaginar que menos aún estos artilugios de formas engañosamente simples, que interconectan el mundo en virtud de planes de datos que han acabado por constituir necesidades tan vitales como el pan o el agua para millones de jóvenes hoy en día.

La enésima epifanía de GNU/Linux, el Android de Google, es el heraldo de este nuevo mundo capaz de satisfacer las necesidades sociales y cognitivas de toda una generación hasta tal punto que practicamente no vea ya necesidad de interactuar con el mundo real, como no sea emulando los muros de Facebook en las plazas publicas bajo vagas consignas de rebeldía, pero de buen rollo.

En la también celebérrima Terminator, el fin del mundo empieza cuando la red cae en poder de una inteligencia artificial. En aquellos años, la red era sinónimo de control de armas atómicas y semáforos.

Hoy, la red es sinónimo de 'me gusta esto'.
 







lunes, mayo 02, 2011

Obama says he killed Osama (and it's a good day for America)

Yeah, this Nobel Peace Prize climbed to the spotlight and said that the United States, as a whole, had conducted the killing of Osama Bin Laden, responsible for the death of 'thousands of innocent men, women and children'. In fact, since Osama never faced a jury, and never will, we will have to believe the words of Obama. We will even believe how useful was, after all, to keep all those men kidnapped at Guantanamo, since they gave the crucial hint for the chase after some mild torture. And just some hours later, the body of Osama was said to have been thrown to the sea, and the pictures showing him dead may or may not be released to the public opinion, this bunch of stupids that needs to be protected from the truth.

For a country where people still believes Elvis Presley to be alive, that could be a bit too much of confidence!

Many western leaders took a chance on Osama killing to express condolences by the victims of terrorism, but the killing itself took a life of a woman allegedly used as human shield by Osama, for who no one expressed regret of any kind.

All that may sound quite a bit ironical: Some simple maths show that about 303 times as many people have been killed in Afghanistan and Iraq than in the ghastly attacks of September 11, 2001, and more than 130 times as many people have been killed in these wars and occupations than in all terrorist attacks in the world from 1993-2004, according to data compiled by the US State Department.

More recent figures are un-available — after the 2004 report showed terrorism at an all-time high, numerous experts suggested that the wars in Afghanistan and Iraq were fueling an increase in terrorism, and subsequent State Dept terror tallies have remained classified.

Is this the justice many people mean when citing the Osama death?

I advocate for the banning of all wars, for the banning of any action that may lead to innocent victims no matter which country they live in. I advocate for a multination police corps able to deter any individual or government becoming a thread to his community or the world. As simple as that.

Yes, I understand that may throw to the basket of oblivion all our armies, weapons and multibillion dollar war businesses. But... wouldn't you sign for that with me?

martes, abril 26, 2011

El piloto de Hiroshima

La editorial española Paidós decidió editar en enero del 2003 una traducción al castellano de la obra del pensador austríaco Günther Anders, Hiroshima ist überall, conteniendo una colección de correos entre su autor y un tal Claude Eatherly, y ya de paso, cambiarle el nombre por el mucho más comercial de El piloto de Hiroshima.

Eatherly ganó notoriedad como parte de la leyenda urbana sobre el arrepentimiento de algunos miembros de las tripulaciones que participaron en los ataques atómicos a Japón en 1945, que derivaron en una serie de pequeños delitos absurdos, intentos de suicidio e internamientos en centros psiquiatricos. Sin embargo, las verdaderas motivaciones de sus actos, del trato que recibió por parte de las autoridades de su país e incluso del uso que hicieron de su historia las organizaciones contrarias a la bomba atómica son aún hoy en día motivo de controversia.

En realidad, pese a lo que puede leerse en la sinopsis del libro, Claude Eatherly no lanzó ninguna bomba sobre Hiroshima. Se trata del piloto del avión que precedía al Enola Gay para informarle de las condiciones meteorológicas reinantes en los blancos potenciales, Hiroshima, Kokura y Nagasaki, y ni siquiera fue testigo del bombardeo atómico.

De hecho, el texto de contraportada "Eatherly cumplió la orden de destruir un puente situado entre el cuartel general y la ciudad de hiroshima. Pero un error de cálculo hace que la bomba caiga sobre la ciudad. De regreso a la base militar, el 'piloto de Hiroshima' decide dedicar su vida a la lucha contra las armas nucleares" contiene, no una, sino varias falsedades. En primer lugar, Eatherly nunca recibió semejante orden. El bombardeo sobre Hiroshima fue ejecutado con admirable precisión, sin errores de cálculo, aunque por parte de Paul Tibbets. Por añadidura, de regreso a la base, en lugar de convertirse en pacifista, Eatherly aún tuvo tiempo dos días más tarde de participar con su avión B-29, de ridículo nombre Straight Flush, en uno de los últimos bombardeos de la II Guerra Mundial, sobre la ciudad de Yokkaichi.

Incluso el título 'El piloto de Hiroshima' pertenece a otra obra publicada en 1963 por William Bradford Huie precisamente para desmitificar la figura de Eatherly, por lo que es difícil imaginar una sinopsis con mayor número de equívocos, errores u omisiones. Enhorabuena, Paidós.

