sábado, octubre 31, 2026

Si Polibio levantase la cabeza

Cada tanto, parte de la población, los llamados intelectuales, se escandaliza por la deriva autoritaria de las formas de gobierno que les toca vivir. Siempre existe el riesgo de considerar que es la primera vez que algo así sucede. Pero, no. Desde tiempos de Aristóteles, y seguramente antes, los gobiernos han ido mutando en torno al mismo ciclo de concentración y dispersión del poder. Lo único realmente inédito es la velocidad a la que gira la rueda últimamente.


A todos nos enseñan en la escuela las bondades de la democracia, esa forma de gobierno en la que se deja opinar y decidir a cada miembro de la tribu, asegurando así la preservación del bien común.

Además, desde los tiempos de la sangrienta Revolución francesa, sabemos que la mejor forma de preservar este tesoro es dividir el poder en tres órganos. Pero la rueda que nos lleva de la democracia a la tiranía sigue girando. Puedo oír el rechinar de sus engranajes. ¿Por qué no somos capaces de detenerla?

Hace más de dos mil años, al hijo nacido en Megalópolis de un reputado aristócrata le dio por intentar explicar cómo Roma había podido con Grecia. Por cierto, Megalópolis... casi da risa llamar así a este villorrio del Peloponeso de poco más de seis mil habitantes. Pero, en aquella época, producía asombro que los toscos romanos hubieran sido capaces de someterles a ellos, refinados e inteligentes habitantes del Egeo. Pero he aquí que las legiones romanas acababan de demostrarse superiores a las falanges macedónicas que habían mantenido sometida toda Grecia durante siglos.

El caso es que a Polibio, el megalopolitano, por su formación no solo militar sino también política y diplomática, le interesaba averiguar cómo los pueblos nacen, crecen y mueren, y en particular cómo nacieron, crecieron y, sobre todo, cómo iban estos nuevos dominadores... a morir.

Para eso, nada mejor que sumergirse en la historia del mundo. Del mundo que le interesaba, claro. De un Mediterráneo que veía unificarse bajo las botas de los soldados romanos a una velocidad pasmosa. Así que, desde su privilegiada posición como rehén en Roma, leyó y escuchó a quien tenía a mano. Estrategas de la propia Liga Aquea a la que perteneció, partidarios y detractores de Roma y Cartago y, por supuesto, a toda la constelación de pensadores clásicos. De Platón y Aristóteles a Eratóstenes y al resto de precursores del pensamiento científico. Pero de todas estas fuentes, estoy seguro de que la más ilustrativa tuvo que ser la amarga experiencia de las polis griegas, Atenas, Tebas, Esparta o su propia Liga Aquea, atrapadas en guerras civiles crónicas, demagogia y golpes de Estado.

En cambio, al observar desde dentro el Senado romano y el círculo de su protector Escipión Emiliano, vio una anomalía histórica: un Estado que, tras perder más de 70.000 hombres en Cannas... ¡no solo no se rendía —ni siquiera sufría una revuelta interna—, sino que en apenas cincuenta y tres años (220–167 a. C.) sometía a todo Occidente! Polibio concluyó que el secreto no estaba en la suerte (Tyche), sino en el diseño mecánico de su régimen político (politeia).

Y para elaborar su teoría, de Platón tomó la idea de que las sociedades nacen tras grandes cataclismos naturales y que los regímenes degeneran por corrupción moral de una generación a la siguiente. De Aristóteles y su discípulo Dicearco de Mesina (autor del Tripolitikós) tomó la taxonomía de las formas rectas de gobierno y sus desviaciones. Bueno, Dicearco no solo mencionaba las tres formas clásicas de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia), sino que dio el paso decisivo que luego adoptaría Polibio: proponer que la constitución perfecta no es ninguna de las tres por separado, sino la fusión de las tres en un único sistema.

Finalmente, de sus debates en Roma con el filósofo estoico Panecio de Rodas incorporó la noción de ciclicidad natural (anaciclosis): igual que los cuerpos vivos o los astros cumplen un ciclo de nacimiento (genesis), apogeo (akmē) y decadencia (phthorá), las comunidades humanas giran inevitablemente en ese bucle de seis etapas si no tienen un freno.

Y con estos mimbres, ¡qué tapiz le salió! Cuarenta libros (los Historíai) para inventar el concepto mismo de «historia universal» como un sistema orgánico e interconectado. Polibio había comprendido que ya no servía escribir historias locales aisladas. Era necesario concebir el mundo como una especie de ser vivo cuyos miembros son imposibles de explicar individualmente sin considerar el organismo en su conjunto. 

