martes, diciembre 07, 2010

Tardes con Clara

Clara y Daniel acababan de sentarse juntos en el tren en el que recorrían cada día algunas estaciones antes de separarse con destino a sus hogares.

Cada día, Clara le invitaba a acompañarla a la salida del trabajo, completamente ajena a las posibles habladurías que tal cosa pudiera provocar, habida cuenta de que ella se había casado justo antes de viajar a Barcelona, debiendo dejar a su marido en Lisboa, y que Daniel era también un hombre casado.

Sin embargo, esta sencilla costumbre hacía de Daniel un hombre alegre, pese a que su propio matrimonio hiciera años que ya no funcionara. De alguna forma, era como una inocente vuelta al pasado, a aquellos días en los que acompañar a una compañera a la salida de clase era algo así como 'salir' con ella.

Daniel disfrutaba de la compañía de Clara, pese a la dificultad con la que ella se expresaba en castellano después de sólo dos meses desde que abandonara Lisboa. Lo más divertido para Daniel era su acento portugués, tan increíblemente dulce, y carente de vocales cerradas, segun le había explicado ella.

Esa tarde, Clara le estaba mostrando un libro de un popular escritor catalán que se había comprado para practicar el idioma. Tratándose de una obra juvenil, el nivel de complejidad de su vocabulario sería adecuado para ello. Señaló un párrafo y le pidió que le aclarara algunas palabras que ella no terminaba de comprender.

La primera palabra fue 'mejilla'. Sin saber por qué, Daniel optó, en lugar de por cualquier otro método de traducción, por acariciar la mejilla de Clara, y ésta, sin inmutarse, pronunció 'cheeks'.

A continuación, Clara preguntó por la palabra 'rozar'. Daniel dudó un segundo, leyó el párrafo en cuestión, y luego esbozó unos confusos movimientos en su asiento con los que quería indicar que rozaba su cuerpo contra el de Clara. Hay que aclarar que el autor estaba describiendo cómo un personaje de su relato acariciaba a un gato.

Clara preguntó por 'tobillos', y Daniel, ya repuesto de la confusión causada por la última palabra, señaló los tobillos de Clara. 'Tornozelo' pronunció ella en respuesta, con una dulzura que Daniel no supo explicar.

Finalmente, ella señaló otra palabra en el libro y, ¡a Daniel no se ocurrió otra cosa que rascarle la coronilla! No fue nada realmente creativo, y pronto llegó la estación en la que ambos debían separarse. Aunque Daniel nunca llegó a leer 'El príncipe de la niebla', la impresión de aquella breve conversación habría de durarle muchos años.

Quizá fuera la forma en que se rozaron las manos al despedirse.