El libro mismo se limita a transcribir al alemán una serie de breves cartas remitidas por Eatherly a Anders en un inglés 'primitivo' y sin mucha trascendencia filosófica o moral, corregidas además para 'ganar dinamismo', y por Anders a Eatherly, con Anders en el papel de apasionado abogado defensor, y que luego Vicente Gómez Ibáñez ha traducido nuevamente, esta vez al castellano.

Tras su lectura sólo me ha quedado claro que ambos trataron de utilizarse para sus fines particulares, considerando Eatherly a Anders como su 'agente', y acordando repartirse la mitad de las ganancias que se derivaran de una película basada en la vida de Eatherly que jamás llegaría a realizarse.

También me ha quedado claro que Paidós no tiene demasiada seriedad a la hora de publicitar sus obras, y que Hiroshima sigue siendo un filón para editoriales sin escrúpulos. Paragon House Publishers llegó en 1989 a asignar la autoría del libro, titulado en ingles Burning Conscience: The case of the Hiroshima Pilot al propio Eatherly, muerto en 1978, aunque al menos no mintió sobre el alcance de su participación en los bombardeos atómicos.

Si buscas una reflexión profunda sobre Hiroshima y Nagasaki, pero libre de grandilocuencia vacía, no la busques en 'El piloto de Hiroshima'.

En su lugar, sigue estos simples pasos:
  1. Enciende una cerilla.
  2. Acerca la llama a la palma de tu mano hasta que el dolor de la quemadura se vuelva insoportable y creas desvanecerte.multiplica ese dolor por mil millones.
  3. Imagina que ese dolor multiplicado por mil millones que quema tu carne, tu conciencia y tu alma se extiende por generaciones, afectando a tus hijos y a tus nietos.
  4. Bienvenido a Hiroshima

lunes, abril 11, 2011

Gagarin 50.. Поехали!

Recientemente, mientras veía los episodios de la serie Space Race, me descubría a mi mismo asombrado ante historias de las que nunca antes había tenido noticia. En aquel país misterioso y malvado que se llamó la Unión Soviética, un puñado de hombres aprovecharon el tremendo impulso de la Guerra Fría para lograr lo que, hasta unos pocos años antes, se consideraba un sueño. Llegar al espacio. Y, por una casualidad, esta especie de iluminación me ha llegado justo cuando se cumplen 50 años del primer vuelo espacial de un ser humano.

No podía dejar pasar esta oportunidad.  De hecho, un amigo me dijo que, en el futuro, lo único importante que se recordará será esa primera órbita, ni tan siquiera la épica llegada del hombre a la luna, sino esa modesta azaña que hace ahora 50 años llevó al hombre a una nueva frontera.

Como homenaje, he tomado como base un excelente relato de aquel primer vuelo espacial a cargo de lapizarradeyurigagarin@gmail.com.

Érase una vez una niña de seis años que se llamaba Rita.
Rita vivía con sus papás en una granja colectiva a orillas de un río muy, muy grande, no lejos de un lugar llamado Engels. El papá de Rita era guardabosques y su mamá, que se llamaba Anna Akimova, se dedicaba a cuidar el ganado. Esta mañana, Rita había salido con su mamá para llevar a una vaca a pastar en los campos cercanos. Hacía un día muy bonito, con un cielo muy azul. Se acercaba ya el mediodía y el sol brillaba con fuerza, aunque era el mes de abril y aún hacía un poco de frío. De pronto, Rita señaló a lo alto y anunció:

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

La mamá de Rita quiso decirle que no fuera tan fantasiosa (porque la verdad es que Rita, a veces, era un poquito fantasiosa); pero miró de reojo al punto donde señalaba la niña. Y entonces, ella también lo vio. Había, en efecto, un señor con un mono naranja y un casco blanco que bajaba del cielo en paracaídas. Anna y Rita se quedaron un poco pasmadas, viéndole descender en los campos cercanos. Y cuando el señor del mono naranja echó a andar hacia ellas arrastrando su paracaídas, la mamá de Rita la agarró con fuerza y ambas retrocedieron un poco asustadas. No hacía tantos años que terminó la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría estaba ya en su pleno apogeo y podía ser que los señores que bajan del cielo no trajeran buenas intenciones. Aunque, para ser espía o soldado enemigo, este tipo era más bajito que los de las películas. Y sonreía, como si estuviera inmensamente feliz. Además, en el casco blanco que llevaba ahora en la mano ponía “CCCP“: el acrónimo de su país.

Dias felices

Entonces, el señor bajito del mono naranja que había bajado del cielo les gritó:
Yuri Gagarin tras su aterrizaje

–¡Eh, no tengáis miedo! ¡Soy soviético, como vosotras! ¡Vengo del espacio y tengo que encontrar un teléfono para llamar a Moscú!

El señor bajito del mono naranja, un joven de veintisiete años que resultó ser muy alegre y simpático, se llamaba Yuri Alekseyevich Gagarin. Era el 12 de abril de 1961, cerca del mediodía, hora de Moscú. Y lo más cañero de todo es que decía la verdad: acababa de regresar del cosmos con una nave espacial llamada Vostok-1, que tomó tierra automáticamente a alguna distancia de allí. ¡Esto sí era una cosa para contar mañana en el cole!