Además, este organismo estaba atrapado en una especie de rueda interminable, que podría empezar por el paso de la monarquía (Basileia) a la tiranía y el gobierno del miedo (Tyrannis) a causa del abuso del poder por los privilegios heredados. Más tarde, de la aristocracia (Aristokratia) que se revuelve contra los tiranos pero que termina en oligarquía (Oligarchia). Y finalmente de la democracia (Dēmokratia), que los expulsa para degenerar, a fuerza de demagogia, en un gobierno de la turba (Ochlokratia) donde los votos se compran. Y vuelta a empezar.

Las enseñanzas de Polibio consiguieron sobrevivir por poco a la caída del imperio romano, pero llegaron a nosotros con fuerza renovada a través de Maquiavelo o Montesquieu hasta la fundación misma de los Estados Unidos de América. 


AMERICA, AMERICA


Aquí es donde quería yo llegar. A la Roma de nuestro tiempo.

De hecho, cuando los delegados se reunieron en la Convención de Filadelfia en 1787 para redactar la constitución de los Estados Unidos, tenían un miedo atroz a las formas «puras» de gobierno porque conocían de memoria la rueda de la anaciclosis de Polibio: sabían que una monarquía sin control acaba en tiranía, una aristocracia en oligarquía y una democracia directa (como la de Atenas) en el caos de la turba.

John Adams, el segundo presidente de Estados Unidos, fue el gran apóstol de Polibio en América. Justo en 1787 publicó su monumental Defensa de las Constituciones de Gobierno de los Estados Unidos de América, donde dedica un capítulo entero a traducir y glosar el Libro VI de Polibio, afirmando que ninguna sociedad había logrado jamás mantener la libertad sin ese triple equilibrio mecánico. El resultado en la Constitución estadounidense fue un calco deliberado del modelo romano descrito por el historiador de Megalópolis:
El nuevo monarca sería el presidente de los Estados Unidos, con mando del ejército y derecho de freno sobre las leyes del Congreso. 
Los aristócratas serían el Senado y el Tribunal Supremo, con mandatos largos o vitalicios, ratificación de tratados y jueces, capaces de frenar al Presidente ratificando sus nombramientos y tratados, y enfriando las pasiones de la Cámara baja. 
Y el pueblo sería la Cámara de Representantes, esa cámara baja elegida directamente cada dos años, y con el «poder de la bolsa», proponiendo impuestos y presupuestos, ¡e incluso con la facultad de procesar (impeachment) al Presidente!

A James Madison y Alexander Hamilton, los ingenieros constitucionales y económicos que diseñaron el engranaje real del nuevo Estado, les fascinaba que Polibio no confiara en la bondad moral de los gobernantes, sino en el choque de fuerzas opuestas (anteklisis). En el célebre Federalista n.º 51, Madison traduce la mecánica de Polibio al lenguaje de la física de Newton: «La ambición debe ponerse en juego para contrarrestar a la ambición». Igual que Polibio explicaba que en Roma los cónsules necesitaban al Senado para financiar sus campañas y al pueblo para ratificar sus tratados, Madison diseñó un sistema donde ningún poder pudiera gobernar sin el consentimiento de los otros dos.

Si lograban mantener unidos a los estados, evitando que las potencias europeas los enfrentaran entre sí como antaño hizo Roma con las ciudades griegas, quizá lograran constituir un verdadero Imperio de la libertad, tal como lo definió Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y filósofo e ideólogo de la Ilustración americana. El hombre que dio alma ética y vocabulario universal a la república, y también el que, como esclavista, encarnó sus contradicciones más profundas.

Pero tanto John Adams como Thomas Jefferson vivieron obsesionados en su vejez con la profecía final de Polibio. Sabían que cuando Estados Unidos dejara de ser una república austera amenazada por imperios externos y se convirtiera en la superpotencia hegemónica del mundo, la abundancia de riqueza, el poder financiero y la demagogia empezarían a corromper los contrapesos constitucionales desde dentro, empujando de nuevo la rueda hacia la oligarquía o la oclocracia.

Si Polibio se sentara hoy frente a una pantalla y leyera el capítulo 57 de su Libro VI —donde dejó escrita la autopsia anticipada de cualquier gran república—, probablemente no diría que ya vivimos en una oclocracia plena (en el sentido de una disolución total de la ley en las calles), pero sí diagnosticaría que las condiciones previas que él describió se están cumpliendo casi línea por línea.