Rita y su mamá le llevaron a la granja colectiva, charlando amistosamente (aunque, la verdad, mamá no se acababa de creer mucho su historia). Mientras el supuesto kosmonavt hablaba por teléfono, alguien dijo que había oído en la radio un rato antes algo sobre el asunto este. Que el tipo era un héroe, el primer hombre en viajar al espacio, una cosa del otro mundo. Entonces, empezó una especie de locura colectiva, mucho más que cuando el Sokol de Saratov ascendió a segunda división. La gente se hizo fotos con él y se lo llevaron en un camión hacia la cercana base aérea de Engels. Pero apenas habían salido a la carretera cuando apareció un helicóptero a recogerlo. Al poco, el lugar se llenaba de soldados, científicos y cámaras. La radio repetía triunfalmente con palabras muy grandes que la Unión Soviética había llevado al primer hombre al cosmos. Y el señor bajito y simpático del mono naranja salió en la tele y en los periódicos y en las revistas de todo el mundo, una y mil veces. Pues, en efecto, la historia de la civilización terrestre acababa de cambiar ante los ojos atónitos de Rita, su mamá y una vaca –cuyo nombre, por desgracia, no recordamos–, que vieron el instante en que la Humanidad entraba definitivamente en la Era Espacial.

La aventura extraordinaria del joven bajito con mono naranja había empezado unas horas antes, esa misma mañana, en un lugar secreto situado mil quinientos kilómetros al sudeste de allí. Por aquel entonces ese lugar aún se llamaba Tyuratam, pero pronto el mundo entero lo conocería como Baikonur. El cosmódromo de Baikonur.

Esa mañana, todo el mundo se levantó muy temprano en Baikonur. Algunos ni siquiera habían dormido. Entre otros, un señor regordete, cuellicorto y cabezón cuyo nombre era tan secreto que sólo se le llamaba por las iniciales S. P. o número 20; aunque el mundo llegaría a conocerle como el Diseñador Jefe. Este señor Número 20 era quien ideó todo aquello y lo había llevado a cabo –con la ayuda de otros muchos casi tan geniales como él, claro–; y también quien decidió que el joven bajito, simpático y ligón llamado Yuri Gagarin se convertiría en el héroe de su fabulosa aventura. Le conocía en persona como al resto de sus aguiluchos –los elegidos para la gloria del programa espacial soviético–, eran amigos y hoy este aguilucho Gagarin se convertiría en águila… o moriría en el intento.

Un Yuri Gagarin adolescente en su época de aprendiz de forjador y gamberro simpático entre las muchachas de Lyubertsy.

Yuri Gagarin era un joven piloto de la Fuerza Aérea Soviética que pertenecía ya a una nueva generación para quienes la Segunda Guerra Mundial era un recuerdo de la infancia y Stalin, un nombre de su adolescencia. Nacido en 1934, tenía once años cuando acabó el conflicto y diecinueve cuando desapareció el autócrata. Por aquel entonces, Gagarin era aún aprendiz de forjador en una fábrica, que había aprendido a pilotar avionetas en un aeroclub local y estudiaba para técnico aeronáutico en una escuela de formación profesional. Y es que procedía de una familia muy humilde: hijo de un carpintero y de una campesina a la que le gustaba mucho leer, se había criado en un suburbio industrial periférico de Moscú con no muy buena fama llamado Lyubertsy. Sus profesores decían de él que era buen estudiante pero bastante gamberro. Las muchachas de Lyubertsy coincidían en que era bastante gamberro, pero un gamberro simpático a pesar de su corta estatura –1,57, en un país donde los tipos suelen ser bastante inmensos– y esas cosas que se dicen antes de dejarse, uh, acaramelar.

En 1955, a los veintiún años, Gagarin terminó su curso de técnico aeronáutico con unas notas bastante estupendas a pesar de estos entretenimientos e ingresó en la Fuerza Aérea Soviética para convertirse en piloto militar. Recibió sus alas en la Escuela de Pilotos de Orenburg, a los mandos de un MiG-15; a continuación, se casó con una chavala de nombre Valentina Goryacheva, aunque dicen las malas lenguas que no sentó mucho la cabeza en el tema de faldas.

Sus superiores le enviaron a ejercer su nueva y definitiva profesión en un lugar llamado Luostari, en el óblast de Múrmansk, apenas unos pocos kilómetros al sur del Círculo Polar Ártico. Para parar a los bombarderos capitalistas si algún día decidieran atacar a la Rodina por el Polo Norte, Noruega o ese rollo. Como te imaginarás con facilidad, no es la Costa del Sol exactamente; sino un lugar maldito entre la tundra y los hielos del Océano Glaciar Ártico, con una climatología casi extraterrestre, que sólo tiene una virtud: crear magníficos pilotos, porque es preciso ser un magnífico piloto para gobernar aviones en un sitio donde hay una ventisca infernal antes de almorzar y otra después de comer como cosa de todos los días. O casi todos; luego están los días verdaderamente malos.

Por lo visto, se le daba bien: a los veinticuatro años fue ascendido a teniente y a los veintiséis, a teniente primero. Más o menos en ese mismo año, 1959, comenzó a circular entre los oficiales jóvenes de la Fuerza Aérea Soviética que había una nueva oportunidad laboral relacionada con los recientes vuelos al espacio del Sputnik y de Laika. Que se admitían voluntarios, vamos, para un curro muy secreto, muy exigente y muy peligroso que conducía directamente a la gloria o a la muerte en versión fritanga estratosférica y cachitos múltiples. Exactamente la clase de proposición que un joven piloto de caza encuentra irresistible: hubo miles de solicitudes, y entre ellas estaba la del teniente primero Yuri Gagarin. Quien, por cierto, acababa de tener a su primera hija: Yelena.

En 1960, se contaba ya entre el selecto grupo de veinte pilotos expertos elegidos para que uno de ellos se convirtiera en el primer ser humano en viajar al cosmos. Su corta estatura fue, precisamente, un punto a su favor: el espacio disponible en aquellas primeras Vostok era francamente reducido y los tipos grandullones no cabían. Pero no fue el único: las pruebas, cursos, exámenes, entrenamientos y comprobaciones de seguridad rayaban lo inhumano. Poco a poco, dos nombres fueron destilándose en aquel exclusivo grupo de pilotos excepcionales: Gherman Titov y nuestro Yuri Gagarin. Pronto se convirtió en el favorito, precisamente por ser de origen humilde (algo muy valorado en la Unión Soviética) y porque su nombre no sonaba tan alemán como el de Gherman Titov (si bien Gherman es relativamente común en Rusia y viene de San Germán de Constantinopla, un patriarca antiguo de la Iglesia Ortodoxa).

Pero el señor Número 20, el legendario Diseñador Jefe que ya había lanzado al Sputnik y a Laika y otros cuantos objetos y animales más, no se dejaba impresionar por detalles de esos; y era precisamente este dios de la cosmonáutica quien debía tomar la decisión. Al parecer, sucedió de una forma bastante anecdótica. Estaban varios compañeros esperando en una sala para entrar a uno de los últimos exámenes teóricos, y pasaban el rato haciéndose preguntas entre sí, por practicar la prueba. Entonces, a instancia de uno de sus colegas, Yuri comenzó a recitar de carrerilla y con detalles exhaustivos los procedimientos técnicos de control de la Vostok; casi como si la hubiera diseñado él mismo. Casualmente, el Diseñador Jefe se encontraba en la habitación de al lado y pudo oírlo a través de la puerta. Y como ya tenía una muy buena opinión sobre él, especialmente porque Gagarin comprendía el alcance histórico y filosófico de todo aquel invento como muy pocos, tomó la decisión final en ese instante: el terror de las niñas de Lyubertsy, que acababa de tener a su segunda hija Galina, sería el primer gran héroe de la Era Espacial.

Y así estaban las cosas en aquella mañana del 12 de abril de 1961. A unos pocos kilómetros, en una plataforma que se llamaba entonces sitio número 1 y ahora se conoce como la salida de Gagarin, esperaba ya una variante mejorada del primitivo cohete R-7 Semyorka denominada Vostok-8K72K. En la punta, una minúscula nave espacial con aspecto de helado de cucurucho raro llamada Vostok-1 y nombre en clave Cedro (Кедр, “Kedr”) aguardaba al elegido para pasar al libro gordo de la historia con letras grandes y doradas… o a una tumba con letras también grandes y doradas.

Jamás se había hecho antes. Era la primera vez en que la Humanidad decidió enviar a uno de sus hijos más allá de la suave atmósfera que nos vio surgir. Y no sólo eso, sino que además iban a por el premio gordo: debía describir una órbita completa alrededor del planeta Tierra, pues sólo así se abriría la puerta para los viajes espaciales futuros. Aut Cæsar aut nihil, y esas cosas.

La mañana anterior, 11 de abril, Yuri y Gherman –Titov era el piloto de respaldo, por si a Gagarin le pasaba algo en el último momento– estuvieron charlando con unos soldados de la base de lanzamientos. Después, acudieron ya al chalé donde debían pasar la noche, junto a su jefe de entrenamiento, el general Nikolai Kamanin. En el centro de control, acaba de comenzar la cuenta atrás. Mientras se hallaban en esta casa comenzaron ya a tomar comida espacial, preparada por la Academia de Medicina de la URSS: dos raciones de puré de carne y una de salsa de chocolate, en tubos de 160 gramos. Durante la tarde, les colocan los sensores médicos que uno de los dos llevará puestos durante el vuelo y les toman las mediciones en reposo a lo largo de hora y media. Aparentemente, Yuri está muy tranquilo durante este proceso: su presión arterial es de 115/60, su pulso asciende a 64 pulsaciones por minuto y su temperatura corporal está en 36,8 ºC. A las nueve y media de la noche, el Diseñador Jefe se pasa a hacerles una visita y conversar un rato con ellos: todo está listo y el lanzamiento procederá según lo programado, con Yuri como primer piloto. Poco después, ambos cosmonautas se van a la cama; aunque el general Kamanin, quien permanece despierto en el cuarto adyacente, les oye conversar en la oscuridad hasta bien entrada la noche. Habría sido interesante estar en esa conversación, ¿eh?

En la mañana del 12 de abril de 1961, como ya dijimos, todo el mundo se levanta muy temprano en Baikonur. Yuri y Gherman hacen algo de deporte, desayunan aquellos tubos de comida espacial estrictamente controlada y acuden a que les vistan con sus trajes de vuelo, sus cascos blancos y su monos naranja. A cada minuto que pasaba, había más gente alrededor: técnicos, médicos, especialistas, militares, los miembros del comité estatal. Todo el mundo parece estar de muy buen humor, aunque también se respira mucha tensión en el ambiente y la seriedad de quienes saben que se disponen a hacer historia, y no pequeña. Yuri sigue muy tranquilo y bromea con todo el mundo, como es su carácter, mientras se enfunda su traje SK-1. Ha amanecido ya cuando Gagarin, Titov y un grupo de especialistas y soldados se suben a un autobús en dirección al sitio número uno, seguidos por un vehículo de escolta. Conforme se aproximan, Yuri mira al inmóvil cohete Vostok-K que ya apunta más allá de los cielos.