Lo más inquietante del análisis de Polibio es que para él la oclocracia no nace en los márgenes ni por un ataque exterior: nace desde arriba y por exceso de éxito. Si cruzamos sus cuatro síntomas clásicos con nuestro presente, el parecido resulta sobrecogedor:

Para empezar, el síndrome de «Cartago destruida» (la pérdida del miedo externo y el hastío de la libertad): Polibio advertía que mientras una república pasa por peligros existenciales, los ciudadanos y las élites mantienen la moderación y respetan las instituciones. Pero cuando pasan dos o tres generaciones nacidas en la seguridad y la hegemonía (como ocurrió en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Guerra Fría en 1989), los nietos dan por sentadas la igualdad ante la ley (isonomía) y la libertad de expresión (isēgoría). Dejan de ver las instituciones como un escudo necesario y empiezan a verlas como un estorbo para sus deseos inmediatos.

Luego, está la simbiosis entre plutocracia y demagogia. Polibio es muy preciso aquí: ¡La rueda no salta de la democracia sana a la oclocracia porque el pueblo se vuelva loco de repente! El proceso empieza cuando los ciudadanos más ricos y ambiciosos, compitiendo ferozmente por los cargos y el prestigio, descubren que la vía más rápida al poder es adular y cebar las pasiones de la multitud, acostumbrándola a recibir promesas imposibles, agravios identitarios o dádivas a cambio de su voto.

Y, ¿qué me dicen del ágora algorítmica (la emoción sustituyendo a la deliberación)? Para Polibio, la diferencia entre democracia y oclocracia no es cuánta gente vota, sino qué gobierna la mente de quienes votan: en la democracia mandan la ley, el respeto a los pactos y la deliberación pausada; en la oclocracia mandan el impulso (hormē), la ira y el resentimiento. El sistema que diseñaron Madison y Polibio (como el Senado o los tribunales) estaba pensado para «enfriar» las pasiones populares mediante el tiempo y la distancia. Hoy, la economía de la atención y las redes sociales hacen exactamente lo contrario: premian la indignación instantánea, destruyen el matiz y convierten a los representantes políticos en rehenes del aplauso o del linchamiento digital diario.

Para acabar de rematar, ahí está la erosión de los frenos: Cuando la polarización llega a un punto en que la mitad de la sociedad ve a la otra mitad no como un adversario político legítimo, sino como un enemigo existencial, los contrapesos constitucionales dejan de funcionar. En lugar de que el Parlamento controle al Ejecutivo y los jueces vigilen a ambos, cada bando intenta capturar los tribunales, forzar los reglamentos y gobernar por decreto para aplastar al contrario. Es el momento exacto en que Polibio dice que la república «tiene el nombre más bello de todos (libertad y democracia), pero en la práctica se encamina hacia la peor de las realidades».

Para Polibio, el punto de no retorno de la oclocracia llega cuando la multitud, harta del bloqueo institucional y embriagada de su propia rabia, encuentra a un «líder audaz y despótico» (despotēs kai mónarchos) al que entrega todo el poder para que pase por encima de las leyes en su nombre, cerrando el círculo y devolviendo la rueda a la casilla uno: la monarquía o tiranía.

Ahora, echemos un vistazo a las redes sociales y de noticias de la actualidad, a los influencers y tiktokers más famosos. Vayamos de la Fox News a Tucker Carlson, o de Newsmax TV a Laura Ingraham o Joe Rogan. Miles de creadores de contenido, preocupados a un tiempo por mantener sus índices de audiencia y sus imperios económicos. De la red X al más famoso de los magnates, y su actual propietario, Elon Musk. ¡El propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se ha convertido en un influencer! 

Sin embargo, hay una razón de peso para no caer en el fatalismo de pensar que la rueda es imparable. A diferencia de la Roma del siglo II a. C. —que no tenía experiencia previa de cómo caía una república mundial ni mecanismos pacíficos de reforma social—, las democracias modernas cuentan con anticuerpos institucionales mucho más densos (constituciones escritas, derechos fundamentales blindados, descentralización federal o autonómica y sociedades civiles alfabetizadas) que fueron diseñados precisamente porque sus creadores habían leído a Polibio y sabían dónde estaban las grietas.

Y cualquier ciudadano moderno tiene acceso a mayor cantidad de información y capacidad de juicio que jamás antes en la historia. 

¿Será suficiente para detener la rueda?