Son las ocho y pico de la mañana cuando hay unos breves discursos, unas despedidas bastante emotivas y Yuri echa a andar hacia la plataforma de lanzamiento acompañado por técnicos, médicos y el general Kamanin. Aún existe la posibilidad de que se tuerza un tobillo o algo así subiendo la escalerilla, y entonces Titov será el primer hombre en el espacio… o el primer muerto intentándolo. Pero no sucede nada de eso. Yuri se introduce en un ascensor, asciende hasta la punta del cohete y allí es introducido y sujeto a la cápsula Vostok-1.

En principio, no está previsto que Yuri tome los mandos: será un vuelo completamente automático. No obstante, le han entregado un sobre con las claves precisas para hacerlo en caso necesario. A bordo lleva comida espacial para diez días, por si acaso fallase el procedimiento de reentrada y tuviera que esperar allá lejos hasta que la órbita decaiga por sí sola. Aunque, si falla algo, lo más normal es que todo sea bastante más rápido y definitivo. Muchos pisos más abajo, las bombas comienzan a inyectar el keroseno y el oxígeno líquido para los motores cohete RD-108 de 1959.
Gagarin en la Vostok 1

Se acercan las nueve de la mañana del doce de abril de 1961, y el joven bajito y simpático que se llama Yuri Gagarin está ya encerrado en la Vostok-1. La Vostok-1, con su aspecto general de un cucurucho de helado medio asomando en la punta del cohete, está compuesta por dos partes: una esférica donde se halla el aspirante a kosmonavt, y otra en forma de cono truncado para los equipos electrónicos, de orientación y apoyo. Alrededor, unos depósitos esféricos con oxígeno y nitrógeno líquidos para soporte vital y propulsión. Por radio, verifican los últimos parámetros previos al lanzamiento. El Diseñador Jefe está al mando, hoy como jefe de control de misión, y dice:

–Zarya llamando a Kedr. La cuenta atrás [final] está a punto de empezar.
–Recibido –contesta Yuri–. Me encuentro bien, estupendo de ánimo, listo para ir.

Los rusos no usan la conocida cuenta atrás estadounidense que va descontando segundos en voz alta. Simplemente, el reloj va marcando el momento de realizar las distintas acciones previas al lanzamiento, y por fin marca la hora de cambiar la historia de la Humanidad para siempre. Entonces, mientras el cohete Vostok comienza a vibrar, los soportes de la torre de lanzamiento se apartan de él y los motores empiezan a proyectar llamaradas anaranjadas, la voz del Diseñador Jefe recita:

–Etapa preliminar… intermedia… principal… ¡lanzamiento! Te deseamos un buen vuelo, todo está correcto.

Yuri siente una suave sacudida, el estruendo de los motores cohete acelerando a máxima potencia y el fuerte tirón que le separa del suelo para llevarlo ni más ni menos que al espacio. Ve que ha comenzado a moverse y grita a la radio:

–Poiejaly! (Поехали! “¡Allá vamos!”)

Son las nueve y siete minutos de la mañana. En medio de una gran humareda, llamaradas inmensas y un rugido atronador, el cohete Vostok-8K72K se eleva desde las estepas de Kazajstán hacia el lugar donde el cielo ya no es azul pero a cambio está lleno de estrellas. Lejos de allí, a orillas del Volga, una niña llamada Rita saca a pastar a una vaca en compañía de su mamá.

A los 119 segundos de vuelo, los cuatro impulsores externos se separan y caen hacia el desértico downrange de Baikonur. Gagarin conversa con su control de lanzamiento Zarya-1, indicando que todo parece ir bien. El Diseñador Jefe le confirma que el lanzamiento se ha producido dentro de todos los parámetros programados y que los datos transmitidos por el cohete son similares a lo previsto. A las nueve y diez, cuando el cohete lleva ahora 156 segundos elevándose a toda potencia, el aire se vuelve tan tenue que el fuselaje aerodinámico ya no es necesario y se separa, dejando al descubierto la nave Vostok-1 donde viaja Gagarin. El sistema de orientación óptico Vzor se activa y comienza a tomar referencias para el largo viaje por la órbita de la Tierra. El control de tierra le ve a través de un enlace de televisión; Gagarin parece encontrarse bien, consciente y orientado, muy contento. Los sensores médicos conectados a su cuerpo no presentan ninguna anomalía significativa. Hay que tener en cuenta que, hasta ese momento, nadie sabía realmente si un ser humano podría sobrevivir a un vuelo espacial.

A los cinco minutos del lanzamiento, el cohete principal agota igualmente su combustible y se separa para caer a tierra también. La fase superior se enciende para llevar a la nave espacial hasta su destino. Un minuto después, a las 09:13, Yuri transmite al Diseñador Jefe en Zarya-1:

–El vuelo sigue bien. Puedo ver la Tierra. La visibilidad es buena… puedo verlo casi todo. Hay un poquito de espacio bajo la cubierta nubosa de cúmulos… Continúo el vuelo, todo está bien.

Otro minuto más tarde, el aún aspirante a kosmonavt se ratifica:

–Todo funciona muy bien. Todos los sistemas están operativos. ¡Sigamos adelante!

A las 09:15, la etapa superior está activa aún y se encuentran ahora sobre Asia Central. El cielo es negro por completo y está lleno de estrellas. Debido al veloz aumento de la distancia a Baikonur, las comunicaciones de radio empeoran rápidamente. Está previsto: Zarya-2, el centro de seguimiento de Kolpashevo, trata de restablecer las comunicaciones lo antes posible. A las 09:17, la última etapa se apaga y el computador de a bordo libera a la nave espacial Vostok. Ahora ya no tiene ninguna propulsión, ni la necesita. Diez segundos después, Yuri Gagarin entra en órbita. ¡Está en el espacio! Ahora ya es un verdadero kosmonavt, el primero de todos, el pionero de la Humanidad: el fundador. Cualquier cosa que hagan las generaciones futuras más allá de la Tierra, lo harán como sucesores del ciudadano soviético Yuri Alekseyevich Gagarin a bordo de su nave Vostok-1, creada por el señor Número 20 y los suyos. Pero aún queda mucho trabajo por hacer hasta regresar con vida a casa. Ahora mismo se encuentra sobre Siberia, en dirección al este, al Océano Pacífico. Transmite a Zarya-2:
Yuri Gagarin en órbita

–La nave está funcionando normalmente. Veo la Tierra a través del ojo de buey del Vzor. Todo procede según lo planeado.

A las 09:21 la Vostok-1 sobrepasa la Península de Kamchatka para adentrarse en el Océano Pacífico, abandonando así la Unión Soviética. Gagarin aprovecha para emitir un informe de situación:

–Las luces están activadas en el monitor de descenso. Me encuentro bien y de buen ánimo. Parámetros de cabina: presión atmosférica 1, humedad 65, temperatura 20. Presión en el compartimiento 1, primer automático 155, segundo automático 155, presión en el sistema de retrocohetes 320 atmósferas.

Ha transcurrido un cuarto de hora desde el lanzamiento y se está haciendo rápidamente de noche. Va a ser el día y la noche más cortos vividos por un ser humano jamás: poco más de 100 minutos para dar la vuelta completa a la Tierra y todos sus husos horarios. Conforme la Vostok-1 se adentra hacia las tinieblas del Pacífico, Zarya-3 (en Yelizovo) entra en contacto con el kosmonavt a las 09:26 y éste les pide un informe de telemetría. Sin embargo, Zarya-3 apenas tiene datos aún:

–¿Qué podéis decirme del vuelo? ¿Qué me decís? –pregunta Yuri.
–No hay instrucciones de Número 20 –le contestan desde Yelizovo–. El vuelo procede con normalidad.
–¡Pero dadme los datos del vuelo! Ah, y mandadle un saludo al Rubio –pide Gagarin, en referencia a su amigo y futuro cosmonauta Alexei Leonov.

Zarya-3 no puede darle datos de telemetría todavía –sólo lleva seis minutos en órbita y en aquella época esas cosas se tomaban su tiempo–, pero sí confirmarle que todos los sistemas están operando correctamente. La conversación languidece mientras las comunicaciones empeoran, conforme la Vostok-1 entra definitivamente en la noche sobre el Océano Pacífico. Desde Alaska, una estación de guerra electrónica estadounidense capta las imágenes de televisión que proceden desde el espacio, donde se ve a un hombre joven con casco hablando en ruso. No saben a qué atenerse, pero comprenden que están ante algo histórico y se ponen en comunicación con Washington. A casi ocho kilómetros por segundo y más de trescientos kilómetros de altitud sobre la superficie terrestre, Gagarin avanza ahora hacia las Islas Hawaii. Las comunicaciones por VHF ya no son posibles a tanta distancia, pero continúan intercambiándose mensajes por HF. Un rato más tarde, Yuri transmite:

–Informe regular de situación: son las nueve horas y cuarenta y ocho minutos, el vuelo procede con éxito, Spusk-1 está operando con normalidad. El índice móvil del monitor de descenso está moviéndose [...] Me encuentro bien.

A las 09:51, comunica también que el control de actitud por orientación solar se ha activado. Aún tiene que esperar dos minutos más para recibir desde Khabarovsk el mensaje que llevaba esperando todo el rato:

–Kedr, aquí Zarya-2. Por orden de Número 33 [el general Kamanin] hemos encendido los transmisores y comunicamos lo siguiente: el vuelo procede normalmente y la órbita ha sido calculada.

A Yuri le cuesta mantenerse quieto en su asiento cuando oye estas palabras. Porque está exultante: ¡lo han logrado! No sólo está en el espacio, sino que se encuentra en una órbita verdadera y estable alrededor de la Tierra, no derivando sin rumbo hacia cualquier lugar. Ahora, incluso si todo saliera mal y nunca pudiera volver, Yuri Alekseyevich Gagarin pasaría ya a la historia como el primer navegante verdadero del cosmos: el cosmonauta original. Sin embargo, el terror de las niñas de Lyubertsy tiene toda la intención de regresar sano y salvo, aunque sólo sea para volver a ver a sus hijas y celebrarlo como corresponde a tan excepcional ocasión. Contesta, a las 09:56:

–Recibido, recibido, Zarya-2. Kedr está en órbita calculada alrededor de la Tierra. Continúo el vuelo, me encuentro sobre América [...]

En realidad no se halla sobre el continente americano, pero puede verlo a la confusa luz del amanecer desde allá arriba, donde ya no hay “arriba” ni “abajo”. Sobrevuela el Pacífico Sur en dirección a la Península Antártica para pasar al Atlántico mientras el sol sale ante sus ojos a toda velocidad. Cristóbal Colón, Fernando de Magallanes, Vasco de Gama, Yuri Gagarin, susurra la Historia en sus oídos. En el noticiario de las diez en punto, Radio Moscú comienza a anunciar al mundo que hay un cosmonauta soviético en el espacio, para asombro de las gentes y las naciones. Yuri intenta varias transmisiones durante estos minutos, pero no se reciben en la URSS, al otro lado del planeta. Salvo una, a las 10:13, emitida ya desde el Atlántico Sur: “Os recibo bien; el vuelo sigue…”.

A las 10:25, la Vostok-1 conmuta automáticamente a actitud de reentrada. Se encuentra cerca de la costa angoleña, a 8.000 kilómetros del punto de aterrizaje previsto en Rusia occidental. Los retrocohetes se disparan durante cuarenta y dos segundos; con eso, la nave espacial pierde velocidad y comienza a caer de nuevo hacia la Tierra sobre África. Diez segundos despúes el computador de a bordo ordena la separación del módulo de equipamiento, pues está previsto su aterrizaje por separado.

Entonces sucede un fallo que está a punto de terminar con la misión y matar a Gagarin durante la ardiente reentrada: un grupo de cables no se separa correctamente y los dos módulos quedan enganchados. Además, conforme vuelve a haber aire alrededor de la nave, aunque sea todavía muy tenue, la Vostok-1 comienza a girar sobre sí misma a gran velocidad debido a la forma esférica del módulo de descenso. Sin embargo, Yuri no trata de comunicarse para decir que algo va mal: ha deducido correctamente que estas anomalías no ponen en peligro a la nave y, según diría después, “no quise hacer ruido innecesariamente”. Unos minutos más tarde, el grupo de cables que ha impedido la adecuada separación se quema por el enorme calor de la reentrada y los dos elementos de la Vostok-1 se distancian por fin. Yuri se encuentra ahora sobre Egipto y la nave sigue rotando con fuerza, sometiéndole a aceleraciones de 8,5 g, pero el cosmonauta permanece consciente y sigue sin transmitir nada en particular.

A partir de las 10:35, la Vostok-1 pasa sobre las pirámides de Egipto y se adentra en el Mar Mediterráneo, al oeste de Chipre. Tras atravesar Turquía, regresa a la Unión Soviética por la costa del Mar Negro, cerca de Krasnodar. El cielo vuelve a ser azul. Sigue descendiendo en dirección al Volga y por fin, a las 10:55, Yuri activa el asiento eyectable a siete kilómetros de altitud tal y como estaba previsto. Esto generó alguna polémica con posterioridad, puesto que se suponía que los cosmonautas debían permanecer con su nave hasta el aterrizaje para hacer valer sus récords ante la Federación Aeronáutica Internacional (aunque, como no podía ser menos, la cosa quedó definitivamente saldada a su favor; y, de todos modos, esto era ya astronáutica). Sin embargo, esta era una preocupación completamente secundaria para el equipo del señor Número 20: la toma de tierra final podía ser dura y no estaban dispuestos a que uno de sus valiosos cosmonautas se rompiera los dientes así como así. Por tanto, hubo tres paracaídas en el aire: el del módulo de descenso, el del módulo de equipamiento y el de Yuri. Debido a los problemas de separación sobre África, el módulo de equipamiento caería bastante lejos.

A las 10:55, dos chicas adolescentes vieron aterrizar el módulo de descenso de la nave espacial Vostok-1. Lo contaron así: “Era una bola muy grande, como de dos o tres metros, con un paracaídas enorme. Cayó, rebotó y volvió a caer. Se hizo un agujero bastante grande donde había caído por primera vez…”

Yuri, cuyo paracaídas se ha abierto a 7.000 metros de altitud, es arrastrado por un viento suave hasta las orillas del Volga. Allí desciende, sobre unos campos de cultivo, y ve a una niña que señala hacia él, con su mamá y una vaca. Son las once y cinco, y la Humanidad ha entrado en la Era Espacial de la mano del Diseñador Jefe y el joven bajito del mono naranja que se llama Yuri Alekseyevich Gagarin. La mamá parece asustada, pero la niña –Rita– le mira con unos ojos enormes y llenos de fascinación.

–¡Mira, mamá! ¡Hay un señor que baja del cielo!

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado y ya nunca terminará.

martes, marzo 29, 2011

Japón: Catástrofe en HD

A mucha gente le he impresionado estos días no sólo la visión, con una claridad sin precedentes, de los efectos de un terremoto y un tsunami gigante sobre una sociedad avanzada. Le ha impresionado aún más la reacción de esa sociedad, despertando por doquier respeto y admiración.

Japón ha ido ganando influencia social casi en la misma medida en que la ha ido perdiendo económicamente. Las costumbres japonesas que han alcanzado occidente ya no se limitan a algunas artes marciales. Quizá las técnicas de gestión niponas ya no gocen de la aureola que tuvieron durante los años 80, pero la influencia del Japón cubre ahora un amplísimo espectro que va desde la cocina hasta las artes decorativas o la industria del entretenimiento.

Con una interrelación cada vez más intensa, no era de extrañar la gran dependencia emocional que se ha puesto de manifiesto con el gran terremoto. Las historias que han llegado a nuestras pantallas nos han llegado también al corazón, apelando a sentimientos que han resultado ser universales, pero enfocados de una forma totalmente distinta.

El carácter estoico japonés no resulta nuevo para el occidental. Sabe de él desde mucho tiempo atrás. Sabe que se forja en un sistema educativo orientado a la cohesión del grupo, en un animismo religioso poco dado a la idolatría o al exceso, en una defensa feroz pero pragmática de la herencia cultural.

Pero, desde luego, no lo había podido ver enfrentado a la tragedia a esa escala, y en YouTube.. Quizá decir que el occidental no había experimentado estos mismos sentimientos en el gran terremoto de Kobe de 1995 sólo porque fue el último de la era pre-internet sea exagerado.

Pero combinando ambos factores, una fascinación cultural sin precedentes y unos medios técnicos capaces de transmitir la catástrofe con la mayor granularidad, la inmediatez, la visión personal, podemos vislumbrar una gran novedad: Las catástrofes van a ser, partir de ahora, pero sobre todo en el País de la Electrónica, catástrofes en HD.

lunes, marzo 21, 2011

El coche que pudo cambiar la historia

Hubo un tiempo en el que el mundo tuvo que decidir qué fuerza motriz sustituiría al músculo de caballos y hombres.

Y el candidato con más posibilidades era la electricidad.

Simple, de arranque instantáneo y muy potente, el motor eléctrico era, sin duda, el futuro. Sobre todo comparado con el ruidoso y sucio motor de combustión interna, que, incapaz de ponerse en marcha por si solo, requería que el conductor se arremangara para hacer girar una manivela que diera inicio al proceso cíclico de combustión.

Pero algo fue mal, y el mundo se sumergió en un espeso y pegajoso manto negruzco que cubrió el planeta de carbón y sangre.

En la era del petroleo, los paises que encontraron bosques fosilizados del carbonífero en su subsuelo pudieron financiar guerras y dictadores, mientras se convertían en objeto de codicia por parte de quienes nos los tenían, justificando más guerras y dictadores. Pero todos, absolutamente todos, pudieron envenenar sus pulmones, devastar sus bosques, tiznar sus edificios y calentar el planeta hasta llevarlo al borde del desastre.

Entonces, y sólo entonces, se acordaron de aquel momento, muchos años atrás, en el que se abandonó el coche eléctrico en favor de un combustible barato y de fácil extracción.

viernes, febrero 25, 2011

Seres de otro mundo invaden la Tierra

Dice un grupo de respetables científicos que es poco menos que irresponsable que la ONU no dedique sus esfuerzos a planificar la defensa contra un hipotético ataque alienígena, a la vista de que este ataque es probable en un plazo corto de tiempo.

Yo no entiendo qué es lo que ellos entienden por un ‘corto espacio de tiempo’ pero realmente no veo cómo podemos defendernos de algo que, ni de forma indirecta, conocemos. Cuando está por probar la existencia de cualquier tipo de vida más allá de la tierra, el pretender que se trata de un hecho probado, es más, dar por sentado que se tratará de vida semejante a la nuestra, y por ende, de naturaleza agresiva e invasora, es ser bastante reaccionario. Es, más bien, la enésima expresión del miedo al diferente, de xenofobia. Y también una confesión de nuestra naturaleza a veces deleznable.

Pero, además, dar por cierto de que esos invasores disponen de la capacidad técnica para viajar hasta nuestro planeta resulta bastante... contradictorio. Si son parecidos a nosotros, eso quiere decir que aún son incapaces de curar un resfriado o atender servicios de atención al cliente dignos de ese nombre. Mucho menos de emprender viajes interplanetarios.

Si, de verdad, fueran miembros de una raza de desarrollo superior, capaces de salvar las inmensas distancias cósmicas mediante nuevas fuentes de energía y formas de transporte, con toda probabilidad serían pacíficos y no invasores. El motivo es que el aumento de nuestra inteligencia suele acarrear un aumento de nuestra sensibilidad, de nuestra capacidad empática. Hay individuos muy inteligentes que carecen de esta capacidad, pero su número se autolimita porque su superpoblación conduce a su propia extinción. Espero.

Y si no fuera así, si no tuviéramos suerte en nuestro primer encuentro, díganme qué podríamos hacer en nuestra defensa. Qué pudieron hacer los gorilas cuando vieron por primera vez a los hombres... ¿ocultarse tras alguna kentia? Eso en el caso de que, como tantas veces se ha bromeado, los extraterrestres no seamos nosotros, o nuestros tataranietos que vienen del futuro los puentes y fines de semana.

La supervivencia de una civilización, a largo plazo, sólo es posible cuando se arraiga el altruismo y el respeto a la diferencia.

Ser bueno no es una opción. Es una ley universal.